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13

ene

2016

Faryd Mondragón y el destino trágico de los arqueros

La información dice que Faryd Mondragón intentó suicidarse. En un país godo como el nuestro estos temas son dolorosos, complejos, pesados y más cuando se trata de un personaje público grabado ya en la mente de todos los colombianos. Los más jóvenes lo recuerdan como el capitán del Cali que se dio el lujo de atajar unos minutos en Brasil 2014 y convertirse a los 43 años en el jugador más veterano en actuar en una Copa del Mundo; en Europa no olvidan sus tremendas actuaciones con Galatasaray, Metz y Colonia (y precisamente por eso el incidente que la Clínica Valle del Lilli definió como ”un cuadro de descompensación metabólica” le está dando la vuelta al mundo) y en Argentina es ampliamente conocido como ídolo de Independiente, pero para mi Faryd hace parte de un momento imborrable en mi vida como hincha: Francia 98.

Para los que lo vimos llorando inconsolablemente tras el papelón de ese Mundial, cuando una selección Colombia dividida en su camerino se despidió después de perder frente a Inglaterra en una noche en la que él fue el único que se enteró de que estaba vistiendo la bandera nacional, Faryd Mondragón es eterno. Por eso es difícil entender que alguien así de querido, con esta reputación, con esa leyenda, haya intentado suicidarse con pastillas antidepresivas, que es la información extraoficial que se maneja desde Cali. Pero Faryd es arquero, y los arqueros son diferentes.

“Lo primero que hay que decir es que no cualquiera se suicida –dijo en 2011 Marcelo Roffé, psicólogo de la Selección Colombia y la Argentina en la respectiva era Pekerman, a la famosa revista El Gráfico-. Tiene que haber causas que lo hagan sufrir de manera tal que entienda que la muerte es una salida posible. Ahora, que la estadística esté engrosada en los arqueros no es casual y tiene que ver con el rol que cumple, con la percepción de fracaso, con la soledad y la ingratitud del puesto. El perfil psicológico del arquero es particular. Se trata de un puesto individual de un deporte en equipo: es el que viste distinto, el que entrena diferenciado, el único que puede utilizar las manos, al que a veces le cuesta integrarse al grupo, y aquel al que le ponen la etiqueta de boludo o de loco. El mismo arquero a veces lo asume”.

Inevitablemente pienso en Alberto Vivalda, aquel arquero genial de Millonarios en los 80 que en 1994 se lanzó a las vías del tren tras un divorcio cumplicado, o en Robert Enke, seleccionado alemán y arquero del Hannover que repitió la cruda escena en 2009 acosado por la depresión, esa palabra a la que los machos no le hacen frente porque se supone que sólo las mujeres se deprimen y que acosa particularmente a los hombres en Colombia según datos de la Asociación Colombiana contra la Depresión y el Pánico (Asodep). Nuestro país es el tercero en la lista de suicidios en América Latina, y el número de hombres que se suicidan triplica al de mujeres, por lo que lo de Faryd no es precisamente una excepción. Y además, insisto, es arquero.

La lista de porteros que se han suicidado en el mundo triplica en número a la de los jugadores de campo e incluye no sólo a Vivalda y Enke, ahí están Osvaldo Toriani -campeón de Libertadores con Independiente-, y su suicidio con gas tóxico en 1988 tras la muerte de un hijo; la tragedia de Luis Ibarra que en 1999, siendo arquero de Tigre, asesinó a su esposa y se lanzó de un décimo piso; Lester Morgan Suazo y su disparo en la cabeza a los 25 años cuando tapaba en Herediano de Costa Rica; Dale Roberts y la soga que le quitó la vida cuando decidió colgarse a los 24 años justo antes de un partido de la Copa FA; el tiro que se pegó Martín Cabrera a los 21 años cuando acababa de ser ascendido al primer equipo de Cerro Porteño… la lista es larga, es dolorosa y ratifica que los guardametas tienen una tendencia realmente particular hacia la depresión.

