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07

dic

2015

La “masacre de las bananeras” y el fútbol: una historia olvidada

En 1924, el mismo año en que El Tiempo decretó que el fútbol estaba destinado a “desaparecer de nuestra sociedad”[1], se disputaron en París los séptimos Juegos Olímpicos. Este evento, que en 1920 había pasado como mero dato por la prensa colombiana y en 1912 sólo fue registrado gráficamente por El Gráfico, resultó atractivo ese año para los colombianos porque por primera vez en la historia participaban dos delegaciones suramericanas: Argentina y Uruguay.

Esto era importante para Colombia porque la caída de Marco Fidel Suárez en 1921, que trató de poner a Colombia en la línea de intereses de EE.UU. dándole todas las concesiones a las compañías de ese país en materia de petróleos y banano, había significado el despertar de un sentimiento antinorteamericano que se alentaba con el pago de la indemnización que Washington le daba al gobierno de Pedro Nel Ospina por la pérdida de Panamá, y el país entraba en la era del discurso de unión e identidad latinoamericana promovido por las primeras reuniones panamericanas y suramericanas de cancilleres, jefes de Estado, estudiantes, abogados y médicos.

La de los 20 fue la década del panamericanismo como solución económica y política del continente a la división y crisis mundial que había generado la guerra. Por esto, cuando Uruguay ganó el oro olímpico en fútbol, quedando su selección campeona por encima de Francia, Inglaterra, Italia, España y demás participantes europeos, la prensa colombiana, y en general la suramericana, le dio primera página al titular “Uruguay campeón mundial de foot-ball”.

La victoria uruguaya en los Olímpicos de París hizo despertar un espíritu deportivo que fue ampliamente analizado por los medios, reflejando claramente un discurso nacional en el deporte: “Coincide este despertar con la celebración de las grandes Olimpiadas en que los pueblos de la mayor parte del mundo se disputan el trofeo del vigor y la destreza (…). Colombia no ha participado aún en el torneo universal; su bandera no ha flotado con las ondulaciones del triunfo en el palenque cosmopolita como lo hicieron los pabellones del Uruguay y la Argentina. Ello se debe a que nuestro país asimila de manera tardía los sistemas implantados en los Estados de alta civilización”[2].

El problema de ser moderno se volvía a poner en el terreno de los deportes y se asumía la existencia de una delegación deportiva como motivo de orgullo y patriotismo, ya que el hecho de que un país suramericano le hubiese ganado a los inventores del juego en su especialidad y en su tierra causó estupor en Europa y un orgullo inusitado en Suramérica. Este triunfo no sólo generó que el fútbol “renaciera” en el país, pues todos los clubes volvieron a la práctica y el deporte obrero creció, sino que hizo que en 1926 se organizaran y jugaran los I Juegos Olímpicos Colombianos entre todas las instituciones de instrucción profesional y de segunda enseñanza de Bogotá.

Si bien estos primeros Juegos Olímpicos no fueron colombianos sino bogotanos, pues fuera de las delegaciones  de la capital sólo participó una de Cali (precisamente en fútbol), este evento representó el primer gran evento de balompié en el país, ya que, aunque hubo competiciones en carreras, maratón, salto, tenis, golf y boxeo, el que se robó el show y los titulares de prensa fue el fútbol, cuyo primer campeón fue el Club Cid, en el que jugaban estudiantes de la Facultad de Medicina con Enio Viola, inmigrante italiano que había jugado en 1921 con Juventus de Turín, equipo profesional de ese país.

El renacer deportivo que vio Colombia con estos Juegos Olímpicos, antecedente inmediato de los actuales Juegos Nacionales, se unió al espíritu universitario y nacionalista y dio la oportunidad de renacer al fútbol de elite de los clubes, pero con una nueva condición: algunos buenos jugadores de origen humilde terminaron jugando en equipos de club simplemente por ser buenos y tener algún vínculo con un socio como ser empleados o ahijados: el fútbol empezaba a funcionar como nivelador social.

