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17

mar

2016

Mi abuela, la señora que vio al ‘Chonto’ y a Pedernera

“Uno se sentaba ahí, con piquete, con los hinchas de los dos equipos compartiendo silla, todos picando fritanga o gallina. A veces alguien llevaba una botella de esas grandes de cerveza y uno compartía viendo el partido, con los narradores de radio ahí al lado, al frente de uno, y se alcanzaba a escuchar el grito de ellos: “Vuela el ‘Chontooooo’…”.

Por supuesto, mi abuela no se acordaba de haber visto a Julio ‘Chonto’ Gaviria en acción con Santa Fe en El Campín, ni tenía idea de que ese equipo fue el primer campeón, ni mucho menos sabía que ‘El Chonto’ fue el primer negro colombiano en ser portada de una revista nacional (en 1948 su rostro apareció en la carátula de  la Revista Semana), ella sólo quería marcar distancia y contarme cómo habían sido mejores esos tiempos de finales de los 40 y comienzos de los 50, cuando en sus visitas a Bogotá desde Barranca, en plena era de “El Dorado”, algún primo la llevaba a fútbol como el mejor plan que se podía hacer en la capital.

“El fútbol de hoy es miedoso”. Mi abuela me lo decía cada vez que sabía que yo iba al estadio o cada vez que me veía con una camiseta alusiva a algún equipo. “El fútbol de hoy es miedoso”, decía, y empezaba a hacer la lista de “esos marihuaneros”, “esos degenerados” y “esos hampones” que ahora iban al estadio. No importaba si yo tenía puesta la camiseta de la selección Colombia de rugby, lo que le importaba a ella era preocuparse por mi y por mi seguridad pues, insistía, “el fútbol de hoy es miedoso”.

Esa era mi abuela, la señora que se preocupaba, la que te decía que te quería con un plato maravilloso de comida casera o comprándome $2.000 de pan para que me sentara a fagocitar masas viendo la Champions en las tardes de miércoles, la que no podía evitar despedirse diciendo: “¡cuídese!” y difícilmente dejaba entrar a la familia a alguien que no le diera total confianza. Esa era mi abuela; la que comió fritanga en El Campín viendo El Dorado sin acordarse de ningún detalle futbolístico, sólo de “lo chusco que era ese señor Pedernera”, de “lo lindo que era compartir con toda esa gente” y de “¡cómo saltaba ese ‘Chonto!’”.

Mi abuela veía partidos de fútbol para preocuparse, pero no por el resultado -aunque siempre le iba a la Selección y a los equipos de sus nietos o su Santander natal- sino porque dependiendo del resultado a mi me iba a ir mejor o peor en el trabajo, mi tío y su esposa argentina podían discutir, mi primo se iba a poner de mal genio si perdía el Cúcuta o mi fallecido abuelo en alguna parte se iba a poner feliz porque había ganado Nacional. “Ahí estuviera su abuelo pegado a ese radio”, me decía cuando le contaba que me tocaba ir a cubrir tal o cual partido, para luego rematar con el eterno “mijo, ¡cuídese!”. Porque sí, mi abuela veía fútbol para preocuparse; eso era lo suyo.

Hace años tenía la costumbre de regañarla, tal vez porque ella se dejaba regañar de mí con una especie de puchero que siempre terminó en sonrisa. Por eso cuando mi mamá me dijo que le hablara a mi abuela en su lecho de enferma, totalmente sedada y con una respiración entrecortada y angustiante, lo primero que le dije fue que por qué era tan terca y luego le di un beso en esas canas tan pronunciadas desde hacía un año.

No sé si estaba consiente, pero necesito creer que sí, que me escuchó, pues le di las gracias por todos sus hijos y nietos, le dije que su vida había sido maravillosa y que la mejor señal de eso era que todos estábamos bien; que no tenía que seguir preocupándose. Le dije que la quiero, que todos la queremos muchísimo y que por eso mismo no valía la pena seguir peleando. Le pedí que se fuera, que lo más justo para ella era descansar pues lo merecía y que lo más importante es que se iba a quedar con nosotros, con cada uno, para siempre.

Le di un beso en la mejilla y me di cuenta que el jadeo de la respiración ya no estaba. La prima Luz, que había viajado una hora antes desde Bogotá conmigo y con su mamá, Lola -la hermana de mi abuela-, para acompañarla en estos últimos momentos, entró a la habitación y le dije que ya no respiraba. Luz la trató de acomodar en sus almohadas, yo le puse la mano en el pecho y salió un suspiro. El último.

Tras eso las imágenes son confusas: mi tía Gloria tratando de cuadrarle con Luz la máscara de respiración, los médicos revisando signos vitales que ya no estaban, la oficialización de la hora, la despedida de mi mamá, Gloria, Lolita y Luz entre lágrimas…

Mi abuela, Leonor Serrano de Calad, santandereana hasta el tuétano, casada con paisa, madre de seis, abuela de nueve y bisabuela de la pequeña Sara, coleccionista de sellos en pasaportes, sobreviviente del ‘Bogotazo’, secretaria de profesión y costurera por pasión, se fue en paz, se fue sin dolor; se fue escuchándome hablarle de todos los integrantes de su nido y descansó sabiéndose querida, sabiéndose amada, sabiendo que ya no tenía por qué preocuparse más.

Me quedé ahí hasta el final y con mi primo Mario la llevamos a la morgue, pero me quedo con la paz en su rostro cuando se fue. Fue un buen final para ese viaje tremendo que fue su vida.

Mi abuela vio al ‘Chonto’ y a Pedernera mientras comía fritanga en El Campín… sólo con saber eso siento que vale la pena lo que hago.

Twitter: @PinoCalad

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08

mar

2016

Inventarse un equipo: la forma más fácil de hacer trampa en la Dimayor

Lo que está pasando con el Depor, que ahora pretende llamarse Atlético Fútbol Club y que lo dejen jugar en la B con reconocimientro deportivo de aficionado mientras la dirigencia del fútbol colombiano pasa de agache y promueve la trampa, me tiene abrumado.

Recapitulemos, pues a lo mejor es difícil de entender: la Dimayor (una asamblea en la que están sentados todos los presidentes o dueños de los equipos de la A y la B en Colombia) decidió que no iba a recibir a Tolima Real este año a pesar de que había comprado la ficha del Real Sincelejo y de que tiene reconocimiento deportivo de Coldeportes. A nuestros magnánimos dirigentes no les importó que el Tolima Real hiciera todo en regla, que hubiese invertido más de $5.000 millones o siquiera que el equipo sea del papá putativo de James Rodríguez, pues su cupo se lo dieron al Depor, un equipo de un viejo amigo de la dirigencia como Gustavo Moreno Arango, que había comprado ilegalmente la ficha del Sincelejo y que estaba jugando con ella a pesar de que desde el año pasado el Tribunal Superior de Sincelejo había dicho que la ficha era de los sucreños, quienes por tanto se la vendieron al Tolima Real, y que ese negocio del Depor era trucho.

Porque ojo, en este embrollo todo, absolutamente todo, es trucho. En 2005 el representante legal del Real Sincelejo vendió ilegalmente la ficha del equipo a un tal Deportivo Pereira FC. No, no se engañe, no es el Pereira de siempre, este fue un club montado por si ese año el verdadero Pereira quebraba y así aparecer con otro equipo que se hiciera pasar por el de siempre engañando a la hinchada y, de paso, a los acreedores, los trabajadores y la DIAN.

Sí, inventarse un equipo es la forma más fácil y vieja de hacer trampa en la Dimayor y este Depor es el último ejemplo de una línea que ya lleva 61 instituciones aparecidas como por arte de magia para dejar las deudas en el pasado.

¿No entiende en qué consiste la trampa? Es simple: digamos que usted firma un contrato con Pino FC, un equipo con reconocimiento deportivo de Coldeportes y aceptado por Dimayor, pero Pino FC quiebra por el pésimo manejo de sus dirigentes y cuando usted va a cobrar el club ya no existe y nadie responde por él pues lo que existe es Atlético Pino, aceptado por Dimayor. ¿Quién responde por las deudas de Pino FC, sus impuestos, su nómina? No importa, lo que importa es que hay un equipo que sigue jugando con otro nombre (Atlético Pino, Deportivo Pino, Pino 20016… póngale como quiera) y dejándole plata a sus dueños.

Pero sigamos con el “Deportivo Pereira FC”, hoy conocido como Depor. Habib Merheg, parapolítico y excongresista, era la cara detrás de esta trampa, pero el alias de ‘Macaco’ aparece por todas partes. Lo cierto es que la Corporación Cultural, Social y Deportiva de Pereira, a la que todos conocemos como el Deportivo Pereira, no desapareció y entonces la ficha del tal “Deportivo Pereira FC” se fue para el Valle del Cauca, en donde jugó como Depor Jamundí, Depor Aguablanca y Depor FC, hasta que el año pasado salió el fallo que sentencia la ilegalidad del asunto.

Lo patético es que con la excusa de “somos una cofradía” la Dimayor permite que advenedizos convertidos en dirigentes deportivos hagan lo que se les de la gana sin que nadie los controle. Porque sí, Coldeportes es el ente de control, pero estoy seguro de que si Tolima Real no entutela al Departamento Administraivo del Deporte, la Recreación, la Actividad Física y el Aprovechamiento del Tiempo Libre (qué nombre oficial tan largo… con razón no hace nada), Depor ya estaría jugando con la excusa del cambio de nombre e invención de un equipo, la misma que quiere volver  a hacer con el tal “Atlético Fútbol Club”.