“Al ser un puesto tan individual, existe mucho miedo a fracasar, a equivocarse, a no dar lo que se espera de él”, señaló en su momento Roffé: “Primero detectás los miedos que los atormentan, después los demenuzás y los trabajás con visualizaciones, por ejemplo. Visualizar es ver con los ojos de la mente, un trabajo cognitivo que permite que llegues más optimista al partido porque psiconeuromuscularmente produce el fenómeno de ‘dejá vú’, y ya queda en la memoria”.

Faryd, que se recupera en Cali de un incidente que aún no es claro y seguramente no lo será por todos los prejuicios y cargas morales que hay en Colombia, se enfrenta ahora al juicio de muchos ignorantes que no saben por lo que ha pasado. Desde acá sólo le pido que, más que recordar toda la gloria que vivió, visualice y sepa que aún tiene mucho que darnos y que somos más los que estamos con él en las buenas y en las malas.

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14

oct

2015

La ausencia de Yepes, o cómo manejar veinteañeros millonarios

El 4 de julio de 2014, en medio de la simpatía de un país y de la “colombianada” que nunca falta (y que en esa ocasión se llamó “Era gol de Yepes”), Mario Alberto jugó su último partido con la Selección Colombia, el más importante en nuestra historia, además, pues fue en cuartos de final de un Mundial, lo más lejos que hemos llegado en el torneo más importante del mundo. Hoy, después de una fallida Copa América y un arranque de eliminatoria a Rusia 2018 que dejó un doloroso 3-0 en Uruguay, no puede ser más evidente que la ausencia de Yepes es el primero de los problemas de una Selección que hoy nos tiene a todos con dolor de camiseta.

Claro, es fácil señalar a Pékerman y sus errores (Tabárez le dio un repaso táctico en Montevideo) e inevitable iniciar una lista de jugadores para crucificar y otra con los que hicieron falta, pero lo cierto es que lo visto en el Centenario deja claro que en esta Selección Colombia no hay un líder, alguien que le recuerde a los jugadores qué significa esa camiseta que están vistiendo, y ese era Yepes. Mario Alberto, Faryd Mondragón y Luis Amaranto Perea tuvieron un papel fundamental rumbo a Brasil 2014 al ser el puente generacional entre un técnico que se acerca a los 70 (y que para rematar es argentino, es decir, de otra cultura) y una camada brillante de veinteañeros colombianos amantes del reguetón, el choke y las redes sociales, que durante esa eliminatoria y su respectivo Mundial vivieron su consolidación profesional y pasaron de ser simples jugadores de fútbol a ídolos nacionales y estrellas de contratos multimillonarios.

No hay nada más difícil que manejar un camerino. Los egos, las envidias, los reclamos (callados o abiertos) de aquel que siente que merece jugar y no es tenido en cuenta, el “quién es quién”, los premios, los contratos publicitarios para unos sí y para otros no… La Selección Colombia enfrentó todo eso entre 2011 y 2014 y salió adelante gracias a la manija que le dio Yepes. ¿Que hay que negociar la repartición de premios por los éxitos que estamos teniendo? Yepes se encarga. ¿Que te crees mucho porque estás figurando en Europa? Yepes ya pasó por ahí, duró diez años en el primer nivel del Viejo Continente y algún consejo te dará. ¿Que vas a maltratar al novato recién llegado que actúa en el fútbol colombiano? Yepes te enseña lo que es el respeto. ¿Que la fama te complica la vida familiar pues llueven las mujeres? Yepes te cuenta cómo mantener una relación estable a pesar del fútbol. ¿Que tienes una oferta y no sabes cómo negociar? Yepes te recomienda cómo evitar a los empresarios ladrones.

Yepes. El Capitán. El líder. El tipo que era ídolo de toda esa generación que lo acompañó al Mundial cuando ellos apenas eran prejuveniles que soñaban con ser profesionales, el mismo al que todos respetaban sin importar lo millones que empezaron a ganar o la fama que tenían. La Colombia que llegó a Brasil 2014 tenía los goles de Falcao (incluso logró superar con creces su ausencia en el Mundial), el talento de James y Cuadrado, el corazón de Sánchez, la seguridad de Ospina, el hambre de gloria de un grupo de muy buenos jugadores que se sabía haciendo historia, pero Yepes era la piedra filosofal del proyecto Pékerman, era el encargado de que tanta fama, tanto dinero y tanta gloria no se le subiera a la cabeza al equipo. Y Yepes ya no está.

