23

abr

2015

Los libros de fútbol que me han gustado

Feria del Libro de Bogotá, un evento comercial, sí, pero maravilloso: la oportunidad de acercarse a autores, mundos, realidades; la posibilidad de participar en tertulias que van mucho más allá del ego de “yo escribí esto, tu aquello”; un evento para todos que cada vez le abre más las puertas a los futboleros. Porque hay que decirlo de frente: la Feria y, en general, la industria editorial colombiana descubrieron que a los colombianos nos gusta leer de fútbol.

Claro, hay un efecto comercial detrás: la serie de libros sobre la Selección Colombia, la clasificación al Mundial y las figuras que lo lograron que inundó el mercado desde el 2013, con biografías sobre Falcao y James (siempre me han parecido curiosas las biografías de alguien que tiene menos de 25 años y está vivo, y ahora hay tres, ¡tres!, sobre el 10, dos de ellas de argentinos que son unos magos para vendernos humo), y con grandes reportajes sobre cómo llegamos a Brasil 2014 (incluyendo la de Javier Hernández Bonnet, y la Gabriel Meluk, Mauricio Silva, José Orlando Ascencio y Federico Arango, que para mi son las dos más completas: Estos son los libros sobre James, Falcao y la Selección Colombia que encontrará en la Feria). Pero cuando se mira más allá de lo coyuntural queda lo trascendente y ahí, justo ahí es cuando uno como futbolero debe esculcar en los pabellones de la Feria.

Cada año recomiendo lecturas sobre fútbol que se pueden encontrar en la Feria Internacional del Libro de Bogotá pues creo firmemente que el fútbol es un cuento, un drama, una comedia y una épica perpetua, todo al mismo tiempo, y en este 2015 quiero contarles de la forma más humilde posible (pues no hay nada más ególatra que decirle a alguien más: mira, léete alguito) los libros sobre fútbol que más me han gustado:

Mis favoritos:

Fiebre en las gradas: se lo tiene que leer, no sólo porque Nick Hornby es un escritor tan creativo como gracioso (y está muy bien traducido), sino porque es la historia personal de un hincha del Arsenal al que la pasión por su equipo lo lleva a contar su vida según los diferentes momentos y partidos de los gunners. Debe ser uno de los mejores libros de fútbol que hay.

- Soccernomics: puede ser la mirada más interesante que se haya escrito sobre el fútbol como industria cultural. Simon Kuper y Stefan Szymanski hacen un análisis económico para explicar el éxito de determinados equipos y el fracaso de otros. Brillante.

- Juego sucio: fútbol y crimen organizado: Declan Hill puede romperle el corazón a más de un inocente que piensa que el fútbol es sólo bello. Se trata de una investigación periodística seria y muy profunda sobre cómo las mafias de todo el mundo usan y abusan del fútbol profesional. Por supuesto, Colombia tiene un buen lugar en estas páginas.

- Historias negras del fútbol argentino: otro señor periodista, Alejandro Fabbri, le cuenta cómo la política y los intereses económicos han manejado el tan famoso y tan pasional fútbol gaucho. Es una joya.

- El fútbol a sol y sombra: todos nos tenemos que leer más de una vez esta obra maestra de Eduardo Galeano. Cuando el romanticismo por el fútbol le falle (por ejemplo, después de leer a Declan Hill o a Fabbri), consúltelo.

- Guía políticamente incorrecta del fútbol: lo confieso: es el libro que soñé escribir, pero lo hicieron los periodistas brasileños  Jones Rossi y Leonardo Mendes y a ellos les quedó mucho mejor de lo que yo lo podría haber hecho. Historias breves sobre el origen del fútbol y sobre grandes mitos de este deporte, por supuesto centradas en Brasil, el balompié carioca y el paulista. Tal vez por eso aún pueda yo contar la versión colombiana… (suspiro)

- Bestiario del balón: los autores son amigos de la casa y por eso puede sonar a zalamería, pero este libro es una joya. Es más, si no tiene plata para comprarse este maravilloso anecdotario del lado B del campeonato colombiano, le recomiendo meterse al blog del que surgió el libro de Nicolás Samper, Federico Arango y Andés Garavito.

- Autogol: pasándonos a la ficción, recomiendo esta gran novela de Ricardo Silva que muestra el patetismo del ser colombiano con el trasfondo del asesinato de Andrés Escobar. Ficción tan cercana a la realidad que duele.