Ahora, hablemos de legalidad. En el parágrafo 1 del artículo 11 de la ley 1145 se estableció un control para que en Dimayor dejen de inventarse equipos para evadir responsabilidades fiscales y laborales; cito: “(Coldeportes) sólo podrá mantener vigentes un número igual de reconocimientos deportivos al número de clubes profesionales afiliados a la federación respectiva. Antes de otorgar un nuevo reconocimiento deportivo el Instituto Colombiano del Deporte (Coldeportes) deberá verificar que el club profesional afiliado y cuyo derecho de afiliación va a utilizar el nuevo club profesional, haya cancelado la totalidad de las obligaciones laborales, fiscales y parafiscales”. Por ese parágrafo es ilegal que el Depor juegue y, vea usted, es también ilegal que Orsomarso lo haga pues, si bien tiene la ficha de Uniautónoma, este equipo le debe plata a jugadores y otros empleados. Pero ahí está Orsomarso jugando y, no lo duden, después del 11 de marzo, en la Asamblea citada para definir qué se hace con el Depor, muy seguramente veremos la aberración de que también lo dejen jugar. No ven que es “una cofradía”…

Es que en esta “cofradía” la lista de equipos inventados hacer trampa es larga. Como lo dije antes, desde 1991 (año en que nace la B) van 61 y el colega Oswaldo Hernández del diario La Patria, de Manizales, se tomó en 2014 el trabajo de solicitar a Coldeportes la información sobre cuáles de estos eran legales y cuáles no. Como verán en este enlace, el resultado es escandaloso (por supuesto, ahí aparece la ficha del Real Sincelejo en propiedad del Depor pues es una lista de 2014 y el 2015 fue la decisión judicial de que el Depor también era de aire… por eso el Depor es el 61).

Pero repasemos por si le da pereza ver documentos legales; ¿se acuerda del Cúcuta 2001? Ese equipo, del que no existe  ningún registro en Coldeportes, jugó un arbitrario triangular ese año en el que se determinó qué equipos ascenderían para ampliar a 18 la cuota de clubes en primera división.  Pero la cosa tiene detalles aún más ridículos: el Deportivo Rionegro no existe en los archivos de Coldeportes a pesar de ser el equipo más tradicional de la B hasta que se trasteó al Urabá para llamarse Leones, éste sí con reconocimiento deportivo vigente; Lanceros Fair Play, el equipo en el que debutó Falcao García, nunca existió legalmente, así como nunca existieron Dinastía, Atlético Guadalajara, Fiorentina y una notable cantidad de equipos que han competido en las dos últimas decadas de la segunda división.

“Cofradía” se hacen llamar en la Dimayor… en Italia hubo una muy famosa, la llamaban “Camorra”.

En Twitter: @PinoCalad

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02

mar

2016

Los 11 equipos que me enamoraron del #FútbolDeLaCasa

Uno escucha hablar de fúbol colombiano a Peláez, a Hernández Bonnet, a Iván Mejía o a Vélez, a Wbeimar o a Giraldo Neira y pareciera que todo se echó a perder en los 90. Todos los jugadores de leyenda, los grandes equipos, los mitos del FPC parecieran quedar, en palabras de los popes del periodismo deportivo colombiano, lejos. Claro, ellos vieron al Millonarios de ‘El Dorado’ y al Cali de Pancho Hormazábal, ellos disfrutaron a Willington Ortiz en el azul, en Cali y en América, ellos vivieron la llegada de Zubeldía a Nacional, ellos comentaron las campañas tremendas del América de Ochoa, pero ellos también, gracias a esos equipos y figuras míticas del FPC, han logrado que los más jóvenes añoremos esos años que no vimos, que extrañemos a cracks que no pudimos disfrutar y de los que sólo hemos podido leer o con suerte ver en YouTube y, eso sí, escuchar en las anécdotas geniales de nuestros veteranos comentaristas.

Por eso hoy, en un arranque de egolatría, rebeldía y la juventud que puede que ya no tenga a mis 36 años, quiero contarle a usted cuáles han sido los once mejores equipos colombianos que he visto. Sólo me puse una condición para hacer esta lista: que fueran equipos de 1990 para acá. Claro, con eso me estoy saltando olímpicamente a cuatro equipazos que alcancé a ver en mi lejana infancia en los 80: al Nacional del 87 al 89 de los ‘Puros Criollos’, una máquina de demolición de toque y zona, el poderoso y ofensivo Millonarios de 1987, 88 y 89 (Arnoldo Iguarán es mi ídolo eterno y hay un lugar en mi corazón que se llama ‘Gambeta’ Estrada), al mágico Cali del 85 al 87 con Redín y Valderrama haciendo de cualquier cancha una mesa de billar a tres bandas (nota: ‘Gambeta’ también pasó por ahí), y al todopoderoso América de toda esa década: un equipo casi que invencible que atacando era una aplanadora (a ver, a lo largo de esos años tuvo a Cáceres, Battaglia, Willington, Cabañas, Gareca, De Avila… ¡qué nómina de por dios!) y en el fondo tenía todo el trabajo táctico de ese maestro que fue Ochoa Uribe y un arquero de leyenda (Falcioni… aunque sumen a Zape). No puedo hacer una lista de equipos que haya visto y me cautivaran sin mencionar a esos cuatro, pero es que, como dije antes, de ellos pueden hablar mejor mis mayores. Hoy quiero que usted, amigo treintón, veinteañero o culicagado, valore lo que ha visto desde que nació. Hoy quiero que hablemos de nuestra era.

Ahora, ¿qué hace a un equipo memorable? Por supuesto sus jugadores y su estilo de juego, algo que para la memoria del goloso es incluso más valioso que los títulos. Haciendo una primera lista me di cuenta de equipos que me enamoraron en estos últimos 26 años se quedaron grabados gracias a que era capaz de dar su alineación de un tirón, algo que no me pasa con muchos de los campeones de ese mismo periodo de tiempo. Espero que sonría con esta lista, espero que sienta nostalgia y espero, sobre todo, que me escriba a @PinoCalad o a @GolCaracol con el HT #FútbolDeLaCasa y me diga cuáles son los equipos de su vida.

 

11: Atlético Bucaramanga 1990-1992

No sé qué me impactaba más, si ver al ‘Kiko’ Barrios tirándole biblias a los espectadores desde la cancha de juego, o ver el buen fútbol ofensivo que comandaba el religioso (y bravucón) delantero junto a Olalla, ´Piripi’ Osma, Héctor Gerardo Méndez y Robert Villamizar. En el 92 regresó Jorge Ramoa y la cosa fue aún mejor: el argentino era un crack y tenía a Bernardo Redín. Sólido en casa y durísimo como visitante, este Bucaramanga que dirigía ‘El Tucho’ Ortiz alcanzó a ser tercero en 1990 y en 1991 y 1992 fue semifinalista con una fórmula de juego largo, transiciones muy rápidas en ataque, mucho fútbol aéreo y una dinámica que complicaba a cualquiera. Tristemente este buen equipo fue desmantelado para 1993 y en 1994 terminaría descendiendo por primera vez, un mal que por años acosó a una de las buenas plazas futboleras del país. La nómina que más recuerdo es la del 90-91: Van Stralhem (que sí era colombiano); Héctor Polo y Eugenio Uribe en las bandas; Enrique Simón Esterilla y Víctor Espinoza (¡qué par de centrales!); Robert Villamizar, Elías Correa, Héctor Gerardo Méndez y Carlos Araujo en el medio, y arriba con ‘Kiko’ Barrios y Héctor Manuel Olalla (también me la sé con el ‘Piripi’ en su lugar).

 

10: Once Caldas 2003-2004

La memoria es ingrata con el Once campeón en Colombia en 2003 y de Libertadores en 2004; muchos lo acusan de ultradefensivo, otros dicen que era Henao y diez más y la mayoría se olvida de las delicias ofensivas de un equipo muy sólido atrás pero con un derroche de talento adelante comandado por Arnulfo Valentierra y Elkin Soto en el medio campo. ¿Qué equipo con ese par de jugadorazos puede ser tacaño con el espectáculo? Ese Once, además, tenía gol con Sergio Galván, quien se fue en 2004 y le dejó la batuta a un muchachito llamado Dayro Moreno y a un goleador eficiente como Agudelo. Claro, si sólo te acuerdas de Herly Alcázar (que jugó la final y terminó rompiendo la Copa Libertadores) crees que el Once era malísimo en ataque, pero no, no lo era. Lo que más me gustaba de ese Once Caldas, sin embargo, es que tenía el carácter de hierro: no sólo le ganó el título local a un durísimo Junior con mucha más experiencia, sino que en Libertadores se llevó por delante a Vélez Sarsfield, Santos, Sao Paulo y Boca Juniors. El XI que más me gustó de ese muy buen equipo que fue el Caldas de Luis Fernando Montoya es: Henao (¡eterno!); Miguel Rojas, Samuel Vanegas, Edgar Cataño, Mauricio Casierra; Jhon Viáfara (de por dios: ¡se le tiraba a un tren en movimiento! Además, prohibido olvidar que en la final en La Bombonera se cagó, y no figurativamente -eso nunca-), Rubén Darió Velásquez, Elkin Soto, Arnulfo Valentierra; Dayro Moreno y Sergio Galván

 

9: Santa Fe 2013

Sí, el equipo del 2012 es leyenda porque acabó con una sequía cruel que tenía al primer campeón -sin un título desde 1975-, pero la versión mejorada del 2013 que montó Wilson Gutiérrez para mi es de los mejores equipos que he visto en estos últimos 26 años. Omar Pérez en su mejor momento de madurez, Wilder Medina y Cuero destrozando defensas, Gerardo Bedoya mostrándole a todo el continente cuántos pares son tres moscas… era un equipo bravo, cojonudo, que además pasaba muy rápido al ataque y jugaba muy bien al piso, pero sobre todo con pelotas largas enviadas ya fuera por el 10, por Bedoya o por Anchico desde la banda derecha. Si hoy Santa Fe es un equipo respetado continentalmente se debió en buena medida a lo que hizo esta nómina semifinalista de Libertadores y que, además, ese año fue subcampeona de liga y se llevó la Superliga. Si me preguntan por un XI, el que tengo en la cabeza va con: Camilo Vargas; Yulián Anchico, Carlos Valdez, Pacho Meza (jovencito) y Marino García; Bedoya, Daniel Torres y Luis Carlos Arias en primera línea; Pérez mandando el medio campo y surtiendo a Cuero y Medina.

 

8: Deportivo Cali 1992

No fue campeón, quedó tercero, pero el equipo de Miguel Company era una delicia. Toninho, un brasileño complicadísimo que anotó el 0-1 que le quitó al Junior un invicto en casa de más de 30 fechas, comandaba el ataque junto a esa fiera que fue Níver Arboleda, y atrás tenían a ‘La Bruja’ Aredes y al paraguayo Gustavo Sotelo, aparte de contratar al ‘Pájaro’ Juárez, a Olalla (sí, el del Bucaramanga del 90) y al Willy Rodríguez; pero este Cali, más allá de atacar, le daba manejo a la pelota, era equilibrado y tuvo la mejor defensa de ese año en el que tuvo un invicto de 19 fechas sin perder. Rayo era un arquerazo y ese año vimos el debut de un joven Miguel Calero con la verdiblanca después de haber estado por el Caribe colombiano, así como la consolidación  de ídolo azucarero Andrés Estrada en la zona de recuperación. El XI que tengo en la cabeza (y acepto correcciones porque sé que me gana el romance y está muy ofensivo) era con Calero (Rayo); Polo, Sarmiento, Esterilla, Miguel Marrero; Andrés Estrada, Sotelo, Aredes, Juárez; Níver y Toninho.

