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Información provista por datafactoryTodo comenzó hace años en el ya desaparecido Diario Deportivo cuando, en un humilde intento por explicarle a los lectores a qué carajos se referían ciertos comentaristas cuando decían “andarivel izquierdo”, empecé a hacer “traducciones” del español hablado en ciertas transmisiones de fútbol a esa lengua que a nosotros supuestamente nos enseñaron en la casa y el colegio. Una versión ampliada la publicamos tiempo después en Fútbol Total con Nicolás Samper y, ya que estamos en Feria del Libro y én la víspera del Día del Idioma, retomo la idea.
Si usted es de los que no entiende de qué le hablan cuando le hablan de fútbol en Colombia, acá está su diccionario:
“¡Haaaaaaaaaaga el cambio!”. Cada vez que esa frase rompía la monotonía de las transmisiones radiales que todos los días escuchaba mi abuelo en su transistor negro, yo levantaba mi cabezota, entonces con pelo, sabiendo que lo que seguía era un: “Yaaaaaa lo hiceeeeeeee”, tras el cual podía seguir con lo que estuviera haciendo. Aún, cuando escucho las transmisiones de ciclismo y los veteranos mantienen este grito de guerra, pienso en eso: en mi abuelo, en su radio, en la cantidad absurda de programas que escuchábamos juntos mientras leíamos, él hacía el crucigrama o yo jugaba en su estudio.
(Este post es la actualización de uno titulado ‘Los sospechosos de siempre del fútbol colombiano’ publicado el pasado 3 de enero… lo siento, necesito parafrasearme).
“Prométeme que te vas a ir por otro lado a la casa”, me pide mi novia cada vez que escribo algo sobre los dirigentes del fútbol colombiano. Curioso, ella, que no es futbolera, sabe perfectamente la calaña de un amplio sector de la clase dirigencial de nuestro balompié. Porque claro, no todos son tipos oscuros que sobrevivieron a los narcotraficantes que mandaron en el fútbol colombiano de los 80 (y que ahí siguen, aunque usted no lo crea y aunque Coldeportes no lo quiera ver), pero sí la mayoría.
Uno de los mil datos que se han ventilado sobre Miguel Calero por estos días es que su cabeza rapada se debía a que hace rato le prometió a los pequeños pacientes de una fundación para niños enfermos de cáncer que siempre se la iba a dejar, para que ellos no se sintieran mal por perder el pelo en su quimioterapia. Eso habla de las calidades humanas de un hombre que no sólo fue un grandísimo futbolista, un ganador, un mito en Pachuca, sino ante todo, y más que eso, un gran tipo.
El 1 de noviembre de 1985 se selló la eliminación de Colombia del Mundial del que debía haber sido anfitriona a manos de Paraguay. La selección de Ochoa tenía que ganar por 3-0 y sólo le alcanzó para el 2-1. Fue el inicio de los peores quince días de la historia reciente del país, que incluyen la Tragedia de Armero y el Holocausto del Palacio de Justicia, y que tuvieron uno de los mayores ejemplos del uso y abuso del fútbol por parte del poder en Colombia. Esta es la historia.
Hoy es fácil hablar de deporte y unidad nacional. Desde los 80 nos hemos rotado la excusa para sentirnos nación con la Selección Colombia, los héroes del ciclismo (de Lucho Herrera para abajo), Edgar Rentería, Juan Pablo Montoya, María Isable Urrutia encabezando a los pesistas, Camilo Villegas, los patinadores, Mariana Pajón y demás glorias que hicieron que todo este país ultraregionalista y enemigo de sí mismo se uniera por el orgullo de sentirse representado por alguien absolutamente destacable. Pero el primer colombiano que nos dio un motivo para que Colombia importara más que nuestra respectiva región fue Antonio Cervantes.
Hoy, 40 años después de que ‘Kid Pambelé’ lograra el primer título mundial de boxeo para el país, como fanático del boxeo y admirador de su gloria no puedo evitar recuperar este texto que publiqué hace varios años en el Diario Deportivo, cuando tuve el honor y el trauma de conocer al más grande, al más golpeado, al más triste, a Pambelé…
Pambelé no te mira a los ojos cuando habla. Es más, poco habla y, cuando lo hace, repite insistentemente: “Yo voy pa’lante hermano, pa’lante”. Pero es difícil creerle y más cuando en el mercado circula un libro de Alberto Salcedo que cuenta toda su gloria y su decadencia, y ahora el propio Antonio Cervantes está promocionando otra publicación sobre su lucha contra el alcoholismo y la drogadicción.
Verlo ahí, flaquísimo, tembloroso por el Parkinson, distante y tratando de concentrarse, le rompe a uno el alma como aficionado del boxeo; más cuando había tanta emoción por conocerlo. Sí, búrlese, pero cuando supe que ‘Kid Pambelé’, el primer campeón mundial que tuvo Colombia iba a visitar el DIARIO DEPORTIVO, me emocioné.
