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17

sep

2012

La primera vez verdolaga

Hay cosas en la vida que quedan por siempre en la memoria. El primer amor, el primer desamor, el primer concierto o un logro académico. Son muchas situaciones pero pocas calan tanto en la memoria de una persona como la primera vez en la que uno ve en vivo y en directo, en un estadio de fútbol, al equipo del que uno es hincha. La situación cobra el doble de valor sentimental cuando quien lo lleva a uno es el padre o la madre.

Me pasó con mi hija de 13 años. No había querido llevarla antes, o era muy pequeña para ir a fútbol o a veces no veía un partido con un ambiente ideal en seguridad o en el estado coyuntural del nivel de Atlético Nacional. El juego contra el Quindío, un rival inferior en nómina, más el ascenso del equipo verde, me hicieron tomar la decisión de darle el debut a mi hija como espectadora en el estadio Atanasio Girardot.

Camiseta de Nacional, sombrilla blanca con el escudo del equipo y cojín oficial de la Tienda Verde, íbamos completamente equipados. Entramos al estadio y fue curioso ver la cara de asombro de mi hija al pasar los filtros de requisa de la Policía. Subimos a la tribunal de oriental, la asistencia de 12 mil espectadores no ofrecía una gran espectáculo en las tribunas pero el ímpetu de siempre de Los del Sur y el aniversario número 13 de la barra Prado Verde, ayudó a romper la monotonía.

Pero en la cara de mi hija todo reflejaba novedad. Se le iluminó el rostro con la salida del equipo, se le erizó la piel al ver a su ídolo Gastón Pezzuti y su primer grito dentro de un estadio fue en el epílogo del himno antioqueño con el inconfundible: “¡Oh Libertad, Oh Nacional!”

Al minuto 37 del primer tiempo vivimos la parte más dulce de este episodio: gol de Nacional anotado por Fernando Uribe. Queda en el registro histórico como el primer gol verdolaga que canta mi hija en el Atanasio Girardot abrazada a mí, su padre…

Luego se viene la parte agria. El capítulo que corresponde a un equipo enredado, difuso desde que nacen las decisiones en el cuerpo técnico, errático en su planteamiento, en sus cambios y en la percepción del estado del partido. Jugadores con exceso de confianza y con falta de amor por la camiseta. Un espectáculo pobre desde todo punto de vista, incluso desde la visión de mi hija de 13 años.

Al final, otra escena lánguida de este Nacional que se acostumbró a ceder puntos en casa y a dejar a sus seguidores con esa cara de melancolía que remite a equipos de antaño que siempre hicieron del Atanasio un fortín sagrado.

Mi hija salió contenta. Vio a su equipo por primera vez, vivió el ambiente de un estadio y la magia indescriptible que lo rodea. Yo le dije que no siempre el equipo verde jugaba así de mal, ella me interrumpió y me dijo: “Tranquilo papi, hay que estar en las buenas y en las malas con Nacional”. Ahí entendí el por qué los hinchas de Atlético Nacional siempre decimos con orgullo: ¡Soy del verde, soy feliz!

 

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