 

7: Cúcuta 2007

El Cúcuta campeón del 2006 era un buen equipo, no lo voy a discutir, pero era un equipo de Jorge Luis Pinto, es decir, sólido y eficiente, pero no te va a dar espectáculo. En cambio el que jugó la Libertadores de 2007 llegando hasta semifinales frente a Boca Juniors daba gusto. Macnelly Torres en un momento de gracia infinita, Blas Pérez haciendo una dupla de ataque memorable junto al ‘Burrito’ Martínez, la media distancia de Rubén Bustos, el medio campo de hierro y con salida de Dumar Rueda, Charles Castro y Del Castillo… fue un equipazo que trataba bien la pelota y salía a buscar el partido en todas las canchas. Tal vez por eso, y por su falta de experiencia, Boca le impidió llegar a la final de esa Copa. El XI creo que todos los colombianos nos lo supimos de memoria a pesar de que varios jugadores no eran precisamente estrellas: ‘Rufay’ Zapata; Bustos, Walter Moreno, Julián Hurtado, Elvis González; Rueda, Del Castillo, Castro (si quieren poner a David Córdoba, vale), Macnelly, Martínez y Blas. ¡Equipazo!

 

6: América de Cali 1994-1996

De todos los grandes y buenos equipos que ha tenido el América de Cali (sí, incluyendo al multicampeón de los 80) mi favorito de lejos es el que dirigió Diego Umaña entre 1994 y 1996. Fútbol ofensivo, cantera, talento, velocidad… este equipo atacaba increíblemente rápido con su combo de enanos, De Ávila-Zambrano, y con las asistencias mágicas de Alex Escobar; pero por ahí también alcanzaron a pasar ‘Polilla’ Da Silva y ‘El Diablo’ Etcheverry, así como un jovencito Giovanni Hernández. ‘Guama’ Cardona y Foad Maziri como amos de las bandas, Wilmer Cabrera reinventado como volante acompañando Frankie Oviedo y a Berti o a la ‘Pelusa’ Pérez, línea por línea el América de esos años derrochaba talento (incluso en el arco pasó de Eduardo Niño a Oscar Córdoba, los dos de Selección), por lo que no deja de ser triste que no ganara nada: fue tercero en el 94, subcampeón en el 95, semifinalista de Copa Conmebol ese año y finalista de la Libertadores en 96, cuando perdió otra vez con River Plate el título continental. Para mi el XI de recitar de ese equipo era con: Córdoba; Cardona, Jorge Bermúdez, Carlos Asprilla, Maziri; Cabrera, Berti, Oviedo, Escobar; Zambrano y ‘Pipa’.

 

5. Deportivo Cali 1999

La nómina la puedo decir como si fuera el Padre Nuestro: Rafael Dudamel; Mario Yepes y Andrés Mosquera en defensa, ‘Pelusa’ Pérez reinventado como lateral derecho y Gerardo Bedoya en la banda izquierda; Martín Zapata mandando en el medio campo junto a ‘Carepa’ Gaviria; Mayer Candelo, Arley Betancour y Víctor Bonilla moviéndose por toda la zona de ataque y acompañando a Giovanni Córdoba o Carlos Castillo. Es más, si quieren meter en el medio a Alex Viveros, también vale. Un equipazo que llegó a la final de la Libertadores y la perdió en penales con Palmeiras, pero que venía de ganar el campeonato del 98 y que aprovechó el trabajo de promoción de cantera de Reinaldo Rueda ese año para hacer historia en el 99 bajo el mando de ‘Cheché’ Hernández. Pocas veces el fútbol colombiano vio tanto talento junto como cuando Mayer, Arley y Bonilla se encontraban en el campo, pero además el Cali de ‘Cheché’ tenía a ‘Carepa’, Zapata y Bedoya para hacer el trabajo sucio. El 4-0 a Cerro Porteño en semifinales de esa Copa es de los grandes momentos futbolísticos que le he visto a un equipo colombiano en Libertadores.

 

4. Atlético Nacional 1991-1992

El Nacional de Bolillo. Así se le conoce a este equipo que dejó para la posteridad la dupla maravillosa de Faustino Asprilla y Víctor Aristizábal, dos sub 23 que se dieron el lujo de sentar al que entonces era el goleador e insignia del club, JJ Tréllez (aunque ojo, cuando jugaron los tres el equipo era una cosa demnete), mandar al Cali a Níver Arboleda, que era otro delanterazo, y dejar como alternativa a esa maquinita del gol que era Rubén Darío Hernández. Hernán Darío Gómez heredó el equipo de Francisco Maturana, campeón de Copa en 1989, y a ese trabajo zonal y de toque/desgaste le sumó intensidad y goles, muchos goles. Fue un equipo tremendo al que sólo logró frenar el América de -irónicamente- Maturana, en el que tal vez sólo dos jugadores no se convirtieron en leyenda. De un tirón el XI era con Omar Franco; Andrés Escobar y Giovannis Cassiani en el centro de la defensa, Diego León Osorio (¡crackl!) y León Villa cubrían las bandas; Gabriel Jaime Gómez y Ricardo Pérez eran los duros del medio campo (ojo, ‘Chicho’ Serna también estaba pero jugaba más adelante), mientras Alexis García y ‘Bendito’ Fajardo daban ideas y Asprilla y Aristizábal destruían defensas. Esa base, con otros técnicos y una que otra novedad, sería campeona también de 1994 y subcampeona de Libertadores en 1995.

 

3. Millonarios 1994-1995

Nunca volví a ver un equipo colombiano que atacara tanto y tan bien. Ese Millonarios, subcampeón del 94 y eliminado de Libertadores por Nacional en los cuartos de final de 1995, era una especie de fuerza de la naturaleza que hizo 83 goles en 46 partidos de la liga en 1994, 13 más que el buen América de Umaña que hizo 70 y 18 más que el campeón verdolaga que hizo 65. En la Libertadores 95 llegó a cuartos y se fue con 16 goles anotados, uno menos que su verdugo que fue subcampeón de América y claro, cómo no si tenía adelante a Freddy León, ‘El Pony’ Maturana, ‘El Piripi’ Osma y, por encima de todos ellos y en sus últimos años de gloria, al inmarcesible Arnoldo Iguarán. Pero no se trataba sólo de delanteros; Carlos Rendón generaba juego y definía partidos con sus tiros libres con derecha, mientras Edison Domínguez hacía lo propio con izquierda, Flaminio Rivas atacaba por derecha a placer y Jhon Mario Ramírez exhibía el talento micrero capitalino en el medio quitándole la titular a Marcelo Benítez, que para rematar también tenía gol. Fue el último gran Millonarios que vi, incluso por encima del subcampeón del 96 (que tenía más fútbol pero menos pegada) y del campeón en 2012, un buen equipo, serio, sólido e histórico, pero que no enamoraba de la forma en la que lo hacía el cuadro dirigido por Vladimir Popovic, del que puedo decir su once (bueno, mi once) como si entonara el Himno: Villarraga; Flaminio Rivas, Osman López, Oscar Cortés, Domínguez; Yesid Mosquera, Bonner Mosquera; Carlos Rendón, Jhon Mario; Arnoldo Iguarán y ‘Muelas’ León.

 

2. Junior 1993-1995

Si usted, como yo, vio jugar al Junior del ‘Pibe’ Valderrama entiende a la perfección por qué el samario de rizos rubios es para muchos el mejor futbolista colombiano de la historia. Este equipo, dirigido primero por Julio Comesaña y luego por Carlos ‘Piscis’ Restrepo, con una que otra variante en nómina, giraba alrdededor del talento del ‘Pibe’, quien educó bajo su sombra a Víctor Pacheco y Oswaldo Mackenzie para generar junto al uruguayo Héctor Gerardo Méndez una sinfonía de fútbol que, como si fuera poco, tenía el poder goleador de Iván René Valenciano y Miguel ‘Niche’ Guerrero, quien luego sería reemplazado por Cristian Montesinos. Fue un equipazo campeón de la final más emotiva que haya visto, cuendo en el cuadrangular final de 1993 todos, Medellín, América, Nacional y Junior, acariciaron en algún momento la estrella en una última fecha cargada de drama. El XI memorable para mi es el del 93 con José María Pazo; Góber Briasco, Alexis Mendoza, Francisco Cassiani y Eugenio Uribe; Méndez, Mackenzie, Pacheco y Valderrama, ‘Niche’ y Valenciano. Con los años Hugo Galeano se quedaría con el lugar de Uribe y Montesinos reemplazaría a Guerrero, pero esa base no sólo dominó el fútbol local durante tres temporadas, sino que en 1994 fue semifinalista de Libertadores y sólo el poderoso Vélez Sarsfield de Chilavert le impidió llegar a una final.

 

1. Deportivo Independiente Medellín 2002-2003

Seguramente tiene que ver el que durante la Libertadores 2003 cubrí al Medellín y estuve ahí, en la cancha, el día en que Santos eliminó de la final al ‘Poderoso’ en un partido de locos; es probable que en mi memoria pesen de más las lágrimas de ‘Mao’ Molina mientras se despedía de su afición (lo que hace que hoy me alegre tanto verlo de vuelta con esa camiseta roja); estoy casi seguro de que en esta elección pesen mis primeras crónicas como periodista cubriendo a ese DIM que acabó en 2002 con una racha de 45 años sin ganar un título, pero lo cierto es que para mi el mejor equipo del fútbol colombiano en estos últimos 26 años, al menos el que más disfruté ver, el que mejores sensaciones me dejó, el que más sonrisas me sacío, fue el Deportivo Independiente Medellín del segundo semestre de 2002 y primer semestre de 2003. Un equipo raro para Colombia, que se defendía con una línea de tres y no con el habitual cuatro, que jugaba con carrileros y que tenía tres volantes 10 y un único delantero, pero que jugaba deliciosamente al piso, que hacía goles de todas partes con Serna, ‘Mao’, Montoya, Tressor, Vásquez Chacón y hasta con Roberto Carlos Cortés. ¡Cómo jugaba ese ‘Poderoso’! David González apenas empezaba su carrera como ídolo rojo en el arco; Amaranto Perea, Felipe Baloy (¡qué central!) y Andrés Orozco en una línea de tres memorable; William Vásquez Chacón y ‘el Choto’ Cortés (o Ricardo Calle y Robinson Muñoz, porque jugaban los cuatro) en las bandas; Alex ‘Conejo’ Jaramillo junto a ‘Choronta’ Restrepo dando equilibrio y salida en el medio campo, y adelante ‘Mao’, David Montoya o Tressor Moreno (elija dos de tres, yo me quedo con los tres y siento a uno de marca) y Jorge Horacio Serna (o Tressor, si el partido era más para jugar al piso).