El que se establecieran unas competencias serias, promovidas por el gobierno con fondos del Ministerio de Instrucción Pública y en fechas específicas, era un primer paso para ser un “Estado de alta civilización”.

La ley 80 de 1925 dispuso que en cada departamento existiera una comisión de educación física y apareció la secretaría especializada en el tema en el Ministerio de Instrucción Pública. Pero el avance de ese nivel de “civilización” se empezó a dar en la práctica años después con el establecimiento de las federaciones deportivas departamentales por parte de los cientos de deportistas que buscaban competencia y entrenamiento, comenzando en ese mismo 1925 con la creación de la Federación de Fútbol de Antioquia y con el decreto presidencial de Pedro Nel Ospina que creaba los “I Juegos Nacionales de la República de Colombia”, los cuales debían disputarse en la ciudad de Cali en 1928.

Esta edición, que oficialmente fue la primera de los actuales Juegos Nacionales, tuvo como evento central el fútbol a pesar de que estuvieron en disputa medallas para ajedrez, atletismo, baloncesto y tenis, aparte de las exhibiciones de béisbol y gimnasia. El cubrimiento de los diarios de la época refleja esto, pues el espacio concedido a estas otras actividades fue mínimo en comparación con el que se le dio al evento de fútbol que definiría el “primera gran campeón” nacional.

Antioquia, Atlántico, Bolívar, Boyacá, Caldas, Cundinamarca, Huila, Magdalena, Norte de Santander, Santander, Tolima y Valle fueron los departamentos que participaron en estos Juegos, pero no todos enviaron equipo de fútbol. Sin embargo, en las justas de Cali estuvieron los mejores clubes de varias regiones del país o las selecciones de los mejores jugadores de esos clubes, como la de Cundinamarca conformada por integrantes de Técnico y Medicina de Bogotá, o la de Antioquia con la reunión del Independiente Medellín y el Universitario, o la de Magdalena con el Liceo Celedón, el Club Mamatoco y el Club Boyacá. También hubo selecciones de Buenaventura, Cali (dos), Ibagué, Neiva y Cúcuta. A estos equipos se sumaron clubes con gran tradición en sus respectivas ciudades como el Universitario de Manizales, Junior de Barranquilla y Santa Librada de Cali con lo que doce equipos empezaron la disputa del título el 20 de diciembre de 1928 en el recién inaugurado estadio Galilea, que con una capacidad para 8.000 espectadores fue el primer gran escenario del fútbol en el país[3].

La gran final de este primer campeonato nacional enfrentó a los favoritos: Bogotá, Junior, Magdalena y el llamado Cali A, y el gran campeón fue el equipo samario tras vencer al de Barranquilla por 2 a 0. “De inmediato el gobernador del Valle, Carlos Holguín Lloreda, los invitó [a los campeones] al Club Unión, en la Plaza Cayzedo (sic), para brindarles un agasajo que se extendió hasta la media noche. Al otro día, los jugadores fueron llevados a la Hacienda El Paraíso, escenario de la novela La María, de Jorge Isaacas, uno de los clásicos de la literatura de amor de la historia colombiana, en donde les fueron entregados los trofeos merecidos por su hazaña”[4]. Así era el fútbol en esa época.

"Regreso de la cacería": Abadía Méndez y el general Cortés Vargas comparan resultados de cacería, después de la masacre de las bananeras. Ricardo Rendón. Album Cromos, 1930.

