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10

feb

2017

CUANDO A NACIONAL LE VAYA REALMENTE MAL ¿QUÉ?

2016 quedará grabado en letras de diamante como el año más glorioso de la rica historia del club Atlético Nacional. No hay otro, vendrán muchos, pero el que pasó fue pletórico. Voy al estadio a la tribuna oriental, hace varias décadas piso estadios. Como la gran mayoría de ustedes (que superan los 25 o 30 años) he visto la transición de lo que es el hincha de tribuna, el que debate en tiendas, en familia, el que habla con su amigo, incluso con el desconocido de turno hacia la mutación del hincha cibernético “tuitero-facebukero” (inmunda palabra pero qué le vamos a hacer). Ganar es el objetivo de un equipo de fútbol, para eso compite, no hay mejor sensación que la victoria. Pero ganar, ganar y ganar es una costumbre que se puede tornar tóxica, más aún, cuando hay ignorancia de por medio, cuando quién lo exige lo asume como una obligación diaria. Me preocupa de verdad cuando a Nacional le vaya realmente mal ¿Qué?

Ganar no es eterno, ser siempre campeón menos y mantener hegemonías eternas es una utopía. Ejemplos en el fútbol hay por doquier: miren al Inter de Milán, el rey del altibajo. Miren al Manchester United: amo y señor de una era dorada y desde hace unos años de tumbo en tumbo. Miren a Independiente de Avellaneda. Miren incluso a Millonarios, rey de la época del Dorado y amo y señor de otras épocas paleolíticas de nuestro fútbol. O no vayamos más lejos, miren al América…Y no afirmo con esto que nos alistemos para un descenso de Nacional o para una época llena de oscurantismo como las que vivimos con Cabrero, Santa, Cheché Hernández y muchos otros técnicos y administraciones que nos hicieron ver la tabla de posiciones a la inversa. No, yo apelo a otro punto.

Nada más sabio que un balón a la hora de callar bocas o dar la razón. El fútbol es de momentos, no es una línea constante. Hace cinco años Orlando Berrío era un tren díscolo y descarrilado. Lo acabamos de vender como uno de los mejores delanteros del continente. Hace un año la vida de Miguel Borja estaba vacía, buscando un norte en Cortuluá tras sendos fracasos en otros equipos. Un año después su vida es otra. Al que puteamos hoy lo alabamos luego. Al que le decimos muerto en cuestión de tres gambetas nos pone a vivir. Al burro que es DT al cabo de unos meses lo ovacionamos en el estadio. El fútbol es un electrocardiograma de altas y bajas y eso es lo bello ¡Qué pereza que siempre fuera igual! Que siempre hubiera que amar y/o odiar a los mismos. No, esto un día es blanco, luego es gris, vuelve a ser blanco y pasa a negro. Y para asumir esos cambios vertiginosos se necesitan de cuatro puntos que no requieren de un Doctorado en Harvard: paciencia-tolerancia-conocer del juego y del equipo-criterio.

Lo anterior se remite al escaso margen de error que le damos al equipo. Lo he visto de forma masiva en la tribuna, ni qué decir en redes sociales: un jugador se equivoca en un mal pase y tome su insulto y silbatina, el partido lleva 2:34 segundos de juego y ya quieren que el marcador vaya 3 a 0 y que el equipo sea una avalancha más fuerte que la de Armero. Si el equipo no le gana a Raimundo y todo el mundo, es malo. Si el jugador no se sacó a 4, malo, si se los sacó, malo por individualista. Malo si no se juega siempre para adelante a mil kilómetros por hora durante los 90 minutos. Todo un menú de exigencias… Y eso transciende, esa exigencia negativa contamina todos los ámbitos que involucran al club: que el abono caro, que el abonado se cree “un ser de luz superior” por ser abonado, que esos refuerzos, que esa sede, que por qué un centro de alto rendimiento y no un estadio Santiago Bernabéu, que por qué venden, que por qué compran, que por qué del porqué de ese por qué. Nada nos llena y luego con cara de gato de Shrek nos preguntamos ¿Por qué algunos nos tildan de arrogantes? Lo invito, amigo lector a qué haga el ejercicio, a veces somos inmamables.

La otra cara de la moneda es válida. Uno paga una boleta, un abono (caro por demás, ya empecé a quejarme, no soy ajeno a todo lo que estoy exponiendo) y parte del encanto de la tribuna es exigir, pedir resultados, rendimiento, putear a X o Y, eso es parte del color del fútbol. Pero de verdad, una cosa es eso y otra cosa es llenarse la retina de sangre por cualquier cosa e insultar por insultar y exigir por exigir…

La lección frente a Kashima, la bella experiencia japonesa (sí, fue bella, el solo hecho de ir es bello) nos dio una cachetada de humildad. Nacional no siempre va a ganar, habrá muchos días en que las cosas no salen y perderemos, nos golearán, jugaremos horrible, estaremos en crisis ¿Y? Es parte del rollo, exigiremos, tendremos nivel y criterio. No siempre se puede armar una telenovela turca por cada situación que surge del club. Calma, Nacional ha crecido inmensamente, crezcamos como hinchada también. Es madurez y no sobra.

¿El día que perdamos tres partidos seguidos qué reacción tendremos? ¿Prender antorchas e ir a la sede? ¿Qué echen hasta a la de los tintos? ¿Llorar y llorar? Nada peor que una lloradera-quejadera mal estructurada.

Atlético Nacional, hoy, lejos, es el más grande de Colombia. Es uno de los más grandes del continente y está construyendo una grandeza mundial. No somos infalibles. La calma y la tolerancia hacia el equipo es parte de esa misma grandeza. Nosotros los hinchas, también debemos ser grandes. Es una humilde invitación…

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