Ese DIM fue tan fiel a su historia de sufrimiento y fútbol de potrero, que para mi son inolvidables los partidos frente a Boca Juniors en fase de grupos y las dramáticas series frente a Cerro Porteño, Gremio y, por supuesto, Santos: nunca dejó de luchar a pesar de todo, nunca dejó de buscar el arco rival y nunca dejó de darle espectáculo a la tribuna. Tal vez es por eso que lo recuerdo con tal aprecio, porque eso es lo que espero siempre de un equipo de fútbol.

¿Cuáles son sus equipos memorables del #FútbolDeLaCasa? Cuéntemelos en @PinoCalad o en @GolCaracol

 

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07

dic

2015

La “masacre de las bananeras” y el fútbol: una historia olvidada

En 1924, el mismo año en que El Tiempo decretó que el fútbol estaba destinado a “desaparecer de nuestra sociedad”[1], se disputaron en París los séptimos Juegos Olímpicos. Este evento, que en 1920 había pasado como mero dato por la prensa colombiana y en 1912 sólo fue registrado gráficamente por El Gráfico, resultó atractivo ese año para los colombianos porque por primera vez en la historia participaban dos delegaciones suramericanas: Argentina y Uruguay.

Esto era importante para Colombia porque la caída de Marco Fidel Suárez en 1921, que trató de poner a Colombia en la línea de intereses de EE.UU. dándole todas las concesiones a las compañías de ese país en materia de petróleos y banano, había significado el despertar de un sentimiento antinorteamericano que se alentaba con el pago de la indemnización que Washington le daba al gobierno de Pedro Nel Ospina por la pérdida de Panamá, y el país entraba en la era del discurso de unión e identidad latinoamericana promovido por las primeras reuniones panamericanas y suramericanas de cancilleres, jefes de Estado, estudiantes, abogados y médicos.

La de los 20 fue la década del panamericanismo como solución económica y política del continente a la división y crisis mundial que había generado la guerra. Por esto, cuando Uruguay ganó el oro olímpico en fútbol, quedando su selección campeona por encima de Francia, Inglaterra, Italia, España y demás participantes europeos, la prensa colombiana, y en general la suramericana, le dio primera página al titular “Uruguay campeón mundial de foot-ball”.

La victoria uruguaya en los Olímpicos de París hizo despertar un espíritu deportivo que fue ampliamente analizado por los medios, reflejando claramente un discurso nacional en el deporte: “Coincide este despertar con la celebración de las grandes Olimpiadas en que los pueblos de la mayor parte del mundo se disputan el trofeo del vigor y la destreza (…). Colombia no ha participado aún en el torneo universal; su bandera no ha flotado con las ondulaciones del triunfo en el palenque cosmopolita como lo hicieron los pabellones del Uruguay y la Argentina. Ello se debe a que nuestro país asimila de manera tardía los sistemas implantados en los Estados de alta civilización”[2].

El problema de ser moderno se volvía a poner en el terreno de los deportes y se asumía la existencia de una delegación deportiva como motivo de orgullo y patriotismo, ya que el hecho de que un país suramericano le hubiese ganado a los inventores del juego en su especialidad y en su tierra causó estupor en Europa y un orgullo inusitado en Suramérica. Este triunfo no sólo generó que el fútbol “renaciera” en el país, pues todos los clubes volvieron a la práctica y el deporte obrero creció, sino que hizo que en 1926 se organizaran y jugaran los I Juegos Olímpicos Colombianos entre todas las instituciones de instrucción profesional y de segunda enseñanza de Bogotá.

Si bien estos primeros Juegos Olímpicos no fueron colombianos sino bogotanos, pues fuera de las delegaciones  de la capital sólo participó una de Cali (precisamente en fútbol), este evento representó el primer gran evento de balompié en el país, ya que, aunque hubo competiciones en carreras, maratón, salto, tenis, golf y boxeo, el que se robó el show y los titulares de prensa fue el fútbol, cuyo primer campeón fue el Club Cid, en el que jugaban estudiantes de la Facultad de Medicina con Enio Viola, inmigrante italiano que había jugado en 1921 con Juventus de Turín, equipo profesional de ese país.

El renacer deportivo que vio Colombia con estos Juegos Olímpicos, antecedente inmediato de los actuales Juegos Nacionales, se unió al espíritu universitario y nacionalista y dio la oportunidad de renacer al fútbol de elite de los clubes, pero con una nueva condición: algunos buenos jugadores de origen humilde terminaron jugando en equipos de club simplemente por ser buenos y tener algún vínculo con un socio como ser empleados o ahijados: el fútbol empezaba a funcionar como nivelador social.

El que se establecieran unas competencias serias, promovidas por el gobierno con fondos del Ministerio de Instrucción Pública y en fechas específicas, era un primer paso para ser un “Estado de alta civilización”.

La ley 80 de 1925 dispuso que en cada departamento existiera una comisión de educación física y apareció la secretaría especializada en el tema en el Ministerio de Instrucción Pública. Pero el avance de ese nivel de “civilización” se empezó a dar en la práctica años después con el establecimiento de las federaciones deportivas departamentales por parte de los cientos de deportistas que buscaban competencia y entrenamiento, comenzando en ese mismo 1925 con la creación de la Federación de Fútbol de Antioquia y con el decreto presidencial de Pedro Nel Ospina que creaba los “I Juegos Nacionales de la República de Colombia”, los cuales debían disputarse en la ciudad de Cali en 1928.

Esta edición, que oficialmente fue la primera de los actuales Juegos Nacionales, tuvo como evento central el fútbol a pesar de que estuvieron en disputa medallas para ajedrez, atletismo, baloncesto y tenis, aparte de las exhibiciones de béisbol y gimnasia. El cubrimiento de los diarios de la época refleja esto, pues el espacio concedido a estas otras actividades fue mínimo en comparación con el que se le dio al evento de fútbol que definiría el “primera gran campeón” nacional.

Antioquia, Atlántico, Bolívar, Boyacá, Caldas, Cundinamarca, Huila, Magdalena, Norte de Santander, Santander, Tolima y Valle fueron los departamentos que participaron en estos Juegos, pero no todos enviaron equipo de fútbol. Sin embargo, en las justas de Cali estuvieron los mejores clubes de varias regiones del país o las selecciones de los mejores jugadores de esos clubes, como la de Cundinamarca conformada por integrantes de Técnico y Medicina de Bogotá, o la de Antioquia con la reunión del Independiente Medellín y el Universitario, o la de Magdalena con el Liceo Celedón, el Club Mamatoco y el Club Boyacá. También hubo selecciones de Buenaventura, Cali (dos), Ibagué, Neiva y Cúcuta. A estos equipos se sumaron clubes con gran tradición en sus respectivas ciudades como el Universitario de Manizales, Junior de Barranquilla y Santa Librada de Cali con lo que doce equipos empezaron la disputa del título el 20 de diciembre de 1928 en el recién inaugurado estadio Galilea, que con una capacidad para 8.000 espectadores fue el primer gran escenario del fútbol en el país[3].

La gran final de este primer campeonato nacional enfrentó a los favoritos: Bogotá, Junior, Magdalena y el llamado Cali A, y el gran campeón fue el equipo samario tras vencer al de Barranquilla por 2 a 0. “De inmediato el gobernador del Valle, Carlos Holguín Lloreda, los invitó [a los campeones] al Club Unión, en la Plaza Cayzedo (sic), para brindarles un agasajo que se extendió hasta la media noche. Al otro día, los jugadores fueron llevados a la Hacienda El Paraíso, escenario de la novela La María, de Jorge Isaacas, uno de los clásicos de la literatura de amor de la historia colombiana, en donde les fueron entregados los trofeos merecidos por su hazaña”[4]. Así era el fútbol en esa época.

"Regreso de la cacería": Abadía Méndez y el general Cortés Vargas comparan resultados de cacería, después de la masacre de las bananeras. Ricardo Rendón. Album Cromos, 1930.

Sin embargo, el fútbol también comenzaba a ser algo más que el entretenimiento de algunos y su valor simbólico se empezaba a hacer presente en las distintas ciudades. Tanto así que la selección de Magdalena se fue de Santa Marta rumbo a Cali pocos días después de la denominada ‘masacre de las bananeras’ -ocurrida el 6 de diciembre de 1928 en la vecina población de Ciénaga, cuando las Fuerzas Armadas presentes en la zona para impedir una huelga de los trabajadores de las bananeras abrieron fuego contra los manifestantes, causando un número aún indeterminado de muertes y dejando una mancha imborrable en la historia nacional. Era presidente Miguel Abadía Méndez-, y cuando regresó a la ciudad como primer campeón nacional y el equipo fue recibido con honores por las autoridades locales el 6 de febrero de 1929, “en presencia del general Carlos Cortes Vargas, jefe civil y militar, del capitán Luis F. Enciso y del alcalde de Ciénaga, mayor Aurelio Linero, los futbolistas samarios solicitaron como un homenaje a su brillante gesta de Cali que se concediera la libertad a un grupo de huelguistas que se encontraban detenidos en la cárcel de Ciénaga. En medio de la euforia y emoción, la petición fue atendida y así obtuvieron su libertad algunos miembros del sindicato de la Sociedad Unión”[5].