Claro, a los 39 años aún juega con San Lorenzo y está activo, pero tras el Mundial, ejerciendo una vez más su papel de líder para definir los premios de todo el equipo, no se le ha vuelto a convocar y el tema camerino empezó a complicarse.

De entrada tenemos el episodio en la Copa América en el que James, Zúñiga y Armero protagonizaron un encontrón. El tema nunca se hizo público, pero la solución de Pékerman fue apostarle a su estrella y, tras el fracaso en Chile, ninguno de los dos laterales volvió a ser convocado (su nivel, además, facilita la decisión del entrenador). Pero a eso sumémosle la falta de mando en el campo. Cuando las cosas se complicaron en la Copa no hubo quién ordenara, quien impulsara anímicamente, quién hiciera salir ese “algo más” que todo futbolista lleva. Falcao, el primer heredero de la banda que por años llevó Yepes, fue un entusiasta motivador (verlo abrazando a los que fallaron los penales contra Argentina lo demuestra) pero un capitán no puede ser sólo un buen tipo, tiene que ser el “mandacallar”, al que le pides consejo, al que le haces caso, el que te da seguridad como persona y como futbolista… y ahí toca preguntarse, ¿a quién le hacen caso hoy los jugadores de la Selección?

James ha sido capitán y su liderazgo está entronado en su talento y prestigio internacional, pero la estrella del equipo no es necesariamente su líder (pregúntenle a Messi, es más, al mismo Falcao), menos a esa edad. Ospina tiene influencia en el camerino pero no voz de mando y Guarín, un “patrón” nato que es capitán del Inter de Milán, en estos dos partidos nos quedó debiendo pues es evidente que nunca se ha sentido el capo de la Selección, y sin confianza no hay capitán. ¿Carlos Sánchez? Lo diré una y mil veces, cuando sea grande quiero ser como el hoy volante del Aston Villa, pero ser el hombre fuerte del equipo en la cancha no te convierte en el hombre fuerte fuera de ella. Eso se gana con experiencia, con años, con una palabra mágica llamada respeto.

Deportivamente Yepes es reemplazable: Jeison Murillo, por más que tuviera un partido flojo en Montevideo, es el llamado a ser el nuevo comandante de la defensa. Pero capitán no hay. Al menos hoy. Y aunque algunos veteranos periodistas a quienes respeto digan que les importa muy poquito quién sea el dueño de la banda en la Selección, no se trata sólo de una cinta en el brazo, se trata de manejar un camerino, de recordarle constantemente a un puñado de veinteañeros multimillonarios acosados por los contratos publicitarios, por las ofertas de clubes grandes, por el impacto mediático, que todo eso queda a un lado cuando se ponen la camiseta de la Selección Colombia pues se están poniendo la bandera del país.

No hay grandes equipos sin grandes líderes y el nuestro tiene un montón de magníficos jugadores, pero hoy no tiene capitán. Y sin capitán se hunde hasta el mejor barco.

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14

jun

2015

¿Qué le pasó a la Selección Colombia?

No, no sólo era el discurso de los hinchas que soñaban con un debut triunfal frente a Venezuela y que hasta este primer partido estaban, en su mayoría, hablando de pelear el título. Tampoco se trataba de la ilusión de medios patrioteros ni de anunciantes a los que los triunfos de la Selección Colombia les engordan los bolsillos. Tanto Pékerman como los jugadores hablaron en la antesala de esta Copa de mantener el prestigio obtenido en Brasil 2014 y de pelear el campeonato. Ellos hablaron de ganar, de levantar trofeos, de demostrar cosas. Por eso es inevitable preguntarse: ¿por qué ese debut frente a Venezuela?