- Los amos del juego: el investigador Ignacio Gómez (subdirector de Noticias UNO y en mi concepto uno de los adalides de la libertad de prensa en este país) desenmascaró en los 80′s la oscura relación del fútbol y el narcotráfico. Es un libro rarísimo, no lo va a encontrar en la Feria, pero es básico para entender muchos cómos y porqués. Por supuesto, a Gómez le tocó utilizar un alias, el de José Ignacio Rodríguez, para cuidar su integridad tantas veces amenazada desde que hacía parte de la Unidad Investigativa de El Espectador.

- Puro fútbol: la recopilación de los cuentos futboleros del gran Roberto Fontanarrosa, hincha de Rosario Central y autor de “19 de diciembre de 1971″, para muchos el mejor relato sobre la pasión que genera la pelota. Si lo ve, cómprelo, sin dudar.

- Calcio: Juan Esteban Constaín hace un relato maravilloso indagando sobre los orígenes del fútbol en la Italia renacentista. Si le gustan las novelas históricas, esta puede ser una de las más originales que puede encontrar.

- Once cuentos de fútbol: un gigante de las letras como Camilo José Cela (el mismo de esa obra maestra que es La familia de Pascual Duarte) era un hincha furioso de la pelota, más si jugaban los equipos gallegos (Celta de Vigo o Depor La Coruña). Toda la épica, toda la tragedia, toda la humanidad del fútbol está en estas páginas. Es de las mejores cosas que se puede leer, y no me refiero sólo al fútbol.

Fútbol, una religión en busca de un dios: el genio único de Manuel Vázquez Montalbán se despacha con su análisis de la realidad del fútbol mundial a finales de los 90′s. Una mirada vital al deporte como cultura, industria, espectáculo y escenario político.

El nacimiento de una pasión: los amantes del fútbol argentino tiene que leerse este gran trabajo de Alejandro Fabbri en el que cuenta la verdadera historia detrás de los clubes de ese país. Es una rareza, pero es buenísimo.

- Fútbol y pasiones políticas: el maestro Santiago Segurola nos da un repaso de por qué el fútbol no es sólo un deporte en esta recopilación de artículos y ensayos de diferentes autores.

¡Gracias vieja!: la autobiografía de Alfredo Di Stéfano está tan bien narrada, es tan personal, nos toca tanto (sobre todo si usted es hincha de Millonarios), que merece ser leída.

Memorias del Mister Peregrino Fernández y otros relatos: Oswaldo Soriano es un grande de las letras suramericanas, pero especialmente es un monstruo a la hora de escribir de fútbol. Sus cuentos son una avalancha de personajes, situaciones y dramas que rayan en la tragicomedia. Es de lectura obligatoria, para mi.

- El 5-0: un periodista que respeto como Mauricio Silva, viejo compañero de tribuna y de tertulia, hizo una investigación puntual sobre lo que pasó antes y después de ese famoso partido de 1993 en Buenos Aires, del que parecía saberse todo. Pero no…

¿Cómo se robaron la copa?: David Yallop hace un reportaje extenso, crítico y durísimo en el que desenmascara la relación de la Fifa con el poder y en el que cuenta cómo Joao Havelange y su sucesor Sepp Blatter convirtieron al fútbol en la industria más poderosa del planeta. Es realmente bueno.

 

Para buscar en la Feria del Libro de Bogotá

- Fútbol en Colombia: para los que creen que las mujeres no saben de fútbol les tengo esta gran investigación de Carolina Jaramillo, quien nos ofrece una edición preciosa, con fotos espectaculares y buenos datos sobre la historia del fútbol colombiano. Para coleccionistas.

- 100 años del fútbol colombiano: debo admitir que tengo una gran debilidad por este libro, ya que admiro muchísimo a su autor Alberto Galvis, el hombre que más sabe de historia del deporte colombiano. El gran periodista santandererano hace una recopilación de un siglo de vida de nuestro balompié llena de datos brillantes. Galvis también es el autor de “Grandes hazañas deportivas de Colombia”, otra joya de referencia obligatoria para todos los que estamos metidos en esto.