El fútbol, por pirmera vez en la historia del país, había cumplido una labor de peso político que se repetiría cada tanto, incluso con abusos descarados de los poderosos. No era 1930, no teníamos ni siquiera fútbol profesional o campeonato, y ya la pelota nos mostraba que todo lo podía…

Con ese tipo de hechos y gestas, con esas identificaciones que fue generando el fútbol en cada ciudad, el balompié se volvió la actividad física preponderante entre la afición colombiana y se convertiría en el rey de los deportes del país después de que en 1930 Uruguay y Argentina le pasaron por encima a los europeos de nuevo disputando la primera final de un Campeonato Mundial de Fútbol, justo tras haber ganado el oro y la plata olímpica, respectivamente, en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam en 1928. Uruguay, bicampeón olímpico, fue el primer campeón mundial mientras Argentina terminó segunda.

La prensa, que ya tenía secciones y publicaciones especializadas en deportes, abandonando estos definitivamente las páginas ‘sociales’, exigía la creación de la federación colombiana de fútbol y la afiliación a la FIFA para poder participar en el torneo suramericano de selecciones nacionales que desde 1916 se disputaba con el nombre de Copa América, e incluso jugar un Mundial contra los todopoderosos uruguayos y argentinos. Por supuesto, como ya sabemos, eso se demoró un poco…

Por: Alejandro Pino Calad / Twitter: @PinoCalad

Otras historias olvidadas de fútbol y política:

Cuando el Junior fue la Selección Colombia

Recuerdos de Nacional

La historia secreta de Di Stéfano en Colombia

Cuando nos pusieron fútbol para no ver arder el Palacio de Justicia

Santa Fe: el primer campeón

Fútbol, Nazis y Colombia


[1]    El Tiempo. Bogotá. Enero 1 de 1924. Pág. 17

[2]    El Gráfico No. 698. Bogotá. Agosto 2 de 1924

[3]    En el terreno en donde alguna vez estuvo el Estadio Galilea hoy se encuentra la Clínica de Occidente. Con la popularización del fútbol en los 30′s el escenario no dio abasto y el fútbol de Cali se trasladó al estadio Pascual Guerrero, mucho más grande y rentable para el espectáculo.

[4]    Galvis, Alberto. 100 años de fútbol en Colombia. Planeta. 2008. Pág. 27.

[5]    Zorro Celedón, Joaquín. El fútbol del Magdalena, momentos estelares. Barranquilla. Editorial Mejoras. 1987. Pág. 17.

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03

dic

2015

El lío de $23 mil millones de Dimayor con Claro y UNE por sus derechos de TV

El tribunal de arbitramento de la Cámara de Comercio de Bogotá acaba de ordenarle a la Dimayor pagarle cerca de $23.000 millones a Claro y UNE por haberle quitado los derechos de transmisión del campeonato colombiano que estas dos empresas de cable tuvieron hasta junio de 2012, lo que representa un golpe tremendo para las finanzas de la asociación de clubes del fútbol profesional colombiano y a la imagen de su hasta hace poco presidente Ramón Jesurún, hoy nuevo presidente de la Federación Colombiana de Fútbol gracias al “FIFAgate” que llevó a la renuncia de Luis Bedoya.

Hagamos memoria: antes de que existiera WIN, el famoso canal “que todos queremos” y que transmite cada jornada la totalidad de partidos de la Liga y al menos uno de la segunda división, el FPC era transmitido desde 2004 por dos cableoperadores, los dos más grandes del país en cuanto a número de suscriptores: Claro (entonces llamado Telmex) y UNE. El director general de estas transmisiones era Mauricio Correa, hoy cabeza de WIN, quien le llevó el negocio a DirecTV cambiando el modelo con el montaje de un canal exclusivo. La empresa de TV satelital anunció en junio del 2011 que desde el siguiente año transmitiría el fútbol profesional colombiano y que en su señal se podrían ver TODOS los partidos de la fecha, y a partir de ese momento comenzó una batalla llegal y un tire y afloje que tuvo hoy su final.

Eso de transmitir todos los partidos de cada fecha fue el argumento con el que la Dimayor decidió no renovar su contrato con Claro y UNE (a pesar de una cláusula de preferencia), pues el alegato de la dirigencia del fútbol, encabezada por Jesurún, era que no se estaban dando todos los partidos y que por tanto la oferta de DirecTV era mejor para los aficionados. Ahora bien, el tribunal de arbitramento de la Cámara de Comercio de Bogotá acaba de decidir que ese diferencial fue prefabricado por Dimayor, que en últimas es la que programaba partidos simultáneos para impedir que Claro y UNE pudieran dar todos los juegos de la fecha, con lo que el argumento para no renovar el contrato de los derechos de TV de Claro y UNE no es válido. Mejor dicho, en colombiano, que Dimayor debe responderle a Claro y UNE por casi $23.000 millones ya que los derechos de TV les fueron despojados irreglamentariamente.

Uno de los argumentos básicos de los abogados de Claro y UNE está en la presencia de Mauricio Correa como cabeza de las transmisiones del FPC con ellos y luego como cabeza de WIN, y tiene toda la lógica del mundo, es decir: ¿cómo es que un día administras  a un lado y al otro día administras en la competencia que te perjudicó? Pero bueno, no entremos en detalles… Lo irónico es que DirecTV montó junto a RCN el canal WIN Sports en 2012 y sólo hasta este año éste llegó a la parrilla de Claro y UNE en un negocio multimillonario del que, sin embargo, sólo el 23% le llega a los equipos de fútbol pues el resto se va en gastos operativos y de producción (es decir, en mantener el canal).

Lo que se viene es un nuevo pleito legal y más plata pues esta indemnización es sólo por una cláusula que se violó… qué lindo el chicharrón que le heredó Jesurún a su sucesor Perdomo. Eso es lo que yo llamo una “Dimayorada”

En Twitter: @pinocalad

 

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19

oct

2015

El Método Cadena: breve guía para sacar mucho dinero de una desgracia deportiva

1. La compra: Llegue con chequera fuerte a un equipo sumido en una gran crisis económica y hable pomposamente de objetivos y gloria. Es lo que los hinchas y periodistas quieren escuchar.

2. Venda drama: Invierta poco pero hágale sentir a la hinchada que el club la necesita, que está en la pelea por ellos y que todo es un sacrificio enorme. A mayor drama, más se demorará la prensa y la hinchada en reaccionar.

3. Divide y vencerás: Asegúrese de que los integrantes del equipo no piensen en ganar; dilate pagos, tenga informantes en el camerino que generen división, excluya a los jugadores que reclamen sus derechos, mantenga en constante zozobra al técnico y asegúrese de que nada de esto sea público con amenazas de vetos tanto a los futbolistas como a los entrenadores. El primer objetivo es descender rápido.

4. No aceptar patrocinios: Una buena forma de asegurar este primer objetivo es evitar tener patrocinio económico externo. Ojo, el respaldo del gobierno local es clave y es importante tener buenos tratos con gobernador y alcalde en un comienzo, pero es fundamental rechazar inicialmente el apoyo de la empresa privada. Que parezca que al equipo lo han dejado a su suerte para aumentar el drama, lo que vinculará aún más a la hinchada y tendrá excelentes resultados económicos a mediano plazo.

5. Apelar al orgullo regional. Consumado el descenso es hora de mostrar la carta económica: si el amado equipo de la ciudad quiere regresar a la A, necesita patrocinio y qué mejor respaldo que el de la empresa privada local. Presione mediáticamente (si es necesario tenga periodistas en nómina- nota: hoy las redes son importantes, tener tuiteros influyentes en nómina también es valioso) y deje claro que se llevará al equipo de la ciudad si no encuentra el respaldo económico necesario. Que la permanencia del equipo en la ciudad se convierta en un motivo de orgullo regional.

6. Paciencia. Mantenga en la B al equipo por el tiempo que sea necesario. Su equipo, a pesar de estar en segunda, para la Dimayor es de primera y recibe la misma plata por derechos de TV que Nacional, Junior, Millonarios, Cali y compañía, y con eso y los eventuales respaldos locales es más que suficiente para pagar una nómina barata en la que de vez en cuando es importante contratar a algún jugador de prestigio. No malgaste. Es fundamental tener paciencia. Aplique el punto 7.

7. Adaptación del punto 3: Asegúrese de que los integrantes del equipo no piensen en ganar: dilate pagos, tenga informantes en el camerino que generen división, excluya a los jugadores que reclamen sus derechos, mantenga en constante zozobra al técnico y asegúrese de que nada de esto sea público con amenazas de vetos tanto a los futbolistas como a los entrenadores. El primer objetivo no es ascender. El objetivo es vender.

8. A cobrar: una vez se sumen frustraciones y comience una campaña en su contra para que venda el equipo, deje claras sus exigencias económicas. El objetivo principal es multiplicar su inversión inicial. Recuerde su lema: “¡El fútbol es y debe ser un negocio!”, y en los negocios no hay sentimientos, así que no le deben afectar los insultos en su contra ni las lágrimas de los que visten los colores de su equipo. Si siguió al pie de la letra el ‘Método’ obtendrá ingresos multimillonarios de parte de inversionistas privados que buscarán figuración política local o seguir sus pasos comprando su porcentaje del club.

9. Tras un tiempo de disfrutar de las ganancias de esa venta, busque un equipo de primera división en crisis económica y reinicie el ‘Método’ desde el punto 1.

———–

Epílogo: el éxito del Método Cadena está más que garantizado. Siguiendo estos pasos José Augusto Cadena recibió cerca de $11.000 millones en 2012 por el Atlético Bucaramanga, equipo al que había llegado en 2006 por una inversión casi siete veces menor. Con esta cantidad el ejemplar empresario adquirió la mayoría accionaria de Patriotas ese mismo año por sólo $1.700 millones; sin embargo, en el punto 4 las cosas se complicaron pues se iniciaron investigaciones a la compra de sus acciones toda vez que el principal accionista del equipo era la Gobernación de Boyacá, por lo que debió salir de Tunja, eso sí, sin haber perdido un solo céntimo. A pesar de esto, los nobles objetivos de enriquecerse con el negocio del fútbol encontraron una nueva ciudad para desarrollar el ‘Método Cadena’ y en este momento el mismo va por el punto 5 con excelentes resultados: Cúcuta ya está en la B y los empresarios locales ya están preguntando cuánto hay que pagar para comprar las acciones del visionario.