No se trata sólo de la derrota, que de por sí duele y pesa, pues ahora hay que jugarse la vida con Brasil para tratar de llegar con opciones de clasificación frente a Perú, se trata del juego: ¿qué le pasó a la Selección Colombia que nos enamoró en la eliminatoria y el Mundial? ¿Qué pasó en este 2015 con el equipo ordenado y lleno de talento y enjundia que nos cautivó en 2012, 2013 y 2014?

Claro, los jugadores no son los mismos, y no hablo sólo de la renovación en la nómina: ya no están Yepes o Perea, no vinieron Aguilar y Guarín, pero, además, Falcao, Zúñiga, Armero, Zapata y Valencia no son lo que fueron.

Detesto decirlo, pues he admirado su fútbol desde que jugaba en Nacional, pero frente a Venezuela vi la versión más triste de Camilo Zúñiga en muchísimo tiempo. Las lesiones y la falta de ritmo le han pasado factura al que fue un lateral fantástico y que en el primer duelo de esta Copa América dejó todo qué desear.

Yo, Falcaísta como el que más (lo admiro, me parece un goleador tremendo, detesto lo que vivió en  el Manchester United), sentado en la tribuna del Teniente de Rancagua pude ver a pocos metros lo que tantos le criticaron al Tigre en Inglaterra: no es el mismo que vi en la Eliminatoria, no está fino, está ansioso, le cuesta demasiado hacer lo que en 2013 le salía como respirar. Como tampoco es el mismo Zapata, antes eterno suplente de Yepes cuando era titular en el Milan y hoy su reemplazo en la zaga cuando pocos partidos ha tenido desde enero; ni es el mismo Armero, recién contratado por Flamengo, ni es el mismo Valencia, antes 5 temible y ahora, tras varias lesiones, reinventado como volante por izquierda sin salida ni presión.

Y ahí van otras preguntas, ¿por qué si el discurso oficial es que se venía a Chile a pelear el título, en el primer partido pareció que el equipo fue planteado para reivindicar a los que no han tenido un buen año en sus clubes? ¿Por qué el primer tiempo pareció que el reputado equipo colombiano menospreció a un rival que hasta el más ignorante aficionado sabe que siempre ha sido complicado para la Selección (sí James, hablo de ti)? ¿Por qué queda la sensación de que Pékerman respetó de más a un camerino que no tuvo cómo responderle?

El miércoles, frente a Brasil, un equipo al que sólo le hemos ganado una vez en la historia (precisamente en la Copa de 1991, también en Chile), se esperan las respuestas.

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14

nov

2014

Eslovenia, la otra heredera de la temible y perdedora Yugoslavia

Este martes la Selección Colombia enfrenta a Eslovenia, una selección que no le suena mucho a la mayoría, pero que mantiene la idea del fútbol de la ya desaparecida Yugoslavia, ese país que explotó en 1991 en una guerra que dejó cientos de miles de muertos y que a los mayores de 30 nos trae a la memoria equipos de ensueño llenos de técnica, de punteros endiablados, de arqueros temibles, de derrotas inexplicables…

Lo que antes de 1991 era Yugoslavia, cuando precisamente Eslovenia se fue tras un referendo independentista que llevó a la primera de las guerras que partieron ese territorio, hoy lo conocemos como Serbia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia, Montenegro, Kosovo y, por supuesto, la dueña de casa en el partido del martes frente a Colombia al medio día.

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30

oct

2014

Fútbol, nazis y Colombia: una historia olvidada

Simon Kuper, el mismo de esa maravillosa biblia de fútbol y antropología económica llamada Soccernomics, tiene un libro delicioso del 2003 llamado Ajax, The Dutch, the War: Football in Europe during the Second World War, en el que le recuerda a los ingleses en particular y a los europeos en general ese momento de la historia en el que todos parecían amar el Nazismo, y pone como ejemplo el fútbol de la época.

Claro, hoy Hitler es sinónimo del mal con bigotes y es fácil hablar del estereotipo del alemán racista y amante de las ideas totalitarias que nos caricaturiza cada película de Hollywood sobre la II Guerra Mundial, pero lo cierto es que en los años 30 el mundo veía a Alemania como un modelo a seguir y a Hitler como el deber ser del un líder. Suena absurdo, pero es que la historia es absurda.