- ABC del fútbol colombiano: si lo que quiere es el dato exacto y puntual, este libro tiene que estar en su biblioteca. El viejo Guillermo Ruiz, la mayor autoridad de estadísticas en Colombia, escribió con la colaboración de varios colegas, entre ellos su hijo, estos cuatro tomos que se constituyen en la gran enciclopedia del balón en Colombia. Lo mejor son los datos curiosos y el hecho de que existan reseñas hasta de los periodistas legendarios que han tratado el tema del fútbol.

- El día en que el fútbol murió: querido hincha del Junior, no deje de leer esta novela de Andrés Salcedo que retrata la Barranquilla de los 50 y la rivalidad entre los tiburones y el Sporting con el telón de fondo de la historia de Heleno da Freitas vestido de rojiblanco. Es una delicia de relato.

- Cuentos de fútbol: Federico Díaz Granados, poeta y terriblemente santafereño, selecciona siete maravillas de grandes autores hispanoamericanos como Rubem Fonseca, Roberto Fontanarrosa, Camilo José Cela y Mario Benedetti. Recomendado a más no poder.

- Nuestro fútbol: hablando de bichos raros, este casi que incunable de Hernán Peláez es tan difícil de conseguir, que si lo ve no dude en comprarlo. El famoso periodista del Pulso del fútbol lo escribió en 1976 y tanto sus fotos como sus textos son una delicia.

- El milagro del fútbol colombiano: también de Hernán Peláez, vale la pena tenerlo sólo para ver cómo la fiebre triunfalista de la Selección Colombia antes del Mundial de 1994 se le subió a la cabeza a todos, incluso al considerado mejor periodista deportivo del país. En esta joya don Hernán dice, sin pelos en la lengua, que la Tricolor tenía que ser al menos semifinalista de USA 94…

- Colombia Gol: de Pedernera a Maturana, grandes momentos del fútbol colombiano: tipos tan pilos como Andrés Dávila, Eduardo Arias, Gonzalo de Francisco y José Arteaga cuentan de la mejor manera (con la pasión del hincha) la historia de los grandes equipos colombianos, desde el Millonarios de los 50′s hasta la Selección de comienzos de los 90′s. Es otra perla rara de conseguir.

- Emoción, control e identidad: las barras de fútbol en Bogotá: rara vez la academia colombiana le para bolas al fútbol y esta es una de esas excepciones. Con un claro carácter antropológico y sociológico, María Teresa Salcedo y Omar Fabián Rivera exploran el mundo de las barras bravas en la capital de la República.

- Dios es redondo: pocas personas escriben tan sabroso como Juan Villoro. Esta recopilación de escritos es, simplemente, una maravilla. De la misma línea de “Balón Dividido”. Otro libro infaltable de Villoro (aunque ojo, en este no sólo habla de fútbol, también toca otros temas con gran propiedad) es “Los once de la tribu“.

- Cuentos de Fútbol I y II: si bien Jorge Valdano, ex jugador argentino, ex técnico y ahora conferencista escribió “Los cuadernos de Valdano“, “El miedo escénico y otras hierbas” y otros libros, estas compilaciones de cuentos son, para mi, de lo mejor que hay en el mercado. Lastimosamente conseguirlos es un reto porque viven agotados, pero buscarlos vale la pena siempre.

- 155 historias del fútbol mundial que debería saber: así se llama en su versión corta, pero en la larga se llama “365 historias del fútbol mundial que debería saber”. Como sea, Alfredo Relaño, el editor de AS y uno de los periodistas más importantes de España, nos llena de datos simpáticos, de anécdotas inolvidables y de historias que valen la pena, todas con la excusa de ser contadas en cada uno de los días del año.

- El fútbol de ayer y de hoy: Jorge Barraza, periodista de fama internacional y gran columnista, escribió este curioso ensayo en el que defiende que el fútbol que vemos hoy es el mejor posible. Es muy interesante, sobre todo para los nostálgicos que piensan que todo tiempo pasado es mejor.

- La vida es un balón redondo: lo compré sólo porque su autor, Vladimir Dimitrijevic, fue el fundador de la editorial L’Age d’Homme, y me encontré con una lectura deliciosa de un hombre culto que, como buen yugoslavo, ama el fútbol, vivió en su infancia para él y aún cree que con la pelota se puede arreglar cualquier día. Y yo estoy de acuerdo.

- Fútbol postnacional: el título es raro, pero el libro es interesantísimo. Ramón Llopis es el editor de una serie de ensayos sobre el papel del fútbol en el sistema mundo actual. Si está interesado en la relación de lo que es mucho más que un deporte con mercadeo, globalización, política, nacionalismos y otros temas actuales, búsquelo.

