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17

mar

2016

Mi abuela, la señora que vio al ‘Chonto’ y a Pedernera

“Uno se sentaba ahí, con piquete, con los hinchas de los dos equipos compartiendo silla, todos picando fritanga o gallina. A veces alguien llevaba una botella de esas grandes de cerveza y uno compartía viendo el partido, con los narradores de radio ahí al lado, al frente de uno, y se alcanzaba a escuchar el grito de ellos: “Vuela el ‘Chontooooo’…”.

Por supuesto, mi abuela no se acordaba de haber visto a Julio ‘Chonto’ Gaviria en acción con Santa Fe en El Campín, ni tenía idea de que ese equipo fue el primer campeón, ni mucho menos sabía que ‘El Chonto’ fue el primer negro colombiano en ser portada de una revista nacional (en 1948 su rostro apareció en la carátula de  la Revista Semana), ella sólo quería marcar distancia y contarme cómo habían sido mejores esos tiempos de finales de los 40 y comienzos de los 50, cuando en sus visitas a Bogotá desde Barranca, en plena era de “El Dorado”, algún primo la llevaba a fútbol como el mejor plan que se podía hacer en la capital.

“El fútbol de hoy es miedoso”. Mi abuela me lo decía cada vez que sabía que yo iba al estadio o cada vez que me veía con una camiseta alusiva a algún equipo. “El fútbol de hoy es miedoso”, decía, y empezaba a hacer la lista de “esos marihuaneros”, “esos degenerados” y “esos hampones” que ahora iban al estadio. No importaba si yo tenía puesta la camiseta de la selección Colombia de rugby, lo que le importaba a ella era preocuparse por mi y por mi seguridad pues, insistía, “el fútbol de hoy es miedoso”.

Esa era mi abuela, la señora que se preocupaba, la que te decía que te quería con un plato maravilloso de comida casera o comprándome $2.000 de pan para que me sentara a fagocitar masas viendo la Champions en las tardes de miércoles, la que no podía evitar despedirse diciendo: “¡cuídese!” y difícilmente dejaba entrar a la familia a alguien que no le diera total confianza. Esa era mi abuela; la que comió fritanga en El Campín viendo El Dorado sin acordarse de ningún detalle futbolístico, sólo de “lo chusco que era ese señor Pedernera”, de “lo lindo que era compartir con toda esa gente” y de “¡cómo saltaba ese ‘Chonto!’”.

Mi abuela veía partidos de fútbol para preocuparse, pero no por el resultado -aunque siempre le iba a la Selección y a los equipos de sus nietos o su Santander natal- sino porque dependiendo del resultado a mi me iba a ir mejor o peor en el trabajo, mi tío y su esposa argentina podían discutir, mi primo se iba a poner de mal genio si perdía el Cúcuta o mi fallecido abuelo en alguna parte se iba a poner feliz porque había ganado Nacional. “Ahí estuviera su abuelo pegado a ese radio”, me decía cuando le contaba que me tocaba ir a cubrir tal o cual partido, para luego rematar con el eterno “mijo, ¡cuídese!”. Porque sí, mi abuela veía fútbol para preocuparse; eso era lo suyo.

Hace años tenía la costumbre de regañarla, tal vez porque ella se dejaba regañar de mí con una especie de puchero que siempre terminó en sonrisa. Por eso cuando mi mamá me dijo que le hablara a mi abuela en su lecho de enferma, totalmente sedada y con una respiración entrecortada y angustiante, lo primero que le dije fue que por qué era tan terca y luego le di un beso en esas canas tan pronunciadas desde hacía un año.

No sé si estaba consiente, pero necesito creer que sí, que me escuchó, pues le di las gracias por todos sus hijos y nietos, le dije que su vida había sido maravillosa y que la mejor señal de eso era que todos estábamos bien; que no tenía que seguir preocupándose. Le dije que la quiero, que todos la queremos muchísimo y que por eso mismo no valía la pena seguir peleando. Le pedí que se fuera, que lo más justo para ella era descansar pues lo merecía y que lo más importante es que se iba a quedar con nosotros, con cada uno, para siempre.

Le di un beso en la mejilla y me di cuenta que el jadeo de la respiración ya no estaba. La prima Luz, que había viajado una hora antes desde Bogotá conmigo y con su mamá, Lola -la hermana de mi abuela-, para acompañarla en estos últimos momentos, entró a la habitación y le dije que ya no respiraba. Luz la trató de acomodar en sus almohadas, yo le puse la mano en el pecho y salió un suspiro. El último.

Tras eso las imágenes son confusas: mi tía Gloria tratando de cuadrarle con Luz la máscara de respiración, los médicos revisando signos vitales que ya no estaban, la oficialización de la hora, la despedida de mi mamá, Gloria, Lolita y Luz entre lágrimas…

Mi abuela, Leonor Serrano de Calad, santandereana hasta el tuétano, casada con paisa, madre de seis, abuela de nueve y bisabuela de la pequeña Sara, coleccionista de sellos en pasaportes, sobreviviente del ‘Bogotazo’, secretaria de profesión y costurera por pasión, se fue en paz, se fue sin dolor; se fue escuchándome hablarle de todos los integrantes de su nido y descansó sabiéndose querida, sabiéndose amada, sabiendo que ya no tenía por qué preocuparse más.

Me quedé ahí hasta el final y con mi primo Mario la llevamos a la morgue, pero me quedo con la paz en su rostro cuando se fue. Fue un buen final para ese viaje tremendo que fue su vida.

Mi abuela vio al ‘Chonto’ y a Pedernera mientras comía fritanga en El Campín… sólo con saber eso siento que vale la pena lo que hago.

Twitter: @PinoCalad

Categoria
General, Gol Caracol

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