Hasta los grandes enemigos de la Alemania Nazi en la guerra eran admiradores de ella antes de 1939, no nos olvidemos a Hitler como hombre del año en la revista Time de Estados Unidos en 1938 (foto); o de Eduardo VIII, cabeza del Imperio Británico, señalado como proNazi y que tuvo que abdicar en diciembre de 1936, diez meses después de subir al poder, para casarse con la divorciada Wallis Simpson, señalada por múltiples biógrafos como simpatizante de Hitler.

Entender los momentos históricos en su contexto es complejo pues nuestros ojos miran con el filtro de los los prejuicios actuales, pero lo cierto es que en la década del 30 el mundo era Nazi: Alemania había pasado de ser la gran perdedora de la I Guerra Mundial a una potencia industrial y militar en muy poco tiempo y, como suele pasar, el desarrollo económico llevaba a que muchos ignoraran las atrocidades contra las minorías (judíos, polacos, gitanos, homosexuales) y los atropellos contra todo aquel que tuviese una voz que le llevara la contraria al régimen. El discurso de orden, progreso y seguridad triunfaba pisando vidas que poco les importaban a los beneficiados (si les suena actual y cercano, no es mi culpa).

Ahí es donde Kuper recuerda cómo la selección de Inglaterra en 1938 visitó a Alemania en el Estadio Olímpico de Berlín y saludó al führer con el brazo derecho extendido, saludo imperial tomado por los Nazis del fascismo italiano de Mussolini, quien con él por esos mismos años había convencido a sus compatriotas de que el gran imperio romano, en donde así se saludaba al César, nunca había muerto.

Los amigos de la maravillosa Revista Un Caño de Argentina recuerdan la historia en este buen artículo de Pablo Cheb, y destacan que en medio de las tensiones políticas de ese 1938, cuando Alemania ya se había anexado Austria en busca de las “fronteras naturales del Tercer Imperio” y afilaba sus garras para comerse a Polonia, los jugadores fueron obligados a realizar el “heil Hitler” por la FA, pues así era la cosa: Alemania era el deber ser y era una descortesía romper los protocolos de homenaje al líder mundial.

Lo lindo es que Un Caño también nos recuerda que los seleccionados ingleses también saludaron  así a Mussolini en 1939, justo antes de la Guerra, pero claro, para nuestra mirada actual los malos eran los alemanes, no los italianos… en fin.

La pregunta es: ¿Colombia también fue Nazi? Más allá de la idiotez salida de contexto, anacrónica y sin sentido de los neonazis colombianos de hoy en día que apoyan al procurador Ordóñez y hablan de “raza superior” en una nación pluriétnica y multicultural, en los 30 las ideas del nacionalsocialismo calaron profundamente en nuestra sociedad.

No se trató solamente de migración alemana entre guerras, como relatan las novelas El jardín de las Weismann de Jorge Eliécer Pardo y Los Informantes de Juan Gabriel Vásquez, se trató de una relación política tan cercana, que incluso Colombia entró en la mirilla de la sospecha de Estados Unidos al comenzar en 1939 la II Guerra Mundial, como bien lo retrata esa tremenda investigación de Silvia Galvis y Alberto Donadio llamada Colombia Nazi.

Teníamos juventudes con camisas pardas, lineamientos políticos de clara tendencia Nazi (encabezados por Laureano Gómez), reuniones del partido llenas de esvásticas y banderas alusivas al nacionalsocialismo alemán (ver foto al lado de una reunión en Barranquilla, tomada de Colombia Nazi), pero sobre todo teníamos una idea fundamental del fascismo que se basaba en buscar la superioridad de la raza.

Insisto, hoy parece un mal chiste, pero incluso el primero Ministro de Educación (1934) y luego Canciller de la República (1938) Luis López de Mesa era un defensor de una política de mejoramiento de la raza en la que se prohibiera el mestizaje con indígenas y negros, y se estimulara la llegada de alemanes. Fue él quien cerró las fronteras del país a los judíos que huían de Alemania.

