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14

dic

2013

Una reverencia para Juan Carlos Osorio

Estaba en mora de volver a escribir sobre Atlético Nacional. No soy de los que escribe por escribir, creo que eso lo lleva a uno por el camino de la mediocridad y a decir pavadas. Yo escribo cuando me lo dicta el corazón, la pasión y la sensatez. Me alejé, sí. Los motivos van desde los insultos hasta las leyes de matoneo e intransigencia de las redes sociales. Hay que estar por encima de ciertas cosas como también hay que evaluar tiempos para escribir. Nada lo justifica ante ustedes, los lectores, y por eso pido disculpas, por la lejanía.

El primer año de Juan Carlos Osorio fue duro para él como para nosotros los hinchas. Yo critiqué a Osorio. Lo hice desde la vereda del respeto, siempre valorando su profesionalismo y decencia. Las diferencias eran claras: la rotación, el estilo de juego que se fundamentaba en el pelotazo y muchas veces el alejamiento y frialdad con algunas respuestas de su discurso. Para nadie es un secreto, la percepción casi general era que el DT pereirano no encajaba con la historia y filosofía de Nacional.

La tesis de montarse en el bus de la victoria, con la que algunos obtusos y facilistas argumentan lo que uno ahora siente por Osorio, es digna de quienes jamás han jugado fútbol o lo han sentido en las entrañas. Si el fútbol fuera una constante, una línea rígida en la que siempre hay que sentir lo mismo (amar siempre, odiar siempre) sería, sin un ápice de duda, el deporte más aburrido del planeta. Menos mal no es así. El fútbol es una montaña rusa de emociones y sentimientos. Nada más piensen en lo siguiente: uno empieza un partido insultando a un jugador, y éste con un par de magias revierte el discurso hacia el lado del corazón, de la ovación. Si todo en el fútbol fuera plano e igual, que se acabe ya. Menos mal no lo es.

Nadie logra escribir páginas doradas en la historia sin sufrir. Eso no es espontáneo, la grandeza se teje, se gana a pulso, se padece…Cuando Oswaldo Juan Zubeldía llegó a Nacional, llegó resistido, fue más resistido aun cuando impuso una férrea disciplina. Francisco Maturana no llegó a Nacional y se sentó de inmediato en el trono. No, no le tocó fácil en su primera temporada al chocoano. Su filosofía del toque no caló de inmediato, mal que bien el hincha verde venía de algo muy distinto, del fútbol del Maño Ruiz…

A lo que va el anterior párrafo es a lo siguiente: al hincha de Nacional le cuesta adaptar el chip de los cambios, tres etapas de hombres que rompieron paradigmas ha vivido el equipo, tres cambios hacia caminos distintos y para ninguno de ellos, Zubeldía, Maturana y Osorio, el inicio del camino fue fácil ¿Qué no debería ser así? Válido, pero es tal la grandeza de Nacional que hoy un DT tuvo que ser campeón 4 veces para embolsillarse el corazón de una hinchada.

Pero la cosa no es de un solo lado. Es de doble vía. La opinión pública verdolaga también aprende, cede y se educa. Con terquedad, sí, pero lo hace. Hoy vivimos un modelo de hinchada muy distinto al de hace 20 años. Hoy existe el hincha digital que suple al de radio, hoy hay un flujo de información que amplía y castra criterios. Soy de la tesis que cada quien se labra su criterio, lo labra su cultura, su formación y su todo. Yo respeto todo, trato de hacerlo, pero mi línea va hasta que se trasgrede el respeto. Hasta ahí llego. Es mi ley en Twitter.

El punto de quiebre en la relación con Juan Carlos Osorio se dio con el título del primer semestre de 2013. El estadio El Campín fue testigo del inicio de la historia Osorista. No hay Supercopa o Copa Postobón que le den la talla en alegría e importancia a ganar una estrella, eso es una verdad a pulso. Ahí empezó una fase de este proceso educativo: La hinchada cambió, Osorio cambió y Nacional cambió.