A mí no me importaba su mala fama, sus escándalos, sus problemas con el ron y la cocaína; a mí lo único que me importaba es que, como lo dice Salcedo, en un momento de nuestra historia él fue el hombre más importante de Colombia; el primero en mostrar que sí se puede alcanzar un sueño, que la gloria es posible. Por eso era importante para mí estrechar su mano, porque yo era de los que trasnochaba a los seis años por ver pelear al ‘Happy’ Lora; tanto así, que siendo adolescente me tocó botar una camiseta blanca que en letras del tricolor patrio decían: “¡Dale Happy!”. A la pobre ya no le cabía un hueco más y a mí la franela de infancia ya no me entraba…
Muchos creen que el boxeo es una salvajada; yo no. Yo soy de los que cree en la mística guerrera de dos hombres peleando por su futuro y por la gloria en un cuadrilatero, y por eso siempre respetaré a esos atletas que han tratado de sacar a su familia adelante a costa de su integridad física. Pero ese boxeo, mi boxeo, el del viejo Pambelé, el de ‘Rocky’ Valdez, el de Alí, el de Leonard, ha muerto. Le aplicaron la extremaunción en los 90 cuando la posibilidad del concepto de ‘campeón mundial’ dejó de existir por las ventajas lucrativas de uno de los deportes más populares del mundo.
Antes los campeones eran sólo dos en cada categoría, uno por la AMB (Asociación Mundial de Boxeo) y otro por la CMB (Consejo Mundial de Boxeo), y la unificación era algo de dimensiones enormes pues en verdad se definía el campeón mundial. Hoy el alfabeto de agremiaciones es eterno pues existen la FIB, OMB, IBO, WBU, WBF, WBB… cada una con un campeón en una de las 17 categorías, por lo que el prestigio de poseer un título se ha diluido. Ya no hay un verdadero ‘Campeón Mundial’, ahora todo es plata…
Eso es triste, pero es más triste ver que el deporte que más títulos le ha dado a Colombia pasa por un momento de crisis en el país. Los últimos grandes campeones que tuvimos fueron Irene ‘Mambaco’ Pacheco en Mosca y Daniel Reyes en Mini-Mosca, pero poco reconocidos fueron en el país en buena medida porque la gente ya no respeta al boxeo. Incluso el propio Pambelé me confesó que no tiene ni idea en qué está nuestro pugilato: “Yo no le paro bolas a eso”.
Lo más triste de todo es que hay talento. Los rankings de las principales asociaciones están llenos de colombiano, hace poco pudimos ver cómo en Argentina José ‘La pantera’ Herrera le daba una paliza a Jorge ‘Locomotora’ Castro, ídolo en ese país, y el ‘Mambaco’ ahora es el campeón latino de la FIB en Gallo. Pero a pesar de eso, el deporte de titanes está en su mala hora.
Se puede decir, tristemente, que la realidad del boxeo colombiano se ve cuando uno mira el presente de las grandes glorias nacionales: El ‘Happy’ y Bassa han salido en realities sin mucha fortuna y con algo de ridículo. Yo, que me uní al sufrimiento nacional que significaba ver en el ring a Fidel en los 80 (pues todas sus peleas eran un parto), sentí que algo por dentro se me rompió cuando lo vi vestido de chino en ‘Bailando por un sueño’.
Pero la mayor analogía entre una vieja gloria y el boxeo colombiano actual, y no pude dejar de pensar en eso mientras trataba de hablar con él y no le sacaba más que una frase suelta, una confesión de ningún arrepentimiento y una promesa de que va “pa´lante hermano, pa´lante”, es Pambelé.
Antonio Cervantes está deshecho a pesar de afirmar que hace cinco meses no consume una gota de licor. Uno espera que ahora sí se recupere definitivamente, que la mala hora la deje atrás, que retome la lucidez que lo llevó a pronunciar una de las frases más famosas del país (“Es mejor ser rico que pobre”); pero al tenerlo en frente y ver la debilidad de esas manos que alguna vez causaron terror en el peso Welter y esa mirada perdida en recuerdos confusos de una gloria noqueada, es casi imposible tenerle fe.
(Publicado en el Diario Deportivo el 4 de mayo de 2006)
También hablo de boxeo en Twitter: @PinoCalad

“Hay que ponerle fin a esa cultura ganadera de comprar jugadores baratos y posteriormente venderlos. Hay que seguir en el proceso de organizar el fútbol para que esas épocas en las que no se pagan a los jugadores y se anuncian millonarias ventas de jugadores y la plata no aparace, queden definitivamente superadas”. La frase de Simón Gaviria, senador de la República y autor de la Ley 1445, más conocida como ‘Ley del fútbol’ pues con ella se está tratando de organizar a los clubes profesionales, no cayó nada bien en la dirigencia colombiana que, inmediatamente, sacó su carta de protección favorita, esa que dice “Intervención” con 18 signos de admiración detrás y que utilizan nuestros dirigentes cada vez que sienten que el gobierno se mete con ellos. La misma que, palabras más, palabras menos, quiere decir: no te metas con nosotros, somos intocables.