- Fútbol-espectáculo, Cultura y Sociedad: siguiendo la línea anterior, Samuel Martínez hace una recopilación de textos de notables intelectuales latinoamericanos (ojo, hay algunos en portugués) analizando el papel cultural y político del fútbol en sus respectivos países. Si bien hay un par de ensayos que caen en facilismos nacionalistas, hay muy buenos trabajos de análisis sociológico y cultural, especialmente en el tema de las barras bravas.

- 1001 anécdotas de Millonarios: Jorge Mario Neira, hincha azul hasta la médula, nos ofrece un catálogo de deliciosas historias breves que deberían ser obligatorias para los seguidores embajadores.

- Un siglo de pasión roja: querido hincha del DIM, búsquese esta belleza de libro que recopila en fotos, historias y personajes el centenario de la institución. Gran trabajo del colega Jaime Herrera.

- Volveremos, volveremos: tras finalizar una sequía de tres décadas con la estrella de 2012, los hinchas de Santa Fe recibieron otra grata sorpresa con este libro de Daniel Samper Ospina, hijo de un ícono cardenal como Daniel Samper Pizano e hincha foribundo del rojazo.

- La octava maravilla: haciendo una curiosa continuación -sin serlo- del anterior, este libro de Carlos Eduardo González no sólo cuenta cómo Santa Fe consiguió la octava estrella en 2014, sino que hace una breve historia del primer campeón y sus glorias.

- De Millonarios me enamoré: Mauricio Silva es muy azul, tan azul que tras la estrella 14 en 2012 publicó esta joyita junto a los también embajadores Diego Caldas y Andrés Felipe Valderrama.

- Pasión verdolaga: Ramón Pinilla hace este recuento de la historia de Atlético Nacional cargado de anécdotas y datos valiosos que todo hincha del verde antioqueño debería tener en casa.

- Fanático Escarlata: es una joya de diseño y pasión sobre lo que representa ser hincha del América de Cali. Publicado por la Universidad Javeriana de Cali, el profesor Carlos Andrés Carrillo hace un maravilloso trabajo de recopilación iconográfica. Recomendadísimo para los diseñadores y, obviamente, los hinchas del diablo.

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18

mar

2015

El fútbol me dejó

Carlos me miró algo preocupado, se puso de pie y me pasó ese cubo de cartón que he visto en su consultorio durante los dos años que llevo yendo a hacer terapia para controlar el estrés, para descargarme del trabajo, para hablar de mis angustias y problemas de crianza, y que nunca entendí muy bien para qué era hasta que él, mi “analista” -como dirían los argentinos-, me lo entregó para que yo tomara un pañuelo de papel y me limpiara las lágrimas.

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26

feb

2015

El primer campeón: breve homenaje a Santa Fe

Este 28 de febrero Independiente Santa Fe cumple años; 74 para ser más exactos pues fue fundado en 1941, en un momento de confusión política y transformaciones sociales que el país nunca había visto. Por eso hoy quiero contar la otra historia de ese primer campeón, porque a Santa Fe uno puede decirle de muchas formas (incluso insultándolo como hizo el supuesto editor de otro medio), pero lo único que no puede quitarle a ese equipo que hoy tiene ocho títulos, que para mi como hincha de Millos es fundamental en términos de rivalidad y de apuesta de que sí se puede vivir el fútbol en paz, a esos colores que tantas veces me han hecho celebrar a su costa y otras tantas me han humillado (sí, yo vi el 7-3), es que es el primer campeón del fútbol colombiano. Acá va la historia detrás de esa estrella:

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21

ene

2015

Lazaga, nuevo protagonista de Sobre héroes y ‘tumbis’

Marco Lazaga mide 1.80, estatura insuficiente para ser un voleibolista profesional, pero su manotazo frente a la red del Quindío, que definió el ascenso del Cúcuta al convertirse en gol sin que el flojísimo árbitro Ulises Arrieta dijera nada, mostró que tiene toda la vocación para ser también delantero de un equipo de voleibol. Eso y que es un tramposo más en un deporte de tramposos. Porque duele aceptarlo, pero si hay algo que le falta al fútbol es lo que románticamente llamamos “espíritu deportivo”.