Sí, fue una mutación compartida. Osorio, un hombre por demás inteligente, cambió cosas que en el primer semestre alejaban al hincha: el pelotazo pasó de ser la vía principal de llegada al rival a ser una de las opciones de ataque al rival. Nacional empezó a ofrecer una tenencia de balón basada en el toque con cambios de ritmos y velocidad, cambios de frente, la misma apertura del campo pero acompañada del toque para la apertura de espacios. Ocurrió lo que siempre pensamos: el fútbol histórico de Nacional, mezclado con la filosofía de velocidad y ocupaciones de espacios de Osorio. De igual forma Osorio cambió su discurso, pasó de lo defensivo a lo dialógico, de lo evasivo a la claridad y con eso fue más afable. Por último, se acordó de dos aspectos que hacen que los hinchas tengan tranquilidad: acercó a la sede de Guarne a un histórico como Víctor Aristizábal y empezó a mover a los jugadores jóvenes.

Y los hinchas cambiamos. Empezamos a entender más. A mirar más allá de la ovación por ovacionar y del insulto por insultar. Juan Carlos Osorio nos da una clase de humildad. Nos abre el espectro para ver y entender cosas nuevas. Lo nuevo siempre da miedo, lo novedoso cuesta, lo novedoso ayuda. Captamos que la rotación tiene su lógica, que tres defensas dan seguridad, que un solo delantero no es síntoma de poco ataque, aprendimos y aprendimos en la medida en que el invicto crecía. Vimos una máquina aceitada en donde todos los piñones sirven. Vimos un grupo ajeno a chismes, a indisciplina, vimos profesionalismo. Nos educamos en el nuevo Nacional. Hicimos la respectiva pataleta como el niño que no quiere la sopa, la prueba y luego ama la sopa.

Humildad y ser abiertos a los cambios, he ahí la gran enseñanza de Osorio para la hinchada verdolaga. Enseñanza que recibo y agradezco e invito a ello. Nos rasgamos las vestiduras en las redes sociales, le pasamos factura a los que criticamos. Todo eso se borra. Todo se borra ante este equipo que hace historia. Ante este Director Técnico de fútbol que siempre mantuvo la compostura. Que reveló las claves de su trabajo no en el momento de la derrota, las reveló cuando fue campeón. Osorio es sinónimo de carácter.

Ad portas de la estrella 13, con un grupo de ensueño en la Libertadores, en Nacional los retos siempre están ahí. Juan Carlos Osorio teje su carrera como el técnico más ganador en la historia nacionalista. Bienvenido profesor, yo hoy le hago una reverencia y se lleva toda mi admiración.

*Este texto también aparece publicado en www.blogverdolaga.com

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17

abr

2013

¡Vergüenza!

Todo fue una vergüenza y todos debemos sentir vergüenza. Si usted se precia de ser hincha de Nacional, si usted alguna vez ha jugado fútbol y se ha preocupado por conocer más a fondo este deporte; incluso si usted conoce algo de lo que significa el equipo verde de Antioquia: usted, después de lo visto ayer en el Atanasio Girardot debe sentir vergüenza. La victoria ante Millonarios no debe generar alegría, ganar así solo tiene el sabor de la frustración, triunfar de esa manera solo indica mediocridad, ignorancia y el tufillo rancio del conformismo. Si usted hoy saca pecho por esa pírrica conquista, no siga leyendo este texto.

Yo siento vergüenza por el cuerpo técnico, siento vergüenza e impotencia por esos dirigentes, siento vergüenza y mucha rabia con el 85 % de los jugadores, siento vergüenza, pesar y pena ajena por los hinchas que se regocijaron con esa triste victoria. Sí, en eso nos hemos convertido como institución, pido excusas y meto la cabeza entre la tierra, como el avetruz, por lo que hoy puedan estar pensando de nosotros apellidos como: Zubeldía, Cueto, Navarro, Moncada, Higuita, Asprilla, Aristizábal y muchos, muchos más. Porque afortunadamente nos queda la historia para soportar esta vergüenza que atenta contra la misma, contra lo que nos ha hecho grandes. Y ese mismo atentado se viste de verde, tiene ese bello escudo en el pecho y se pavonea como si nada por las redes sociales, en las tribunas, en la dirigencia, en el cuerpo técnico y en la gran mayoría de los jugadores. El mal que hoy nos carcome y nos tiene en la mediocridad no está en Millonarios, América, el DIM o el que ustedes quieran elegir. El mal de Nacional está en el mismo Nacional y, repito, no queda nadie eximido dentro de lo que forma una institución.

