Archivo de noviembre, 2014

19

nov

2014

Ramón Hoyos Vallejo, el hombre que reemplazó al Dorado

La era del mito en el fútbol colombiano tiene pocos nombres colombianos y muchos llegados del sur. El Dorado, ese momento ubicado temporalmente entre 1949 y 1953, pero eterno en la memoria de todos los hinchas que nos llenamos de sueños imaginándonos a Di Stéfano y Pedernera con la camiseta de Millos, Pontoni con la de Santa Fe, el gran Heleno con la de Junior, Tito Draco con la del DIM, Vides Mosquera y Valeriano López con la del Cali, Villaverde y Barbieri con la del Cúcuta, Deambrossi con la del Bucaramanga… fue mágico, sin duda, pero prestado.

Si uno repasa las sensacionales nóminas de la época se encontrará con pocos referentes nacionales: ‘Cobo’ Zuluaga en Millonarios, ‘Caimán’ Sánchez en América, Cali y Junior, ‘Chonto’ Gaviria en Santa Fe, ‘Memuerde’ García en Junior, el mítico ‘Turrón’ Alvarez en Nacional… los verdaderos ídolos colombianos estaban en la acera del frente, en el otro deporte que desde que en 1951 nació la Vuelta a Colombia se robaba la atención de un país que no quería saber más de violencia política. Y entre todos los nombres del ciclismo había uno que generaba amores y odios pero nunca indiferencia, la primera superestrella de las bielas, el hombre que falleció esta madrugada en Medellín, cerca a su natal Marinilla, una leyenda llamada Ramón Hoyos Vallejo.

En 1953, cuando El Dorado dijo adiós al comenzar el éxodo de los cracks de otras nacionalidades, encabezados por Di Stéfano y su novela entre Barcelona y Real Madrid, Ramón Hoyos Vallejo comenzaba su leyenda ganando la primera de las cinco Vueltas a Colombia que quedaron a su nombre, récord que sólo superó en los 70 Rafael Antonio Niño. Sin embargo, ‘El Marinillo’ se convertiría en mito dos años después.

Ramón Hoyos Vallejo llegó a los Juegos Panamericanos de Ciudad de México como el mejor ciclista nacional. Sus títulos en las ediciones de 1953 y 1954 de la Vuelta a Colombia lo habían convertido en el mayor ídolo deportivo del país, y habían convertido al departamento de Antioquia en la tierra de los más grandes pedalistas de esos tiempos. Pero el problema es que en México estaban los mejores de todo el continente, comenzando por el extraordinario equipo anfitrión, comandado por Rafael Vacca.

Sin embargo, Colombia tenía lo suyo. Hoyos Vallejo no sólo tenía la experiencia local, sino que ya había tenido la oportunidad de conocer el trabajo de los grandes pedalistas europeos. Además, a ‘Don Ramón de Marinilla’ lo escudaban el cundinamarqués Benjamín Jiménez, soldado de profesión y legendario trepador de montañas, Justo ‘Pintado’ Londoño, su gran coequipero en la Vuelta a Colombia, y el mítico ‘Zipa’ Forero, el ciclista colombiano más famoso en el mundo por esos días.

Ellos cuatro, operando como una máquina perfectamente aceitada, destrozaron a los cuartetos de México, Argentina, Venezuela, Brasil, Uruguay y Guatemala, y lograron las dos primeras medallas de oro en la historia del ciclismo colombiano en unos Juegos Panamericanos.

Colombia, que en la primera edición de estas justas había logrado un solitario oro en atletismo con el gran Jaime Aparicio, alcanzaba gracias al ciclismo su mejor figuración deportiva internacional con los primeros lugares en el podio de Hoyos Vallejo y del cuarteto que él conformó. Además, Benítez obtuvo una más que meritoria presea de plata y en la pista Octavio Echeverri también logró el segundo lugar en los 1.000 metros contra el reloj.

Ese año, además, se disputó la más legendaria Vuelta a Colombia de todos los tiempos y Ramón Hoyos Vallejo, ‘El Campeonísimo’, logró una gesta que nadie ha logrado superar 55 años después: fue campeón del certamen ganando 12 de las 18 etapas disputadas, las seis primeras de forma consecutiva.

De nada valió la presencia del ex campeón Bayaert, ni el trabajo del ‘Zipa’, ni la notable actuación del equipo mexicano de Rafael Vacca; la superioridad de ‘Don Ramón de Marinilla’, como lo llamaba el locutor Carlos Arturo Rueda, era incontestable y no sólo por sus condiciones, sino por el respaldo de un equipo excepcional, la famosa ‘licuadora paisa’.