En tenis ves que el jugador que le tira la pelota al cuerpo a su rival e inmediatamente ofrece disculpas y es censurado por todos, en rugby te puedes romper la crisma pero tras el partido los equipos se hacen pasillo y luego comparten un tercer tiempo para afianzar la camaradería, el escándalo del doping en el ciclismo dejó claro que ganar a cualquier precio no puede ser… pero en fútbol la trampa es el día a día.

No se trata sólo de Lazaga, Diego Armando Maradona hizo la mano más famosa de todos los tiempos para anotarle a Inglaterra en México 86, Thierry Henry manoteó el balón que terminó en el gol que dejó a Irlanda sin Mundial, Torsten Frings impidió con su extremidad superior izquierda el gol de EEUU que a lo mejor habría eliminado a Alemania en Japón/Corea 2002, Schnellinger hizo lo mismo en un robo descarado de Alemania a Uruguay en Inglaterra 66… y no pasó nada, así como nada va a pasar con Lazaga, el Cúcuta y el Quindío. Porque eso es el fútbol: el deporte de los vivos que viven de los bobos (rivales, árbitros, aficionados, periodistas).

Lo vemos seguido: cuando los futbolistas celebran goles que no son, cuando los delanteros hacen la ‘gran Piojo Acuña’ (léase: tirarse en plancha como si le hubiesen pegado un tiro en el área para que el árbitro pite penal), cuando al mejor jugador de un equipo sus rivales lo van moliendo a patadas sistemáticamente para ‘neutralizarlo’…

Lo más triste es que los hinchas lo permitimos. Bajo el lema de la ‘malicia indígena’ (¡qué imagen terrible la que tenemos de nuestros indígenas!) muchos aplauden a los piscineros, celebran a los matones que van directo a la rodilla del crack del rival, cantan los goles que no cruzaron totalmente la línea, gozan con las rojas injustas y las amarillas y penales inventados… En fin, el fútbol está justificando una forma de ver la vida en la que importa simplemente ganar, sin importar los medios y sin importar si se logra haciendo bien las cosas.

Claro, hay excepciones. Miroslav Klose, por ejemplo, desperdició adrede un penal inexistente que sancionaron a favor del Werder Bremen y en el 2012 hizo un gol con la mano para Lazio, pero luego le dijo al árbitro que lo anulara. Era el 0-1 y Napoli terminó ganando 3-0.

Pero de Lazaga a Klose hay mucho, y no sólo porque el alemán sea el máximo goleador en la historia de los Mundiales. Porque no sólo se trata del paraguayo, se trata básicamente del entorno. Si el delantero del Cúcuta hubiese hecho lo del atacante de Lazio, seguramente sus compañeros lo habrían recriminado, la hinchada lo habría puteado y más de un periodista lo habría tratado de pendejo porque así somos en Colombia: en la mayor herencia cultural del narcotráfico y el éxito fácil, el fin justifica los medios, no importa si por delante nos llevamos lo que sea. No importa si con una mano ganamos un partido.

No ve que el vivo vive del bobo…

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19

nov

2014

Ramón Hoyos Vallejo, el hombre que reemplazó al Dorado

La era del mito en el fútbol colombiano tiene pocos nombres colombianos y muchos llegados del sur. El Dorado, ese momento ubicado temporalmente entre 1949 y 1953, pero eterno en la memoria de todos los hinchas que nos llenamos de sueños imaginándonos a Di Stéfano y Pedernera con la camiseta de Millos, Pontoni con la de Santa Fe, el gran Heleno con la de Junior, Tito Draco con la del DIM, Vides Mosquera y Valeriano López con la del Cali, Villaverde y Barbieri con la del Cúcuta, Deambrossi con la del Bucaramanga… fue mágico, sin duda, pero prestado.

Si uno repasa las sensacionales nóminas de la época se encontrará con pocos referentes nacionales: ‘Cobo’ Zuluaga en Millonarios, ‘Caimán’ Sánchez en América, Cali y Junior, ‘Chonto’ Gaviria en Santa Fe, ‘Memuerde’ García en Junior, el mítico ‘Turrón’ Alvarez en Nacional… los verdaderos ídolos colombianos estaban en la acera del frente, en el otro deporte que desde que en 1951 nació la Vuelta a Colombia se robaba la atención de un país que no quería saber más de violencia política. Y entre todos los nombres del ciclismo había uno que generaba amores y odios pero nunca indiferencia, la primera superestrella de las bielas, el hombre que falleció esta madrugada en Medellín, cerca a su natal Marinilla, una leyenda llamada Ramón Hoyos Vallejo.