Sin embargo, el fútbol también comenzaba a ser algo más que el entretenimiento de algunos y su valor simbólico se empezaba a hacer presente en las distintas ciudades. Tanto así que la selección de Magdalena se fue de Santa Marta rumbo a Cali pocos días después de la denominada ‘masacre de las bananeras’ -ocurrida el 6 de diciembre de 1928 en la vecina población de Ciénaga, cuando las Fuerzas Armadas presentes en la zona para impedir una huelga de los trabajadores de las bananeras abrieron fuego contra los manifestantes, causando un número aún indeterminado de muertes y dejando una mancha imborrable en la historia nacional. Era presidente Miguel Abadía Méndez-, y cuando regresó a la ciudad como primer campeón nacional y el equipo fue recibido con honores por las autoridades locales el 6 de febrero de 1929, “en presencia del general Carlos Cortes Vargas, jefe civil y militar, del capitán Luis F. Enciso y del alcalde de Ciénaga, mayor Aurelio Linero, los futbolistas samarios solicitaron como un homenaje a su brillante gesta de Cali que se concediera la libertad a un grupo de huelguistas que se encontraban detenidos en la cárcel de Ciénaga. En medio de la euforia y emoción, la petición fue atendida y así obtuvieron su libertad algunos miembros del sindicato de la Sociedad Unión”[5].

El fútbol, por pirmera vez en la historia del país, había cumplido una labor de peso político que se repetiría cada tanto, incluso con abusos descarados de los poderosos. No era 1930, no teníamos ni siquiera fútbol profesional o campeonato, y ya la pelota nos mostraba que todo lo podía…

Con ese tipo de hechos y gestas, con esas identificaciones que fue generando el fútbol en cada ciudad, el balompié se volvió la actividad física preponderante entre la afición colombiana y se convertiría en el rey de los deportes del país después de que en 1930 Uruguay y Argentina le pasaron por encima a los europeos de nuevo disputando la primera final de un Campeonato Mundial de Fútbol, justo tras haber ganado el oro y la plata olímpica, respectivamente, en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam en 1928. Uruguay, bicampeón olímpico, fue el primer campeón mundial mientras Argentina terminó segunda.

La prensa, que ya tenía secciones y publicaciones especializadas en deportes, abandonando estos definitivamente las páginas ‘sociales’, exigía la creación de la federación colombiana de fútbol y la afiliación a la FIFA para poder participar en el torneo suramericano de selecciones nacionales que desde 1916 se disputaba con el nombre de Copa América, e incluso jugar un Mundial contra los todopoderosos uruguayos y argentinos. Por supuesto, como ya sabemos, eso se demoró un poco…

Por: Alejandro Pino Calad / Twitter: @PinoCalad

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[1]    El Tiempo. Bogotá. Enero 1 de 1924. Pág. 17

[2]    El Gráfico No. 698. Bogotá. Agosto 2 de 1924

[3]    En el terreno en donde alguna vez estuvo el Estadio Galilea hoy se encuentra la Clínica de Occidente. Con la popularización del fútbol en los 30′s el escenario no dio abasto y el fútbol de Cali se trasladó al estadio Pascual Guerrero, mucho más grande y rentable para el espectáculo.

[4]    Galvis, Alberto. 100 años de fútbol en Colombia. Planeta. 2008. Pág. 27.

[5]    Zorro Celedón, Joaquín. El fútbol del Magdalena, momentos estelares. Barranquilla. Editorial Mejoras. 1987. Pág. 17.

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General, Gol Caracol

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19

nov

2014

Ramón Hoyos Vallejo, el hombre que reemplazó al Dorado

La era del mito en el fútbol colombiano tiene pocos nombres colombianos y muchos llegados del sur. El Dorado, ese momento ubicado temporalmente entre 1949 y 1953, pero eterno en la memoria de todos los hinchas que nos llenamos de sueños imaginándonos a Di Stéfano y Pedernera con la camiseta de Millos, Pontoni con la de Santa Fe, el gran Heleno con la de Junior, Tito Draco con la del DIM, Vides Mosquera y Valeriano López con la del Cali, Villaverde y Barbieri con la del Cúcuta, Deambrossi con la del Bucaramanga… fue mágico, sin duda, pero prestado.