El técnico argentino Julio Arrastía Bricca formó un pelotón de escuderos que garantizaron el triunfo de Hoyos o, de no ser este posible, de un pedalista antioqueño. Eran ellos los que determinaban cuándo se atacaba o en qué momento se debía ir con calma, y el término de licuadora nació porque aquel que no cumplía con sus mandatos simplemente era ‘licuado’ del lote. Por eso mismo fue que entre los siete primeros de la general no había nadie que no hubiera nacido en ese departamento.

Hay una anécdota espectacular de esa Vuelta que muestra el impacto que tenía la presencia de Hoyos Vallejo en las carreteras del país: La etapa Pasto-Tulcán fue un infierno. La lluvia había deteriorado un camino de herradura y los ciclistas se resbalaban y caían por doquier. Sin embargo, al día siguiente, cuando la prueba regresaba de Tulcán por ese mismo camino, el pelotón que comandaba ‘El Marinillo’ se encontró con lo inesperado: la vía estaba perfecta. Apenas cruzó la meta el último ciclista de la etapa, el ingeniero jefe de la zona, Luis Palacios, convocó a todos los hombres de la región y en un tiempo récord lograron drenar la carretera, aplanarla y eliminar cualquier riesgo que esta tuviera para los pedalistas. La Vuelta a Colombia había obrado su primer milagro.

Hoyos lograría su cuarto título consecutivo un año después, y lo volvería a obtener en 1958. La corona del 57 fue para el español José Gómez del Moral, quien aprovechó el retiro de la armada antioqueña para dar el segundo golpe extranjero a nuestra gran prueba.

Ese 1958 fue el último episodio de ese mito nacido en Marinilla. El furor por el ciclismo en el país había dejado atrás al fútbol y los periódicos y las emisoras le dedicaban más páginas y tiempo a los pedalazos que a lo que sucedía en un campeonato de pelota en el que incluso los excampeones Nacional y Medellín se habían tenido que fundir en un mismo equipo, el Independiente Nacional, para poder participar ese año. Por eso cuando Angelo Fausto Coppi aterrizó en el Aeródromo de Techo el 18 de diciembre de 1957 Colombia entera se paralizó. A fin de cuentas, se trataba nada más y nada menos que del campeón mundial del 53, del dueño del récord de la hora por catorce años y del hombre que al pisar el Hotel Tequendama, en donde se alojó, contaba con dos títulos del Tour de Francia y cuatro del Giro de Italia. Era el mejor ciclista del mundo, el ‘Campionissimo’, y fue la primera superestrella de las bielas que llegó a nuestro territorio.

Coppi llamó tanto la atención, que incluso en el diario El Tiempo dieron como un hecho su participación en la Vuelta a Colombia de 1958, ya que varios empresarios estaban reuniendo el dinero para montarle un equipo y acabar así con la hegemonía antioqueña del multicampeón Ramón Hoyos Vallejo.

Esto, por supuesto, no se dio. Pero lo que sí se vivió en las carreteras del país fue el duelo particular entre Coppi y Vallejo en la tercera edición de la Clásica El Colombiano, organizada por el tradicional diario de ese nombre.

Varios patrocinadores respaldaron a Coppi, y su presencia atrajo a la más nutrida delegación de figuras extranjeras que hubiera visto Colombia. En la prueba doble entre Medellín y La Pintada estarían el italiano, sus paisanos Ettore Milano y Luigi Casolla, y el suizo Hugo Koblet, campeón del Tour en 1951 y tres veces campeón de la Vuelta de su país.

Sin embargo, a pesar del favoritismo y de la increíble experiencia de los europeos, el campeón fue Hoyos Vallejo. Koblet y Coppi impusieron condiciones, no se descolgaron en los ascensos y dieron cátedra sobre cómo descender, pero en el segundo y último día de la prueba, en pleno ascenso, el italiano no pudo aguantar el ritmo y ‘Don Ramón de Marinilla’ logró vencer al mejor ciclista del mundo con una ventaja escandalosa.

Hoy murió esa leyenda, el primer deportista capaz de eclipsar al fútbol en un país en el que a veces pareciera que no hay otro deporte. Por eso desde esta lejana esquina de internet lo único que puedo es darle las gracias por el mito, por la gloria, por el ciclismo, y asegurarle a la memoria de Ramón Hoyos Vallejo,  ‘Don Ramón de Marinilla’, que nunca será olvidado.

En Twitter: @PinoCalad

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14

nov

2014

Eslovenia, la otra heredera de la temible y perdedora Yugoslavia

Este martes la Selección Colombia enfrenta a Eslovenia, una selección que no le suena mucho a la mayoría, pero que mantiene la idea del fútbol de la ya desaparecida Yugoslavia, ese país que explotó en 1991 en una guerra que dejó cientos de miles de muertos y que a los mayores de 30 nos trae a la memoria equipos de ensueño llenos de técnica, de punteros endiablados, de arqueros temibles, de derrotas inexplicables…

Lo que antes de 1991 era Yugoslavia, cuando precisamente Eslovenia se fue tras un referendo independentista que llevó a la primera de las guerras que partieron ese territorio, hoy lo conocemos como Serbia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia, Montenegro, Kosovo y, por supuesto, la dueña de casa en el partido del martes frente a Colombia al medio día.