En 1953, cuando El Dorado dijo adiós al comenzar el éxodo de los cracks de otras nacionalidades, encabezados por Di Stéfano y su novela entre Barcelona y Real Madrid, Ramón Hoyos Vallejo comenzaba su leyenda ganando la primera de las cinco Vueltas a Colombia que quedaron a su nombre, récord que sólo superó en los 70 Rafael Antonio Niño. Sin embargo, ‘El Marinillo’ se convertiría en mito dos años después.

Ramón Hoyos Vallejo llegó a los Juegos Panamericanos de Ciudad de México como el mejor ciclista nacional. Sus títulos en las ediciones de 1953 y 1954 de la Vuelta a Colombia lo habían convertido en el mayor ídolo deportivo del país, y habían convertido al departamento de Antioquia en la tierra de los más grandes pedalistas de esos tiempos. Pero el problema es que en México estaban los mejores de todo el continente, comenzando por el extraordinario equipo anfitrión, comandado por Rafael Vacca.

Sin embargo, Colombia tenía lo suyo. Hoyos Vallejo no sólo tenía la experiencia local, sino que ya había tenido la oportunidad de conocer el trabajo de los grandes pedalistas europeos. Además, a ‘Don Ramón de Marinilla’ lo escudaban el cundinamarqués Benjamín Jiménez, soldado de profesión y legendario trepador de montañas, Justo ‘Pintado’ Londoño, su gran coequipero en la Vuelta a Colombia, y el mítico ‘Zipa’ Forero, el ciclista colombiano más famoso en el mundo por esos días.

Ellos cuatro, operando como una máquina perfectamente aceitada, destrozaron a los cuartetos de México, Argentina, Venezuela, Brasil, Uruguay y Guatemala, y lograron las dos primeras medallas de oro en la historia del ciclismo colombiano en unos Juegos Panamericanos.

Colombia, que en la primera edición de estas justas había logrado un solitario oro en atletismo con el gran Jaime Aparicio, alcanzaba gracias al ciclismo su mejor figuración deportiva internacional con los primeros lugares en el podio de Hoyos Vallejo y del cuarteto que él conformó. Además, Benítez obtuvo una más que meritoria presea de plata y en la pista Octavio Echeverri también logró el segundo lugar en los 1.000 metros contra el reloj.

Ese año, además, se disputó la más legendaria Vuelta a Colombia de todos los tiempos y Ramón Hoyos Vallejo, ‘El Campeonísimo’, logró una gesta que nadie ha logrado superar 55 años después: fue campeón del certamen ganando 12 de las 18 etapas disputadas, las seis primeras de forma consecutiva.

De nada valió la presencia del ex campeón Bayaert, ni el trabajo del ‘Zipa’, ni la notable actuación del equipo mexicano de Rafael Vacca; la superioridad de ‘Don Ramón de Marinilla’, como lo llamaba el locutor Carlos Arturo Rueda, era incontestable y no sólo por sus condiciones, sino por el respaldo de un equipo excepcional, la famosa ‘licuadora paisa’.

El técnico argentino Julio Arrastía Bricca formó un pelotón de escuderos que garantizaron el triunfo de Hoyos o, de no ser este posible, de un pedalista antioqueño. Eran ellos los que determinaban cuándo se atacaba o en qué momento se debía ir con calma, y el término de licuadora nació porque aquel que no cumplía con sus mandatos simplemente era ‘licuado’ del lote. Por eso mismo fue que entre los siete primeros de la general no había nadie que no hubiera nacido en ese departamento.

Hay una anécdota espectacular de esa Vuelta que muestra el impacto que tenía la presencia de Hoyos Vallejo en las carreteras del país: La etapa Pasto-Tulcán fue un infierno. La lluvia había deteriorado un camino de herradura y los ciclistas se resbalaban y caían por doquier. Sin embargo, al día siguiente, cuando la prueba regresaba de Tulcán por ese mismo camino, el pelotón que comandaba ‘El Marinillo’ se encontró con lo inesperado: la vía estaba perfecta. Apenas cruzó la meta el último ciclista de la etapa, el ingeniero jefe de la zona, Luis Palacios, convocó a todos los hombres de la región y en un tiempo récord lograron drenar la carretera, aplanarla y eliminar cualquier riesgo que esta tuviera para los pedalistas. La Vuelta a Colombia había obrado su primer milagro.