Lo de ayer no tiene un análisis más sencillo: un equipo que cuenta con una nómina de lujo, armada para ser protagonista, enfrentó a un equipo que se vio debilitado por lesiones y expulsiones. Lo vimos todos, y salvo que su lógica sea la de un abducido por un extraterrestre, o que usted sea un obtuso (cosas respetables), lo que se vio fue un equipo de once jugadores contra uno de ocho. El de once tuvo la inmensa oportunidad de golear, arrasar y pasar por encima de su malherido rival. Era la forma de demostrarle respeto a ese rival tradicional del que se jactan en la tribuna con coros que dicen que: “Lo odian porque el papito así se los ha enseñado”. Pero no pasó, Nacional en lugar de aplastar a Millonarios, se replegó, le dio el balón, no aprovechó esa premisa sagrada que se aplica en cualquier deporte: “La de aprovechar la superioridad numérica”.

Desde el banco el señor Osorio decidió mantener a un solo delantero, dejó a cuatro defensores cuidando a un sólo atacante azul, incluso por varios pasajes no tenían a quién marcar. Denigrante ver eso desde la tribuna ¡Qué impotencia de verdad! Muy pocos le gritamos “burro”. La gente cayó en la misma apatía, no era una cuestión de que llovieran insultos, era una cuestión de hacer sentir que la pobreza de Nacional era evidente.

Pero en el campo de juego se reflejó lo más patético: los jugadores. Salvo lo de Sherman, Medina, Nájera (que terminó jugando de delantero) y de ñapa meto a Murillo, nadie se salva. Apáticos, fríos, sin la entereza y la berraquera que debe tener un jugador de fútbol al que se le paga millones por su trabajo. Fueron unos auténticos mediocres que al final celebraron una victoria indigna en medio de abrazos, aplausos y gestos que indicaban que habían ganado “la final de la Champions League” ¡No señores! No celebren esa victoria ante un equipo que era un muerto en vida con solo ¡ocho jugadores! A eso hemos llegado en Nacional, a que jugadores e hinchas celebren victorias de este tipo. Respetable pero les pido que me respeten que considero eso una auténtica mediocridad.

Y yo felicito a Millonarios. Aplaudo su entrega, su vocación ofensiva con 10 jugadores, con 9 y con 8. Y les admiro esa valentía. Fue un equipo de valientes. Y ojalá en Nacional se copiara hoy un 10% de eso.

Yo canté el gol de Sherman Cárdenas. Pero lo cante por él. Lo canté por el gran partido que hizo, por su profesionalismo y actitud. Resistido desde que se anunció su llegada (me incluyo en esa lista, fui muy crítico con él) y hoy le doy gracias porque le escribo estas letras: ¡Gracias Sherman!

Y ya para terminar, estamos en el limbo. Lo de Juan Carlos Osorio no tiene ya justificación por desgaste, resultados y ambiente: se tiene que ir. Y con los jugadores: le exijo, a nuestra también mediocre dirigencia, que se tomen medidas de preaviso, multas y en algunos casos licenciamientos por bajo rendimiento. Y a los hinchas que ayer celebraron esa pírrica victoria, que se burlaron de Millonarios y que se sienten satisfechos con eso: respetable pero no lo comparto, yo me crié con un Nacional diferente, un equipo con un signo de grandeza, no de mediocridad, por eso de nuevo lo repito: ¡Vergüenza!

*Este texto también está publicado en www.blogverdolaga.com

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08

oct

2012

¿Y la felicidad?