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10

nov

2014

Recordando a Manuel Galarcio, o cuando el fútbol te da pena

Diego Latorre,  delanterazo del Boca Juniors de comienzos de los 90 y hoy uno de los buenos comentaristas del fútbol argentino, fue el protagonista de una entretenida entrevista de Emilse Pizarro en la revista del diario La Nación de Buenos Aires de la que quiero rescatar esta pregunta y su respuesta:

“Hace más de treinta años que estás en el mundo del fútbol, ¿cómo mantenés el gusto por el juego en sí mismo con tantas cosas turbias alrededor?

Me dejo sorprender por los jugadores, por los partidos. Vuelvo a ese estado primitivo en el que todo me causaba ilusión, porque si no, no puedo. Esta industria está tan alejada de lo que nosotros hemos vivido, de lo que piensa y siente un pibe cuando toca una pelota. Yo lo veo en mi hijo, está fresco. Si te ponés a analizar, más allá de que hay un camino, que es el de la profesionalización inevitable, el fútbol en sí sigue siendo el mismo. Lo que pasa es que uno ya no se maravilla porque sospecha de todo; la gente sospecha de los árbitros, de sus propios jugadores que quieren ir para atrás contra su técnico. Sospecha que son pechos fríos. A mí cuando un jugador controla la pelota y hace algo lleno de talento, imaginación, todavía me pasa que me gustaría hacerlo a mí. Creo que soy yo el que lo está haciendo. Vivo cuando yo hacía esas cosas. Un sombrero, una jugada, un gol… Esas cosas te quedan. Esa pasión no la voy a perder nunca”.

La verdad, hoy me gustaría tener ese entusiasmo de Latorre, hoy quisiera hablar del talento de Yimmi Chará, del gran momento de Daniel Bocanegra, de “lo bonito del fútbol”, pero es que tantas cosas turbias alrededor me hacen decir simplemente que no puedo. Hoy, en vez de pensar en la emotividad de nuestro fútbol, me acordé de Manuel Galarcio.

Tal vez usted no recuerde al recio defensa central que pasó por el Bucaramanga con su particular peinado y sus rústicas maneras, pero el tipo se hizo un nombre en las canchas por duro y fuera de ellas por su expediente judicial, que incluye porte ilegal de armas y el homicidio culposo de dos ciclistas a los que atropelló. Sin embargo, hay un capítulo oscuro y nunca explicado con el nombre de Galarcio que bien vale evocar.

En el 2004 se jugaba la última fecha de los cuadrangulares de la Primera B y Valledupar, el equipo en el que Galarcio era titular, líder y uno de los capitanes, recibía a Real Cartagena. Cúcuta necesitaba una victoria sobre Alianza Petrolera para ser finalista y los cartageneros urgían de una goleada en tierras vallenatas para ir derecho a la final. Al minuto 85 el motilón estaba clasificando gracias a un 3-1 a sus vecinos de Barranca y al 0-0 en cancha valduparense, pero de pronto todo cambió y en menos de seis minutos la defensa que comandaba Galarcio recibió cinco anotaciones y el Real pasó a la final con un histórico e inexplicable 0-5.

Por supuesto, no se puede probar que se arreglara el partido, es imposible para mi señalar que Galarcio y el Valledupar se “vendieran”, pero lo cierto es que Real Cartagena pasó a la final, ascendió, y su primer refuerzo para el 2005 fue el defensa central Manuel Galarcio. Como dice el viejo y conocido refrán, “la mujer del César no sólo debe ser casta sino parecerlo”, y nada de lo que pasó ahí se vio como casto.

Con el tiempo se descubriría que Valledupar estaba bajo la influencia del paramilitar Jorge 40, que en unas grabaciones publicadas por la Revista Semana en 2007 dijo sin pudor que “ellos (los del Real Cartagena) conmigo tienen cierta gratitud”, y señaló que iban a llegar refuerzos provenientes del América (club en el que luego jugaría Galarcío, vea usted), pero bueno, no vamos a entrar en esos detalles…

Lo más complicado de ser periodista es saber digerir la sobrecarga de información que recibes. La gente cree que porque uno trabaja en deportes se la pasa todo el día viendo fútbol y sí, es cierto, pero el fútbol no es sólo un programa de TV, es un negocio que en Colombia, y en muchos otros lugares, tiene oscuros y truculentos intereses detrás. Y eso, como dice Latorre, “está tan alejado de lo que nosotros hemos vivido, de lo que piensa y siente un pibe cuando toca una pelota”, que a veces te abruma, te golpea en donde más duele: en la dignidad.