Pero la superioridad racial  era un tema vital para las diferentes naciones del mundo de los 30, no sólo para Colombia: la raza italiana tenía que demostrar que era superior y por eso no quiso disputar el Mundial del 30 en Uruguay, no fuera que ese equipo con negros los humillara como había pasado con las otras naciones europeas en los Olímpicos del 24 y el 28, y precisamente por eso se convirtió en cuestión de estado ganar los Mundiales de del 34 y 38, con amenazas a técnico y jugadores a bordo en el ya mítico “vencer o morir” de Mussolini.

Hitler siguió el ejemplo y organizó los Olímpicos de Berlín en 1936 para demostrar la superioridad de la raza alemana, hecho que quedaría para la historia en Olympia, un documental en dos partes de Leni Riefenstahl, la genio cinematográfica de la propaganda Nazi, en las que se muestra la belleza, el poder físico, el sacrificio y el heroísmo de la considerada “raza superior” por ellos, López de Mesa y Laureano.

Por supuesto, el deporte era la clave para tener una “raza superior” y Colombia lo entendió pronto. En 1928 se realizaron los primeros Juegos Deportivos Nacionales para reunir a lo más granado de la juventud y tratar de seguir el ejemplo de Uruguay, primer país sudamericano en lograr medallas de oro en los Olímpicos, codeándose así con las potencias mundiales. Bien lo escribió la entonces popular revista bogotana El Gráfico ese año, tras el bicampeonato olímpico de los uruguayos: “Colombia no ha participado aún en el torneo universal; su bandera no ha flotado con las ondulaciones del triunfo en el palenque cosmopolita como lo hicieron los pabellones del Uruguay y la Argentina. Ello se debe a que nuestro país asimila de manera tardía los sistemas implantados en los Estados de alta civilización”[1]

El tema era ese: ser “civilizados”, ser” europeos”, ser más blancos, y la clave era el deporte, como bien lo registró la ya desaparecida revista Deportivas en su primer número en 1931: “Es que el deporte está absorbiendo la gloria que correspondió exclusivamente a los ejércitos. Es una ventaja de la civilización. El deportista es en su verdadero concepto un arquetipo físico y moral de la raza”[1].

Por eso, para mejorar la raza, el presidente de la República entre 1930 y 1934, Enrique Olaya Herrera, tomó medidas como respaldar los Juegos Deportivos Nacionales de Medellín en 1932 y, sobre todo, firmar el decreto 1734 de 1933 para que se creara la Comisión Nacional de Educación Física con el fin de construir un estadio nacional en Bogotá, lograr que Colombia participara en el Mundial de fútbol de 1934 y desarrollar y divulgar los deportes en la clase obrera. Lo primero se cumplió en 1938 con la inauguración del ‘Nemesio Camacho’ El Campín, lo segundo se quedó en veremos (la primera Selección Colombia fue de 1935) y lo tercero condujo a la aparición de clubes de obreros en diferentes fábricas del país como Indulana o Unión en Medellín, que se fundirían en el Atlético Municipal, al que hoy conocemos como Atlético Nacional.

Pero la medida que nos metió de lleno en la idea de deporte como mejoramiento de la raza y refuerzo de la identidad nacional fue la creación de los Juegos Bolivarianos de 1938. Alberto Nariño Cheyne llevó a Berlín 36 la idea de unas justas regionales en Sudamérica que sirvieran para ampliar el calendario olímpico y promovieran la idea de panamericanismo que imperaba en la región tras la guerra entre Colombia y Perú de 1932 (en la que, por cierto, fue fundamental el apoyo de los inmigrantes alemanes), y entre vítores y banderas con esvásticas se anunció la primera edición de los Juegos entre las naciones bolivarianas que se disputarían en Bogotá, que ya tenía el plan del estadio El Campín y contaba con las canchas y campos de la Universidad Nacional.