¿Qué espera para comprar su equipo y mandarlo a la B? Ese es el negocio, socio…

 

En Twitter: @PinoCalad

#FueraCadena No más mercenarios, ¡dejen de jugar con nuestra pasión!

———–

Acá podemos ver al autor del ‘Método Cadena’ disfrutando de los beneficios de ser dirigente de Dimayor en la tribuna del Centenario de Montevideo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Acá podemos ver a Gustavo Bolívar, sonriendo al fotógrafo del diario El Tiempo tras concretarse el descenso del Cúcuta Deportivo en Manizales.

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20

ago

2015

Así son las cuentas de los derechos de TV en el fútbol colombiano

Money, it’s a gas. 
grab that cash with both hands and make a stash. 
New car, caviar, four star daydream, 
think i’ll buy me a football team. 

(Money, single del álbum The dark side of the moon de Pink Floyd, 1973)

(Suena la caja registradora)

Un billón de pesos. La cifra quiere decir un millón de millones de pesos; como mil Balotos a la vez, más o menos 330 millones de dólares gracias a la devaluación actual. Eso le van a dejar al fútbol colombiano los derechos de televisión hasta el final del contrato actual en 2021. La cifra parece una chichipatada si se compara con los 7.000 millones de euros que acaba de recibir la Premier por los derechos de TV hasta 2019 (no seamos crueles y hagamos la conversión: no me caben los ceros… y sólo en tres años), pero para nuestro medio es un dineral impresionante… e impresionantemente mal repartido.

No hablemos sólo de que la cantidad de dinero que debería entrarle a los equipos tiene que ser mucho más alta (en total, del negocio sólo el 23% (ese billón de pesos) va para el fútbol y el resto se queda en producción y comisiones… sí, lindos apartamentos en Miami señor Correa), hablemos de la democracia del fútbol colombiano que hace que los equipos que prenden televisores reciban lo mismo que los equipos que no ve nadie.

Por estatutos de Dimayor, los clubes históricos del país y los que asciendan y se mantengan tres años consecutivos en primera división son considerados de “Categoría A” y entre ellos se reparte el 90% de ese billón de pesos. En total son 23 (Nacional, Junior, Medellín, Santa Fe, Millos, Cali, Bucaramanga, Pereira, América, Equidad, Unión Magdalena, Envigado, Aguilas Doradas, Quindío, Real Cartagena, Once Caldas, Pasto, Tuluá, Cúcuta, Chicó, Tolima, Huila y Patriotas), y desde 2016 se sumará Alianza Petrolera que completará tres temporadas en la A. Los demás son “Categoría B” y entre ellos se reparte el 10% restante.

Eso, por más que digan que no, que es mentira, que soy un embustero y blablablá, explica lo buen negocio que es estar en la B para muchos equipos que siguen recibiendo la misma plata que Nacional, Millonarios o Junior, pero pagando nóminas de segunda categoría como América o Unión.

(Suena la impresión de la factura)

Hagamos las cuentas. El 90% de un billón de pesos es $900.000 millones. Ahora dividamos la cifra entre 24 (aunque claro, pueden ser más de acá al 2021 y antes de Patriotas y Alianza eran 22, pero es para que nos hagamos una idea) y vamos a tener que cada equipo de “Categoría A” (aunque esté en la B) habrá recibido en 2021 más o menos $37.500 millones, si hacemos un promedio rebajando lo recibido hasta antes de que el FPC llegara a Claro, UNE, Movistar y ETB, podríamos hablar de $3.000 millones de pesos al año desde que se firmó el contrato.

La cifra es enorme, maravillosa, maná caído del cielo para equipos chicos como Chicó, cuya nómina al año no debe superar los mil quinientos millones de pesos, pero es insuficiente para clubes grandes como Millonarios, Nacional, Junior y Cali, que fueron precisamente los cuatro que exigieron más plata vía televisión en la Asamblea Extraordinaria de la Dimayor en la que se les informó la llegada de WIN, el canal que transmite el FPC, a los tres operadores de cable más grandes del país.

Es decir, para hacerme entender, Millonarios y Nacional, los dos equipos que más televisores prenden en Colombia según las cifras de rating de Ibope, reciben la misma plata que Envigado y Patriotas, lo que convierte al fútbol colombiano en una curiosa democracia en el mundo del fútbol. En ninguna liga seria los derechos de televisión se reparten democráticamente. No voy a hablar de España (en donde Barcelona y Real Madrid son los dueños de la gran tajada) o de la Premier (en donde se reparte según el rating y la posición en la tabla), ni siquiera de Francia (en donde hay una base para todos y luego cada equipo recibe según su figuración y rating), hablemos de Argentina.

En la renegociación del fútbol argentino con el gobierno que permitió que los partidos sean transmitidos por TV abierta, quedó estipulado que Boca y River reciben 6.7 millones de dólares al año ($20.100 millones), mientras que Racing, San Lorenzo, Independiente y Vélez reciben 5 millones de dólares ($15 mil millones), los otros 14 equipos que estaban en la A antes del invento de la liga de 30 se llevan 3.8 millones de dólares y los diez recién ascendidos 1.3 millones de dólares (3.900 millones de nuestros devaluados pesos).

Para que quede claro, el flamante campeón del fútbol colombiano, Deportivo Cali, recibe este año menos plata por derechos de televisión que el modesto Aldosivi de Mar del Plata.

Esto, por supuesto, tiene una explicación llamada rating. Según datos de señal abierta en Argentina, Boca tiene un promedio de rating de 15.8 puntos por partido, River tiene 12.8 e incluso un partido entre dos equipos chicos como Lanús y Rafaela marcó 8.1.  El contraste con Colombia ratifica nuestra falta de cultura futbolística: según datos de Ibope del domingo pasado, el Cali vs. Aguilas tuvo un rating de 1.9 y, si revisamos el histórico del 2015, la final del primer semestre entre Medellín y Cali marcó 10.6 en la ida y 10.8 en la vuelta, una cifra demencial para el promedio de rating del fútbol en televisión abierta, que no suele superar los 3 puntos y que, como ya lo mencioné, suele tener a Millonarios y Nacional rompiendo esa media. De ahí que sean los dos equipos a los que más se les transmiten partidos por TV abierta en Colombia… y que aún así reciben la misma plata de esos equipos a los que sólo les transmiten cuando juegan con ellos.

Ahora metamos el elemento llamado WIN.

(Suena una voz femenina algo mecánica que dice: “Usted tiene una tarjeta con chip…”)

La llegada de WIN a Claro, UNE, Movistar y ETB es lo mejor que le puede pasar al negocio del FPC, que estaba restringido a la señal de Directv y de otros operadores de cable y satélite menores, que no sumaban un millón de suscriptores en todo el país. Eso explica por qué, por ejemplo, WIN casi ni aparecía en las mediciones de televisión por cable o satelital desde su aparición, lo que hacía al fútbol colombiano algo lejano para la teleaudiencia. Ahora su marco de público crece a casi 6 millones de suscriptores, con lo que el FPC se verá más, facturará más y venderá más.

Porque de eso se trata el negocio: a más pantalla más clientes posibles, no sólo de hinchas que acompañarán desde sus hogares a su equipo y que por tanto pueden potenciar las compras de productos del club, sino de anunciantes que saben que entre más hinchas vean un partido de fútbol más penetración de su marca presente en vallas, comerciales o camisetas.

El fútbol es el negocio perfecto: sus clientes (los hinchas) se creen dueños de él, lo sostienen con su capital en boletas, camisetas, TV, etc., y son los únicos que no facturan. Como ya lo dije una vez, esquizofrenia pura. Tanta, que incluso un dirigente de club grande, que por rating debería estar reclamando mejores ingresos para su equipo que hace parte de los que de verdad hacen que se vendan los derechos de televisión, defendió la repartición equitativa de las ganancias por TV.

Pero claro, eso es política y sueños de ser el nuevo mandamás de la Dimayor y, por tanto, el más poderoso entre los verdaderos dueños de ese fútbol que muchos aún creen suyo. Mejor hablemos de eso otro día…

En Twitter: @PinoCalad

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21

ene

2015

Lazaga, nuevo protagonista de Sobre héroes y ‘tumbis’

Marco Lazaga mide 1.80, estatura insuficiente para ser un voleibolista profesional, pero su manotazo frente a la red del Quindío, que definió el ascenso del Cúcuta al convertirse en gol sin que el flojísimo árbitro Ulises Arrieta dijera nada, mostró que tiene toda la vocación para ser también delantero de un equipo de voleibol. Eso y que es un tramposo más en un deporte de tramposos. Porque duele aceptarlo, pero si hay algo que le falta al fútbol es lo que románticamente llamamos “espíritu deportivo”.

En tenis ves que el jugador que le tira la pelota al cuerpo a su rival e inmediatamente ofrece disculpas y es censurado por todos, en rugby te puedes romper la crisma pero tras el partido los equipos se hacen pasillo y luego comparten un tercer tiempo para afianzar la camaradería, el escándalo del doping en el ciclismo dejó claro que ganar a cualquier precio no puede ser… pero en fútbol la trampa es el día a día.

No se trata sólo de Lazaga, Diego Armando Maradona hizo la mano más famosa de todos los tiempos para anotarle a Inglaterra en México 86, Thierry Henry manoteó el balón que terminó en el gol que dejó a Irlanda sin Mundial, Torsten Frings impidió con su extremidad superior izquierda el gol de EEUU que a lo mejor habría eliminado a Alemania en Japón/Corea 2002, Schnellinger hizo lo mismo en un robo descarado de Alemania a Uruguay en Inglaterra 66… y no pasó nada, así como nada va a pasar con Lazaga, el Cúcuta y el Quindío. Porque eso es el fútbol: el deporte de los vivos que viven de los bobos (rivales, árbitros, aficionados, periodistas).

Lo vemos seguido: cuando los futbolistas celebran goles que no son, cuando los delanteros hacen la ‘gran Piojo Acuña’ (léase: tirarse en plancha como si le hubiesen pegado un tiro en el área para que el árbitro pite penal), cuando al mejor jugador de un equipo sus rivales lo van moliendo a patadas sistemáticamente para ‘neutralizarlo’…

Lo más triste es que los hinchas lo permitimos. Bajo el lema de la ‘malicia indígena’ (¡qué imagen terrible la que tenemos de nuestros indígenas!) muchos aplauden a los piscineros, celebran a los matones que van directo a la rodilla del crack del rival, cantan los goles que no cruzaron totalmente la línea, gozan con las rojas injustas y las amarillas y penales inventados… En fin, el fútbol está justificando una forma de ver la vida en la que importa simplemente ganar, sin importar los medios y sin importar si se logra haciendo bien las cosas.