Si uno repasa las sensacionales nóminas de la época se encontrará con pocos referentes nacionales: ‘Cobo’ Zuluaga en Millonarios, ‘Caimán’ Sánchez en América, Cali y Junior, ‘Chonto’ Gaviria en Santa Fe, ‘Memuerde’ García en Junior, el mítico ‘Turrón’ Alvarez en Nacional… los verdaderos ídolos colombianos estaban en la acera del frente, en el otro deporte que desde que en 1951 nació la Vuelta a Colombia se robaba la atención de un país que no quería saber más de violencia política. Y entre todos los nombres del ciclismo había uno que generaba amores y odios pero nunca indiferencia, la primera superestrella de las bielas, el hombre que falleció esta madrugada en Medellín, cerca a su natal Marinilla, una leyenda llamada Ramón Hoyos Vallejo.

En 1953, cuando El Dorado dijo adiós al comenzar el éxodo de los cracks de otras nacionalidades, encabezados por Di Stéfano y su novela entre Barcelona y Real Madrid, Ramón Hoyos Vallejo comenzaba su leyenda ganando la primera de las cinco Vueltas a Colombia que quedaron a su nombre, récord que sólo superó en los 70 Rafael Antonio Niño. Sin embargo, ‘El Marinillo’ se convertiría en mito dos años después.

Ramón Hoyos Vallejo llegó a los Juegos Panamericanos de Ciudad de México como el mejor ciclista nacional. Sus títulos en las ediciones de 1953 y 1954 de la Vuelta a Colombia lo habían convertido en el mayor ídolo deportivo del país, y habían convertido al departamento de Antioquia en la tierra de los más grandes pedalistas de esos tiempos. Pero el problema es que en México estaban los mejores de todo el continente, comenzando por el extraordinario equipo anfitrión, comandado por Rafael Vacca.

Sin embargo, Colombia tenía lo suyo. Hoyos Vallejo no sólo tenía la experiencia local, sino que ya había tenido la oportunidad de conocer el trabajo de los grandes pedalistas europeos. Además, a ‘Don Ramón de Marinilla’ lo escudaban el cundinamarqués Benjamín Jiménez, soldado de profesión y legendario trepador de montañas, Justo ‘Pintado’ Londoño, su gran coequipero en la Vuelta a Colombia, y el mítico ‘Zipa’ Forero, el ciclista colombiano más famoso en el mundo por esos días.

Ellos cuatro, operando como una máquina perfectamente aceitada, destrozaron a los cuartetos de México, Argentina, Venezuela, Brasil, Uruguay y Guatemala, y lograron las dos primeras medallas de oro en la historia del ciclismo colombiano en unos Juegos Panamericanos.

Colombia, que en la primera edición de estas justas había logrado un solitario oro en atletismo con el gran Jaime Aparicio, alcanzaba gracias al ciclismo su mejor figuración deportiva internacional con los primeros lugares en el podio de Hoyos Vallejo y del cuarteto que él conformó. Además, Benítez obtuvo una más que meritoria presea de plata y en la pista Octavio Echeverri también logró el segundo lugar en los 1.000 metros contra el reloj.

Ese año, además, se disputó la más legendaria Vuelta a Colombia de todos los tiempos y Ramón Hoyos Vallejo, ‘El Campeonísimo’, logró una gesta que nadie ha logrado superar 55 años después: fue campeón del certamen ganando 12 de las 18 etapas disputadas, las seis primeras de forma consecutiva.

De nada valió la presencia del ex campeón Bayaert, ni el trabajo del ‘Zipa’, ni la notable actuación del equipo mexicano de Rafael Vacca; la superioridad de ‘Don Ramón de Marinilla’, como lo llamaba el locutor Carlos Arturo Rueda, era incontestable y no sólo por sus condiciones, sino por el respaldo de un equipo excepcional, la famosa ‘licuadora paisa’.

El técnico argentino Julio Arrastía Bricca formó un pelotón de escuderos que garantizaron el triunfo de Hoyos o, de no ser este posible, de un pedalista antioqueño. Eran ellos los que determinaban cuándo se atacaba o en qué momento se debía ir con calma, y el término de licuadora nació porque aquel que no cumplía con sus mandatos simplemente era ‘licuado’ del lote. Por eso mismo fue que entre los siete primeros de la general no había nadie que no hubiera nacido en ese departamento.