Estos quedaron para la historia por el triunfo general de Perú (para malestar nacional pues las heridas de la guerra aún estaban abiertas), por la polémica que generó la conformación de la Selección Colombia de fútbol a cargo del argentino Fernando Paternoster (subcampeón mundial del 30), ya que cada región exigía a sus jugadores y al final nadie quedó contento, especialmente porque los de la franja roja nos golearon 4-2 (vale la pena recordar, ese equipo de Perú había sido cuartofinalista de Berlín 36, eliminado en una polémica histórica marcada por el racismo); por el oro colombiano en baloncesto (en la que además fue la primera transmisión radial del que luego sería el legendario Carlos Arturo Rueda), por la inauguración del estadio El Campín y, sí, por la demostración proNazi de nuestras juventudes bolivarianas.

Repito, hoy es fácil criticar, pero recordemos cómo las delegaciones de los cinco países saludaron en la inauguración el palco del presidente Alfonso López y en la clausura en de Eduardo Santos (justo coincidió el cambio de administración) con la mano derecha en alto al mejor estilo Nazi como se ve en estas fotos:

La publicidad del evento también fue una deliciosa muestra de cómo nos había influenciado la Alemania Nazi; repasemos:

Sí, Colombia también fue proNazi y se vio simbólicamente en esos Juegos Bolivarianos del 38, pero sobre todo en nuestra forma de asumir el deporte como una cuestión de mejoramiento de la raza. Parafraseando a Borges, el nazismo fue popular -muy, muy, muy popular- porque la estupidez es popular. Lo irónico es que aún pasa…

En Twitter: @PinoCalad

 


[1] El Gráfico No. 698. Bogotá. Agosto 2 de 1924

 

[1] Deportivas. No. 1 Medellín Junio 20 de 1931. Pág. 1

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01

jul

2014

La ‘febre amarela’ en Brasil

Una de las sensaciones de la Copa del Mundo ha sido Colombia. No se trata sólo del fútbol de James Rodríguez, de las ya convertidas en .gif y coreográficas celebraciones que conduce Pablo Armero, del emotivo récord de Faryd Mondragón que en medio de las lágrimas y de una ovación generalizada del estadio de Cuiabá se convirtió en el jugador de más edad en actuar en un Mundial con 43 años y tres días, se trata, por encima de todo, de su hinchada.

Periodistas de todo el mundo quedaron impactados cuando la mancha amarilla que se tomó el Mineirao para el Colombia-Grecia del 14 de junio siguió cantando el Himno Nacional a pesar de que los acordes de la ceremonia oficial habían terminado. A partir de ese día la prensa local e internacional ha estado pendiente de la llamada “febre amarela”, pues muchos están sorprendidos con la pasión de los colombianos, presentes masivamente en cada partido y en todos los Fan Fest.

Se estima que en Brasil viven cerca de 45.000 colombianos, la gran mayoría estudiantes, pero con los 60.000 que viajaron desde Colombia y otros rincones del mundo para acompañar a la Selección hay más de 100.000 compatriotas haciendo sentir local al equipo en cada ciudad, como bien lo dijeron los jugadores desde el primer partido.

No sólo se trata de haber sido prácticamente locales en Belo Horizonte, Brasilia, Cuiabá y, especialmente, en el mítico Maracaná de Río de Janeiro; se trata de calles pintadas de amarillo, azul y rojo a miles de kilómetros de casa, del Himno Nacional entonado a capela en diferentes esquinas de Brasil, de la unión de un pueblo que sueña…

El problema está en que entre esos 100.000, por supuesto, se colaron varios que aprovecharon el Mundial para mostrar esa otra cara de Colombia, la que no nos gusta aceptar. Las noticias fueron saliendo como en botica: 18 compatriotas arrestados en Belo Horizonte por atracar en modalidad de pandilla, dos más detenidos en Brasilia por robo, dos que terminaron en la cárcel al ser capturados vendiendo boletas falsas en Río de Janeiro, cuatro más siguieron esa suerte por estar vendiendo droga, otro se hizo famoso al quedar en YouTube robándole a un compatriota la boleta de entrada al duelo en Cuiabá… incluso en medio de la celebración que significó para todos los presentes el estar en Río de Janeiro en la primera clasificación de Colombia a unos cuartos de final en una Copa del Mundo, apareció la mancha y otra vez en YouTube quedaron registradas las trompadas entre unos tipos con la camiseta de la Selección y otros evidentemente uruguayos en pleno Fan Fest de la FIFA.