Claro, hay excepciones. Miroslav Klose, por ejemplo, desperdició adrede un penal inexistente que sancionaron a favor del Werder Bremen y en el 2012 hizo un gol con la mano para Lazio, pero luego le dijo al árbitro que lo anulara. Era el 0-1 y Napoli terminó ganando 3-0.

Pero de Lazaga a Klose hay mucho, y no sólo porque el alemán sea el máximo goleador en la historia de los Mundiales. Porque no sólo se trata del paraguayo, se trata básicamente del entorno. Si el delantero del Cúcuta hubiese hecho lo del atacante de Lazio, seguramente sus compañeros lo habrían recriminado, la hinchada lo habría puteado y más de un periodista lo habría tratado de pendejo porque así somos en Colombia: en la mayor herencia cultural del narcotráfico y el éxito fácil, el fin justifica los medios, no importa si por delante nos llevamos lo que sea. No importa si con una mano ganamos un partido.

No ve que el vivo vive del bobo…

En Twitter: @PinoCalad

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10

nov

2014

Recordando a Manuel Galarcio, o cuando el fútbol te da pena

Diego Latorre,  delanterazo del Boca Juniors de comienzos de los 90 y hoy uno de los buenos comentaristas del fútbol argentino, fue el protagonista de una entretenida entrevista de Emilse Pizarro en la revista del diario La Nación de Buenos Aires de la que quiero rescatar esta pregunta y su respuesta:

“Hace más de treinta años que estás en el mundo del fútbol, ¿cómo mantenés el gusto por el juego en sí mismo con tantas cosas turbias alrededor?

Me dejo sorprender por los jugadores, por los partidos. Vuelvo a ese estado primitivo en el que todo me causaba ilusión, porque si no, no puedo. Esta industria está tan alejada de lo que nosotros hemos vivido, de lo que piensa y siente un pibe cuando toca una pelota. Yo lo veo en mi hijo, está fresco. Si te ponés a analizar, más allá de que hay un camino, que es el de la profesionalización inevitable, el fútbol en sí sigue siendo el mismo. Lo que pasa es que uno ya no se maravilla porque sospecha de todo; la gente sospecha de los árbitros, de sus propios jugadores que quieren ir para atrás contra su técnico. Sospecha que son pechos fríos. A mí cuando un jugador controla la pelota y hace algo lleno de talento, imaginación, todavía me pasa que me gustaría hacerlo a mí. Creo que soy yo el que lo está haciendo. Vivo cuando yo hacía esas cosas. Un sombrero, una jugada, un gol… Esas cosas te quedan. Esa pasión no la voy a perder nunca”.

La verdad, hoy me gustaría tener ese entusiasmo de Latorre, hoy quisiera hablar del talento de Yimmi Chará, del gran momento de Daniel Bocanegra, de “lo bonito del fútbol”, pero es que tantas cosas turbias alrededor me hacen decir simplemente que no puedo. Hoy, en vez de pensar en la emotividad de nuestro fútbol, me acordé de Manuel Galarcio.

Tal vez usted no recuerde al recio defensa central que pasó por el Bucaramanga con su particular peinado y sus rústicas maneras, pero el tipo se hizo un nombre en las canchas por duro y fuera de ellas por su expediente judicial, que incluye porte ilegal de armas y el homicidio culposo de dos ciclistas a los que atropelló. Sin embargo, hay un capítulo oscuro y nunca explicado con el nombre de Galarcio que bien vale evocar.

En el 2004 se jugaba la última fecha de los cuadrangulares de la Primera B y Valledupar, el equipo en el que Galarcio era titular, líder y uno de los capitanes, recibía a Real Cartagena. Cúcuta necesitaba una victoria sobre Alianza Petrolera para ser finalista y los cartageneros urgían de una goleada en tierras vallenatas para ir derecho a la final. Al minuto 85 el motilón estaba clasificando gracias a un 3-1 a sus vecinos de Barranca y al 0-0 en cancha valduparense, pero de pronto todo cambió y en menos de seis minutos la defensa que comandaba Galarcio recibió cinco anotaciones y el Real pasó a la final con un histórico e inexplicable 0-5.

Por supuesto, no se puede probar que se arreglara el partido, es imposible para mi señalar que Galarcio y el Valledupar se “vendieran”, pero lo cierto es que Real Cartagena pasó a la final, ascendió, y su primer refuerzo para el 2005 fue el defensa central Manuel Galarcio. Como dice el viejo y conocido refrán, “la mujer del César no sólo debe ser casta sino parecerlo”, y nada de lo que pasó ahí se vio como casto.

Con el tiempo se descubriría que Valledupar estaba bajo la influencia del paramilitar Jorge 40, que en unas grabaciones publicadas por la Revista Semana en 2007 dijo sin pudor que “ellos (los del Real Cartagena) conmigo tienen cierta gratitud”, y señaló que iban a llegar refuerzos provenientes del América (club en el que luego jugaría Galarcío, vea usted), pero bueno, no vamos a entrar en esos detalles…

Lo más complicado de ser periodista es saber digerir la sobrecarga de información que recibes. La gente cree que porque uno trabaja en deportes se la pasa todo el día viendo fútbol y sí, es cierto, pero el fútbol no es sólo un programa de TV, es un negocio que en Colombia, y en muchos otros lugares, tiene oscuros y truculentos intereses detrás. Y eso, como dice Latorre, “está tan alejado de lo que nosotros hemos vivido, de lo que piensa y siente un pibe cuando toca una pelota”, que a veces te abruma, te golpea en donde más duele: en la dignidad.

Por eso te vuelves malpensado. Muy malpensado. En 2005, por ejemplo, me tuvieron que esconder en el baño del Diario Deportivo porque los “primos” de Aldo Leao Ramírez fueron hasta la oficina a sacarme una rectificación a las buenas o a las malas, y mientras mi entonces jefe Germán Blanco los calmaba, yo gritaba que me dejaran hablar con ellos (era joven, pendejo y alzado… salvo lo primero, sigo igual). ¿Qué había escrito yo? Una fuerte crítica al papel del entonces volante de Santa Fe en la final frente a Nacional, pues me había enterado de su preacuerdo con el club verdolaga y justo, casualmente, había bajado su nivel en el partido por el título frente a su futuro equipo.

¿Se vendió Aldo en esa final? No, no puedo demostrarlo, pero no se vio bien, como no se vio bien lo de Galarcio, o como no se vio bien lo de Germán Centurión, un desastre para el Pasto en el partido de vuelta de la final de Copa Colombia frente a Santa Fe en 2009, y en 2010 flamante refuerzo cardenal.

Por eso tengo que decirlo de frente: no se vio bien lo que pasó el domingo en Barranquilla. Recapitulemos: se juega el descenso y por el juego limpio hay simultaneidad en los partidos de Uniautónoma y Fortaleza, lo que no deja de ser irónico pues en la fecha anterior también había drama, pero Fortaleza jugó el sábado por la noche y Uniautónoma el domingo por la tarde. Claro, ahí la seguridad de Bogotá pesó más que el juego limpio pues era peligroso tener a las barras de Nacional y Millonarios a la misma hora, pero tal vez si se hubiese optado por hacer partidos diurnos y no apostarle al rating del juego nocturno la cosa habría sido mejor. En fin…

El caso es que se juega el descenso y en el segundo tiempo, cuando el empate en Barranquilla está mandando a Uniautónoma a la B, hay un apagón en las luces de oriental del estadio Metropolitano… No puedo afirmar que alguien recurrió al viejo truco de apagar el interruptor, maña que llegó a nuestro país junto a muchísimas otras desde Estudiantes de La Plata con Zubeldía en Nacional y Bilardo en el Cali; es más, bien vale la pena recordar que no es el primer apagón en el Metropolitano producto de la lluvia (el monumental aguacero de 2013 que hizo que el Colombia vs. Ecuador se suspendiera por hora y media tuvo aún más drama cuando antes de empezar el segundo tiempo las luces sufrieron un bajón). Es decir, es normal, pasa, pero no se ve bien que pase justo cuando el dueño de casa se está jugando el descenso.

Tampoco se ve bien que el gol de Uniautónoma llegue cuando el partido de Fortaleza justo termina, y queda la suspicacia de Ricardo ‘Gato’ Pérez, presidente de los descendidos, quien dejó en el ambiente un mal sabor al recordar que el arquero del Huila, (Ernesto Hernández, un gran arquero, por cierto, al que poco esfuerzo se le vio en el gol de Michael Barrios), llegó a Neiva desde Uniautónoma.

Pero ahí debo decir también que no se ve nada bien la falta de entrega y hambre de Fortaleza en sus recientes partidos. Es decir, ¿tiene en sus manos el salvarse del descenso y juega a no perder frente a Chicó y Pasto? No, no se ve bien. Menos cuando hace dos semanas te enteras de que el equipo está en venta, de que tuvo la posibilidad de irse a Itagüí (ya no va a pasar: el dueño de Águilas Doradas no da el aval para que jueguen en “su” plaza) y de que el nuevo comprador está más interesado en comprar al equipo en la B pues le sale más barato y más rentable.

Es lo jarto de esto, a veces el fútbol te da pena por todo lo que está detrás de él. Por eso es buena la sentencia de Latorre. Porque es preferible pensar en el enorme talento de Aldo y en todo el fútbol que ha dejado en Santa Fe, Nacional, Morelia, Atlas y la Selección, que malpensar en su paso del rojo al verde. Porque a veces necesitas sólo pensar en el juego para volver a enamorarte de él y dejar atrás las sombras que lo amargan.

En esas ando…

Twitter: @PinoCalad

PD. Celebro la sanción a Wilson Lamouroux, inexplicablemente árbitro FIFA, a quien decidieron suspender tras no sancionar un penal clarísimo a favor de Uniautónoma en su partido frente a Millonarios. Si el descendido hubiese sido el equipo barranquillero, el nombre del juez llanero hoy estaría en boca de todos por su pésimo comportamiento en un partido definitivo, pero no dejemos pasar la oportunidad para recordar qué mal juez es.

