11

mar

2016

MI PADRE, UN ROLLING STONE

NOTA: Les pido excusas, sé que es un blog de fútbol, un blog verdolaga, pero lo vivido en el concierto de los Rolling Stones me lleva a escribir sobre rock en este espacio. Espero me sepan comprender. Gracias.

Él no paró de brincar. Yo que tenía estrés por su salud, que estaba pendiente todo el tiempo de su bienestar, quedé atónito. Desde el primer acorde del maestro Keith Richards en Jumpin’ Jack Flash, canción que de forma inusual abrió el concierto, fue como si algo hubiera penetrado su alma, fue como si un hidratante o un energizante mágico le hubiera regado sus órganos. Su rostro cambió, ya no eran sesenta y pico de años los que tenía. No, ahora tenía 20, 30, de nuevo estaba en la comuna Villahermosa de Medellín tratando de crear su propia banda: “Los Speddies del Twist”. Luchaba de nuevo por poder oír la última canción de Elvis, de los Beatles y, como no, de los Rolling Stones. Allá, en medio de los tangos, los boleros, las rancheras y los vallenatos, géneros que también conoce a la perfección y le apasionan, mi padre se hizo rockero.

Luego tuvo la fortuna de vivir en Bélgica. Allá empezó a gozar con Bob Dylan, Cat Stevens, The Yardbirds, Queen, Eric Clapton, Led Zeppelin y Black Sabbath, entre otros. Pero fue allá en tierra europea, a mediados de la década del setenta, cuando yo era un niño que balbuceaba el francés, que mi padre y los Stones se vieron por primera vez en un concierto. Ellos con treinta inviernos y él con veintitantos. El amor creció y yo crecí con anécdotas, libros, cuadros y discos de Jagger y compañía. Ahí también creció mi amor y se incrustó muy dentro de mi sistema el adn del rockero, el adn de una cultura única, el adn de ser feliz.

Y ahí estábamos en el estadio El Campín, sus tres hijos y él compartiendo nuestro primer concierto de rock, juntos. Logramos gambetear la fila, la lluvia, logramos acomodarnos a tiempo en unos excelentes puestos. Él vio la tienda oficial de productos de los Stones y no dudó en comprarse una gorra, no dudó en ponérsela. Estaba vestido con una gran chaqueta y encima de la gorra stoneana se puso la capucha. Yo lo miraba y pensaba: “¡Qué pinta de rockero tiene! ¡Qué bello se ve!”

Fluyó el concierto con himnos como Wild horses, Before They Make Me Run, Gimme Shelter, Sympathy for the Devil, Start Me Up y Brown Sugar, entre otras perlas maravillosas, y él no se sentó. No paró de mover sus brazos, no paró de aplaudir, no paró de tararear, de cantar, de comentarnos cosas, sus ojos estaban pletóricos, brillantes, embrujados por los riffs enloquecedores de Wood y Richards, por, como bien él lo describió: “La entereza y decencia de Charlie Watts”, por Mick Jagger y todo su él, por todo lo que este genio del rock, este “frontman extraterrestre”, ofrece en una tarima.

Mi padre, con un cáncer al que derrota cada día desde hace 17 años, con más de 60 cirugías de todo tipo encima, con las secuelas que todo esto le deja y le ocasiona, mi padre todos los días madruga a trabajar, va al gimnasio, hace su vida normal. Pero gracias a lo vivido en el concierto de los Stones, amigos lectores, la cosa pasó a mayores: quedé lelo.

Más allá del concierto absolutamente espectacular que se vivió. Más allá de ver a un Juanes que recordó sus buenos pasos, sus pasos de rockero (queda perdonado por todos los discos malos), más allá de las palabras de Jagger, del blues orgásmico que nace de Keith Richards, del coro de mi universidad Javeriana, más allá de todo lo maravilloso, ayer entendí que es ser un Rolling Stone.

Corroboré que la vida hay que vivirla plena, sin prejuicio, con respeto, encaminada hacia el gusto que lleva a la felicidad. Que mil cervezas no son graves si fueron tuyas y te hicieron feliz, que mil acordes de guitarra y mil redoblantes en la batería no son pocos. Que hacer lo que te gusta no lo paga el mejor de los sueldos. Que los que te imponen cosas son los mediocres que necesitan imponer, que si uno impone y hace feliz a otros no es imponer, es compartir. Que mover la cadera con setenta y pico de años como hace Jagger no me da derecho moral para quejarme como una nenita por el dolor de mis rodillas a mis cuarentas. Que lo mejor para una tusa es ser feliz con el rock. Que no hay nada mejor que ver a una bella mujer rockeando. Que la vida debe sustentarse en llegar a la vejez con la capacidad para rockear, no para estar lleno de achaques. Que en la vida hay que tener pasiones, sueños y se deben hacer realidad. Que cada minuto debe sustentarse en el amor y, repito, en ser feliz.

Siempre que me ven con mi padre nos dicen: “Juan Guillermo, su hijo es más alto que usted”. A lo que él responde con cierto sarcasmo: “Sí, él es el alto pero yo soy el grande”. No es una respuesta soberbia, no, es una verdad a pulso que me llena de orgullo. No en vano, él, con el rock fluyendo en la sangre, no paró de saltar y gozar.

No importa nada más, solo ser feliz. Por eso mi padre es un Rolling Stone, por eso yo voy en camino de serlo ¡Qué concierto sublime!

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