También se colaron otros que sí son malandros profesionales y con PhD en crimen. Los organismos de seguridad internacionales aprovechan los Mundiales para cazar delincuentes perseguidos en todo el mundo y, según fuentes de la Policía Nacional, que por supuesto también tiene a varios representantes suyos acá pendientes de esto y de la seguridad de los colombianos, a estas alturas ya cayeron tres capos centroamericanos y se espera que antes del viernes caiga uno de los herederos de la Oficina de Envigado, que se metió a Brasil desde Montevideo.

Sin embargo, estas manchas no logran ensuciar el brillo de la fiesta tricolor, y Colombia y sus hinchas se convirtieron en unos consentidos de la afición local, que celebró como si fuera propia la victoria sobre Uruguay. Claro, ahora el duelo es con ellos y es claro que el objetivo es hacernos sentir por primera vez visitantes en esta Copa del Mundo, pero como bien lo dijo uno de los miles de compatriotas que se tomaron la playa de Copacabana el sábado pasado no para irse a las manos contra los uruguayos sino para celebrar con el alma un hecho histórico: “si vamos a soñar, ¡deliremos!”.

Y acá seguimos delirando…

Noticias desde Brasil 2014 en Twitter: @PinoCalad

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18

nov

2013

El fútbol del odio, ¿el país del odio?

Seis balines del tamaño de bolas de billar, seis armas que perfectamente pueden ser mortales porque, tal vez no lo saben los hampones que con camisetas de Nacional se los lanzaron al bus de Millonarios (en el que no sólo iban los jugadores y el cuerpo técnico sino la hija de Ganiza Ortiz), pero eso era lo que disparaban los cañones hace dos siglos. Claro, la fuerza de un brazo no es la misma de la pólvora, pero una bola de acero lanzada causa daños y los vidrios del vehículo destruidos lo demuestran. La agresión fue antes de la final, cuando el equipo se dirigía al estadio Atanasio Girardot y, afortunadamente, no dejó heridos, pero sí secuelas.

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30

ago

2012

Amigo Pékerman: la mujer del César no sólo debe ser casta, debe parecerlo

El nombre es familiar desde diciembre, pues Pascual Lezcano estuvo al frente de las negociaciones que trajeron a José Pékerman a Colombia. Su cara también pues, con actitud dura y rostro de pocos amigos, era el tipo joven y pelilargo que nadie conocía pero que salió en todas las fotos y tomas en la presentación oficial del seleccionador. Sin embargo, ahora el representante y yerno del DT de la Selección  es el señor del escándalo.

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08

ago

2012

Cuando el Junior de Barranquilla fue la Selección Colombia

El 7 de agosto, aparte de la Batalla de Boyacá y la independencia de Costa de Marfil, se celebra el cumpleaños del Junior de Barranquilla, uno de los clubes grandes de nuestro fútbol por muchas cosas: su masiva hinchada, su peso cultural para nuestro Caribe, sus títulos, su presencia y peso histórico en el campeonato… sin embargo, si algo diferencia a “Tu papá” del resto de clubes colombianos, es que es el único que jugó a nombre de la Selección. Porque sí, una vez el Junior fue Colombia, y además lo hizo con altura… esta es la historia:

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05

mar

2012

Se va Comesaña de la Federación… ¿alguien sabe lo que hacía?

La noticia, por supuesto, es que el Director Técnico y de Desarrollo de la Federación Colombiana de Fútbol renuncia para asumir la dirección técnica del Deportivo Cali. La pregunta es: ¿alguien de verdad sabe cuál es el trabajo del personaje que ostenta ese cargo? Porque Julio Comesaña reemplazó a Francisco Maturana en un puesto que muchos llaman equivocádamente ‘Manager’ y, hasta la fecha, nadie explica en qué consiste. Es más, creo que ni en Colfútbol saben de qué se trata…

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