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General, Gol Caracol

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30

oct

2014

Fútbol, nazis y Colombia: una historia olvidada

Simon Kuper, el mismo de esa maravillosa biblia de fútbol y antropología económica llamada Soccernomics, tiene un libro delicioso del 2003 llamado Ajax, The Dutch, the War: Football in Europe during the Second World War, en el que le recuerda a los ingleses en particular y a los europeos en general ese momento de la historia en el que todos parecían amar el Nazismo, y pone como ejemplo el fútbol de la época.

Claro, hoy Hitler es sinónimo del mal con bigotes y es fácil hablar del estereotipo del alemán racista y amante de las ideas totalitarias que nos caricaturiza cada película de Hollywood sobre la II Guerra Mundial, pero lo cierto es que en los años 30 el mundo veía a Alemania como un modelo a seguir y a Hitler como el deber ser del un líder. Suena absurdo, pero es que la historia es absurda.

Hasta los grandes enemigos de la Alemania Nazi en la guerra eran admiradores de ella antes de 1939, no nos olvidemos a Hitler como hombre del año en la revista Time de Estados Unidos en 1938 (foto); o de Eduardo VIII, cabeza del Imperio Británico, señalado como proNazi y que tuvo que abdicar en diciembre de 1936, diez meses después de subir al poder, para casarse con la divorciada Wallis Simpson, señalada por múltiples biógrafos como simpatizante de Hitler.

Entender los momentos históricos en su contexto es complejo pues nuestros ojos miran con el filtro de los los prejuicios actuales, pero lo cierto es que en la década del 30 el mundo era Nazi: Alemania había pasado de ser la gran perdedora de la I Guerra Mundial a una potencia industrial y militar en muy poco tiempo y, como suele pasar, el desarrollo económico llevaba a que muchos ignoraran las atrocidades contra las minorías (judíos, polacos, gitanos, homosexuales) y los atropellos contra todo aquel que tuviese una voz que le llevara la contraria al régimen. El discurso de orden, progreso y seguridad triunfaba pisando vidas que poco les importaban a los beneficiados (si les suena actual y cercano, no es mi culpa).

Ahí es donde Kuper recuerda cómo la selección de Inglaterra en 1938 visitó a Alemania en el Estadio Olímpico de Berlín y saludó al führer con el brazo derecho extendido, saludo imperial tomado por los Nazis del fascismo italiano de Mussolini, quien con él por esos mismos años había convencido a sus compatriotas de que el gran imperio romano, en donde así se saludaba al César, nunca había muerto.

Los amigos de la maravillosa Revista Un Caño de Argentina recuerdan la historia en este buen artículo de Pablo Cheb, y destacan que en medio de las tensiones políticas de ese 1938, cuando Alemania ya se había anexado Austria en busca de las “fronteras naturales del Tercer Imperio” y afilaba sus garras para comerse a Polonia, los jugadores fueron obligados a realizar el “heil Hitler” por la FA, pues así era la cosa: Alemania era el deber ser y era una descortesía romper los protocolos de homenaje al líder mundial.

Lo lindo es que Un Caño también nos recuerda que los seleccionados ingleses también saludaron  así a Mussolini en 1939, justo antes de la Guerra, pero claro, para nuestra mirada actual los malos eran los alemanes, no los italianos… en fin.

La pregunta es: ¿Colombia también fue Nazi? Más allá de la idiotez salida de contexto, anacrónica y sin sentido de los neonazis colombianos de hoy en día que apoyan al procurador Ordóñez y hablan de “raza superior” en una nación pluriétnica y multicultural, en los 30 las ideas del nacionalsocialismo calaron profundamente en nuestra sociedad.

No se trató solamente de migración alemana entre guerras, como relatan las novelas El jardín de las Weismann de Jorge Eliécer Pardo y Los Informantes de Juan Gabriel Vásquez, se trató de una relación política tan cercana, que incluso Colombia entró en la mirilla de la sospecha de Estados Unidos al comenzar en 1939 la II Guerra Mundial, como bien lo retrata esa tremenda investigación de Silvia Galvis y Alberto Donadio llamada Colombia Nazi.

Teníamos juventudes con camisas pardas, lineamientos políticos de clara tendencia Nazi (encabezados por Laureano Gómez), reuniones del partido llenas de esvásticas y banderas alusivas al nacionalsocialismo alemán (ver foto al lado de una reunión en Barranquilla, tomada de Colombia Nazi), pero sobre todo teníamos una idea fundamental del fascismo que se basaba en buscar la superioridad de la raza.

Insisto, hoy parece un mal chiste, pero incluso el primero Ministro de Educación (1934) y luego Canciller de la República (1938) Luis López de Mesa era un defensor de una política de mejoramiento de la raza en la que se prohibiera el mestizaje con indígenas y negros, y se estimulara la llegada de alemanes. Fue él quien cerró las fronteras del país a los judíos que huían de Alemania.

Pero la superioridad racial  era un tema vital para las diferentes naciones del mundo de los 30, no sólo para Colombia: la raza italiana tenía que demostrar que era superior y por eso no quiso disputar el Mundial del 30 en Uruguay, no fuera que ese equipo con negros los humillara como había pasado con las otras naciones europeas en los Olímpicos del 24 y el 28, y precisamente por eso se convirtió en cuestión de estado ganar los Mundiales de del 34 y 38, con amenazas a técnico y jugadores a bordo en el ya mítico “vencer o morir” de Mussolini.

Hitler siguió el ejemplo y organizó los Olímpicos de Berlín en 1936 para demostrar la superioridad de la raza alemana, hecho que quedaría para la historia en Olympia, un documental en dos partes de Leni Riefenstahl, la genio cinematográfica de la propaganda Nazi, en las que se muestra la belleza, el poder físico, el sacrificio y el heroísmo de la considerada “raza superior” por ellos, López de Mesa y Laureano.

Por supuesto, el deporte era la clave para tener una “raza superior” y Colombia lo entendió pronto. En 1928 se realizaron los primeros Juegos Deportivos Nacionales para reunir a lo más granado de la juventud y tratar de seguir el ejemplo de Uruguay, primer país sudamericano en lograr medallas de oro en los Olímpicos, codeándose así con las potencias mundiales. Bien lo escribió la entonces popular revista bogotana El Gráfico ese año, tras el bicampeonato olímpico de los uruguayos: “Colombia no ha participado aún en el torneo universal; su bandera no ha flotado con las ondulaciones del triunfo en el palenque cosmopolita como lo hicieron los pabellones del Uruguay y la Argentina. Ello se debe a que nuestro país asimila de manera tardía los sistemas implantados en los Estados de alta civilización”[1]

El tema era ese: ser “civilizados”, ser” europeos”, ser más blancos, y la clave era el deporte, como bien lo registró la ya desaparecida revista Deportivas en su primer número en 1931: “Es que el deporte está absorbiendo la gloria que correspondió exclusivamente a los ejércitos. Es una ventaja de la civilización. El deportista es en su verdadero concepto un arquetipo físico y moral de la raza”[1].

Por eso, para mejorar la raza, el presidente de la República entre 1930 y 1934, Enrique Olaya Herrera, tomó medidas como respaldar los Juegos Deportivos Nacionales de Medellín en 1932 y, sobre todo, firmar el decreto 1734 de 1933 para que se creara la Comisión Nacional de Educación Física con el fin de construir un estadio nacional en Bogotá, lograr que Colombia participara en el Mundial de fútbol de 1934 y desarrollar y divulgar los deportes en la clase obrera. Lo primero se cumplió en 1938 con la inauguración del ‘Nemesio Camacho’ El Campín, lo segundo se quedó en veremos (la primera Selección Colombia fue de 1935) y lo tercero condujo a la aparición de clubes de obreros en diferentes fábricas del país como Indulana o Unión en Medellín, que se fundirían en el Atlético Municipal, al que hoy conocemos como Atlético Nacional.

Pero la medida que nos metió de lleno en la idea de deporte como mejoramiento de la raza y refuerzo de la identidad nacional fue la creación de los Juegos Bolivarianos de 1938. Alberto Nariño Cheyne llevó a Berlín 36 la idea de unas justas regionales en Sudamérica que sirvieran para ampliar el calendario olímpico y promovieran la idea de panamericanismo que imperaba en la región tras la guerra entre Colombia y Perú de 1932 (en la que, por cierto, fue fundamental el apoyo de los inmigrantes alemanes), y entre vítores y banderas con esvásticas se anunció la primera edición de los Juegos entre las naciones bolivarianas que se disputarían en Bogotá, que ya tenía el plan del estadio El Campín y contaba con las canchas y campos de la Universidad Nacional.

Estos quedaron para la historia por el triunfo general de Perú (para malestar nacional pues las heridas de la guerra aún estaban abiertas), por la polémica que generó la conformación de la Selección Colombia de fútbol a cargo del argentino Fernando Paternoster (subcampeón mundial del 30), ya que cada región exigía a sus jugadores y al final nadie quedó contento, especialmente porque los de la franja roja nos golearon 4-2 (vale la pena recordar, ese equipo de Perú había sido cuartofinalista de Berlín 36, eliminado en una polémica histórica marcada por el racismo); por el oro colombiano en baloncesto (en la que además fue la primera transmisión radial del que luego sería el legendario Carlos Arturo Rueda), por la inauguración del estadio El Campín y, sí, por la demostración proNazi de nuestras juventudes bolivarianas.

Repito, hoy es fácil criticar, pero recordemos cómo las delegaciones de los cinco países saludaron en la inauguración el palco del presidente Alfonso López y en la clausura en de Eduardo Santos (justo coincidió el cambio de administración) con la mano derecha en alto al mejor estilo Nazi como se ve en estas fotos:

La publicidad del evento también fue una deliciosa muestra de cómo nos había influenciado la Alemania Nazi; repasemos:

Sí, Colombia también fue proNazi y se vio simbólicamente en esos Juegos Bolivarianos del 38, pero sobre todo en nuestra forma de asumir el deporte como una cuestión de mejoramiento de la raza. Parafraseando a Borges, el nazismo fue popular -muy, muy, muy popular- porque la estupidez es popular. Lo irónico es que aún pasa…

En Twitter: @PinoCalad

 


[1] El Gráfico No. 698. Bogotá. Agosto 2 de 1924

 

[1] Deportivas. No. 1 Medellín Junio 20 de 1931. Pág. 1

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