Hay una anécdota espectacular de esa Vuelta que muestra el impacto que tenía la presencia de Hoyos Vallejo en las carreteras del país: La etapa Pasto-Tulcán fue un infierno. La lluvia había deteriorado un camino de herradura y los ciclistas se resbalaban y caían por doquier. Sin embargo, al día siguiente, cuando la prueba regresaba de Tulcán por ese mismo camino, el pelotón que comandaba ‘El Marinillo’ se encontró con lo inesperado: la vía estaba perfecta. Apenas cruzó la meta el último ciclista de la etapa, el ingeniero jefe de la zona, Luis Palacios, convocó a todos los hombres de la región y en un tiempo récord lograron drenar la carretera, aplanarla y eliminar cualquier riesgo que esta tuviera para los pedalistas. La Vuelta a Colombia había obrado su primer milagro.

Hoyos lograría su cuarto título consecutivo un año después, y lo volvería a obtener en 1958. La corona del 57 fue para el español José Gómez del Moral, quien aprovechó el retiro de la armada antioqueña para dar el segundo golpe extranjero a nuestra gran prueba.

Ese 1958 fue el último episodio de ese mito nacido en Marinilla. El furor por el ciclismo en el país había dejado atrás al fútbol y los periódicos y las emisoras le dedicaban más páginas y tiempo a los pedalazos que a lo que sucedía en un campeonato de pelota en el que incluso los excampeones Nacional y Medellín se habían tenido que fundir en un mismo equipo, el Independiente Nacional, para poder participar ese año. Por eso cuando Angelo Fausto Coppi aterrizó en el Aeródromo de Techo el 18 de diciembre de 1957 Colombia entera se paralizó. A fin de cuentas, se trataba nada más y nada menos que del campeón mundial del 53, del dueño del récord de la hora por catorce años y del hombre que al pisar el Hotel Tequendama, en donde se alojó, contaba con dos títulos del Tour de Francia y cuatro del Giro de Italia. Era el mejor ciclista del mundo, el ‘Campionissimo’, y fue la primera superestrella de las bielas que llegó a nuestro territorio.

Coppi llamó tanto la atención, que incluso en el diario El Tiempo dieron como un hecho su participación en la Vuelta a Colombia de 1958, ya que varios empresarios estaban reuniendo el dinero para montarle un equipo y acabar así con la hegemonía antioqueña del multicampeón Ramón Hoyos Vallejo.

Esto, por supuesto, no se dio. Pero lo que sí se vivió en las carreteras del país fue el duelo particular entre Coppi y Vallejo en la tercera edición de la Clásica El Colombiano, organizada por el tradicional diario de ese nombre.

Varios patrocinadores respaldaron a Coppi, y su presencia atrajo a la más nutrida delegación de figuras extranjeras que hubiera visto Colombia. En la prueba doble entre Medellín y La Pintada estarían el italiano, sus paisanos Ettore Milano y Luigi Casolla, y el suizo Hugo Koblet, campeón del Tour en 1951 y tres veces campeón de la Vuelta de su país.

Sin embargo, a pesar del favoritismo y de la increíble experiencia de los europeos, el campeón fue Hoyos Vallejo. Koblet y Coppi impusieron condiciones, no se descolgaron en los ascensos y dieron cátedra sobre cómo descender, pero en el segundo y último día de la prueba, en pleno ascenso, el italiano no pudo aguantar el ritmo y ‘Don Ramón de Marinilla’ logró vencer al mejor ciclista del mundo con una ventaja escandalosa.

Hoy murió esa leyenda, el primer deportista capaz de eclipsar al fútbol en un país en el que a veces pareciera que no hay otro deporte. Por eso desde esta lejana esquina de internet lo único que puedo es darle las gracias por el mito, por la gloria, por el ciclismo, y asegurarle a la memoria de Ramón Hoyos Vallejo,  ‘Don Ramón de Marinilla’, que nunca será olvidado.

En Twitter: @PinoCalad

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