Por eso te vuelves malpensado. Muy malpensado. En 2005, por ejemplo, me tuvieron que esconder en el baño del Diario Deportivo porque los “primos” de Aldo Leao Ramírez fueron hasta la oficina a sacarme una rectificación a las buenas o a las malas, y mientras mi entonces jefe Germán Blanco los calmaba, yo gritaba que me dejaran hablar con ellos (era joven, pendejo y alzado… salvo lo primero, sigo igual). ¿Qué había escrito yo? Una fuerte crítica al papel del entonces volante de Santa Fe en la final frente a Nacional, pues me había enterado de su preacuerdo con el club verdolaga y justo, casualmente, había bajado su nivel en el partido por el título frente a su futuro equipo.

¿Se vendió Aldo en esa final? No, no puedo demostrarlo, pero no se vio bien, como no se vio bien lo de Galarcio, o como no se vio bien lo de Germán Centurión, un desastre para el Pasto en el partido de vuelta de la final de Copa Colombia frente a Santa Fe en 2009, y en 2010 flamante refuerzo cardenal.

Por eso tengo que decirlo de frente: no se vio bien lo que pasó el domingo en Barranquilla. Recapitulemos: se juega el descenso y por el juego limpio hay simultaneidad en los partidos de Uniautónoma y Fortaleza, lo que no deja de ser irónico pues en la fecha anterior también había drama, pero Fortaleza jugó el sábado por la noche y Uniautónoma el domingo por la tarde. Claro, ahí la seguridad de Bogotá pesó más que el juego limpio pues era peligroso tener a las barras de Nacional y Millonarios a la misma hora, pero tal vez si se hubiese optado por hacer partidos diurnos y no apostarle al rating del juego nocturno la cosa habría sido mejor. En fin…

El caso es que se juega el descenso y en el segundo tiempo, cuando el empate en Barranquilla está mandando a Uniautónoma a la B, hay un apagón en las luces de oriental del estadio Metropolitano… No puedo afirmar que alguien recurrió al viejo truco de apagar el interruptor, maña que llegó a nuestro país junto a muchísimas otras desde Estudiantes de La Plata con Zubeldía en Nacional y Bilardo en el Cali; es más, bien vale la pena recordar que no es el primer apagón en el Metropolitano producto de la lluvia (el monumental aguacero de 2013 que hizo que el Colombia vs. Ecuador se suspendiera por hora y media tuvo aún más drama cuando antes de empezar el segundo tiempo las luces sufrieron un bajón). Es decir, es normal, pasa, pero no se ve bien que pase justo cuando el dueño de casa se está jugando el descenso.

Tampoco se ve bien que el gol de Uniautónoma llegue cuando el partido de Fortaleza justo termina, y queda la suspicacia de Ricardo ‘Gato’ Pérez, presidente de los descendidos, quien dejó en el ambiente un mal sabor al recordar que el arquero del Huila, (Ernesto Hernández, un gran arquero, por cierto, al que poco esfuerzo se le vio en el gol de Michael Barrios), llegó a Neiva desde Uniautónoma.

Pero ahí debo decir también que no se ve nada bien la falta de entrega y hambre de Fortaleza en sus recientes partidos. Es decir, ¿tiene en sus manos el salvarse del descenso y juega a no perder frente a Chicó y Pasto? No, no se ve bien. Menos cuando hace dos semanas te enteras de que el equipo está en venta, de que tuvo la posibilidad de irse a Itagüí (ya no va a pasar: el dueño de Águilas Doradas no da el aval para que jueguen en “su” plaza) y de que el nuevo comprador está más interesado en comprar al equipo en la B pues le sale más barato y más rentable.

Es lo jarto de esto, a veces el fútbol te da pena por todo lo que está detrás de él. Por eso es buena la sentencia de Latorre. Porque es preferible pensar en el enorme talento de Aldo y en todo el fútbol que ha dejado en Santa Fe, Nacional, Morelia, Atlas y la Selección, que malpensar en su paso del rojo al verde. Porque a veces necesitas sólo pensar en el juego para volver a enamorarte de él y dejar atrás las sombras que lo amargan.

En esas ando…

Twitter: @PinoCalad

PD. Celebro la sanción a Wilson Lamouroux, inexplicablemente árbitro FIFA, a quien decidieron suspender tras no sancionar un penal clarísimo a favor de Uniautónoma en su partido frente a Millonarios. Si el descendido hubiese sido el equipo barranquillero, el nombre del juez llanero hoy estaría en boca de todos por su pésimo comportamiento en un partido definitivo, pero no dejemos pasar la oportunidad para recordar qué mal juez es.

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