Me siento en oriental, esa mítica tribuna del estadio Atanasio Girardot donde todo pega más duro. Si llueve, te mojas hasta los tuétanos y si hace sol, entras como un albino y sales más colorado que Paul Scholes o más tostado que Gervinho. Allá tengo un combo familiar conformado por primos. Somos cuatro en total y a ello se suma el grupo de los otros hinchas de siempre donde se mezcla juventud con veteranía. A todos nos une algo que no nos suelta últimamente: nada que Nacional logra hacernos felices de nuevo.

Yo entiendo que el equipo solo ha perdido un partido de la Liga Postobón, tengo claro que estamos a seis puntos de la clasificación cuando quedan quince en disputa, también veo que estamos en el quinto lugar, que el promedio de rendimiento bajo el mandato de Juan Carlos Osorio es casi de un 72%. Todo eso lo pondero, pero se los confieso, y no sé si interpreto un sentir general: siento un vacío con el equipo, que algo me falta, no me siento feliz cada vez que voy al estadio y de empate en empate salgo achantado. Los números muy lindos, sirven, pero el alma futbolera que tenemos los hinchas está vacía.

Pienso a veces que los hinchas de Nacional por momentos  molestamos mucho. Lo escribía en otro post  en Blogverdolaga: con pocos minutos de juego y “puteamos” por todo, poco margen de error otorgamos, como dirían las tías: “somos a veces cansoncitos”. Y me incluyo, cae uno en eso pero es parte del hincha. No sobra hacer el ejercicio de mirar en qué clase de hincha nos estamos convirtiendo. El hincha paga y exige pero no sobra reflexionar si a veces nos pasamos. Miren que este equipo juega distinto en condición de visitante. Lo que para nada justifica que los jugadores se excusen en “el exceso de presión que sienten en el Atanasio”. Para mí, pataletas de unos señores a los que se les paga millones por jugar fútbol. Pero reitero, no sobra la reflexión.

Contra Santa Fe la cosa es clara. Un primer tiempo para el olvido, el bostezo y la amargura. Un Nacional parco, sin vocación, con un par de remates al arco rojo y ya. El equipo sin dinámica, errático y confuso. Nos sacó de la modorra el golazo de ese crack que es Ómar Pérez. Nunca me había tocado ver un gol olímpico y menos aún había visto uno tan limpio y hermoso. Si uno no reconoce eso, por más que se lo hayan anotado al equipo de sus amores, mejor no ver más fútbol.

Para el segundo tiempo apareció otro Nacional. Salió Fernando Uribe. Es una lástima, no cuaja en el verde, vamos en la fecha 13 y Uribe no engranó. Búsquele las explicaciones que quiera, pero por ahora la camiseta verdolaga le quedó grande.

Nacional metió en su campo a Santa Fe, lo atacó por todos los lados y de todas las maneras posibles y logró el empate con otra pintura de nuestro crack: Macnelly Torres ¡Qué penal se fajó! Santa Fe con mucho amor propio logra el segundo gol. Una anotación que refleja aún el daño que le causa al verde el cobro de costado y la pelota quieta.

Y de nuevo apareció el empuje de la hinchada. Lo reconoció el profesor Osorio, no dejamos de alentar. El área de Santa Fe era un campo de bombardeo. Y se juntaron dos factores: la inmensa actuación de ese joven arquero que es Camilo Vargas y el Festival Nacional del Desperdicio del Gol que fue Nacional.

Murillo empata el asunto y hasta el último segundo del partido voló Vargas en ese remate de Mac. Nacional de nuevo no ganó en casa. Una casa que hoy ya no es un fortín, es el Palacio del Empate. Por eso no hay felicidad, no se gana y sin el factor victoria el hincha no puede estar feliz. Pero no importa, ahí estaremos de nuevo: con sol o con lluvia, aguantando lo que sea, incluso la falta de definición de nuestros jugadores.

*Este texto también aparecerá publicado en Blogverdolaga.


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