Hoyos lograría su cuarto título consecutivo un año después, y lo volvería a obtener en 1958. La corona del 57 fue para el español José Gómez del Moral, quien aprovechó el retiro de la armada antioqueña para dar el segundo golpe extranjero a nuestra gran prueba.

Ese 1958 fue el último episodio de ese mito nacido en Marinilla. El furor por el ciclismo en el país había dejado atrás al fútbol y los periódicos y las emisoras le dedicaban más páginas y tiempo a los pedalazos que a lo que sucedía en un campeonato de pelota en el que incluso los excampeones Nacional y Medellín se habían tenido que fundir en un mismo equipo, el Independiente Nacional, para poder participar ese año. Por eso cuando Angelo Fausto Coppi aterrizó en el Aeródromo de Techo el 18 de diciembre de 1957 Colombia entera se paralizó. A fin de cuentas, se trataba nada más y nada menos que del campeón mundial del 53, del dueño del récord de la hora por catorce años y del hombre que al pisar el Hotel Tequendama, en donde se alojó, contaba con dos títulos del Tour de Francia y cuatro del Giro de Italia. Era el mejor ciclista del mundo, el ‘Campionissimo’, y fue la primera superestrella de las bielas que llegó a nuestro territorio.

Coppi llamó tanto la atención, que incluso en el diario El Tiempo dieron como un hecho su participación en la Vuelta a Colombia de 1958, ya que varios empresarios estaban reuniendo el dinero para montarle un equipo y acabar así con la hegemonía antioqueña del multicampeón Ramón Hoyos Vallejo.

Esto, por supuesto, no se dio. Pero lo que sí se vivió en las carreteras del país fue el duelo particular entre Coppi y Vallejo en la tercera edición de la Clásica El Colombiano, organizada por el tradicional diario de ese nombre.

Varios patrocinadores respaldaron a Coppi, y su presencia atrajo a la más nutrida delegación de figuras extranjeras que hubiera visto Colombia. En la prueba doble entre Medellín y La Pintada estarían el italiano, sus paisanos Ettore Milano y Luigi Casolla, y el suizo Hugo Koblet, campeón del Tour en 1951 y tres veces campeón de la Vuelta de su país.

Sin embargo, a pesar del favoritismo y de la increíble experiencia de los europeos, el campeón fue Hoyos Vallejo. Koblet y Coppi impusieron condiciones, no se descolgaron en los ascensos y dieron cátedra sobre cómo descender, pero en el segundo y último día de la prueba, en pleno ascenso, el italiano no pudo aguantar el ritmo y ‘Don Ramón de Marinilla’ logró vencer al mejor ciclista del mundo con una ventaja escandalosa.

Hoy murió esa leyenda, el primer deportista capaz de eclipsar al fútbol en un país en el que a veces pareciera que no hay otro deporte. Por eso desde esta lejana esquina de internet lo único que puedo es darle las gracias por el mito, por la gloria, por el ciclismo, y asegurarle a la memoria de Ramón Hoyos Vallejo,  ‘Don Ramón de Marinilla’, que nunca será olvidado.

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nov

2014

Eslovenia, la otra heredera de la temible y perdedora Yugoslavia

Este martes la Selección Colombia enfrenta a Eslovenia, una selección que no le suena mucho a la mayoría, pero que mantiene la idea del fútbol de la ya desaparecida Yugoslavia, ese país que explotó en 1991 en una guerra que dejó cientos de miles de muertos y que a los mayores de 30 nos trae a la memoria equipos de ensueño llenos de técnica, de punteros endiablados, de arqueros temibles, de derrotas inexplicables…

Lo que antes de 1991 era Yugoslavia, cuando precisamente Eslovenia se fue tras un referendo independentista que llevó a la primera de las guerras que partieron ese territorio, hoy lo conocemos como Serbia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia, Montenegro, Kosovo y, por supuesto, la dueña de casa en el partido del martes frente a Colombia al medio día.

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10

nov

2014

Recordando a Manuel Galarcio, o cuando el fútbol te da pena

Diego Latorre,  delanterazo del Boca Juniors de comienzos de los 90 y hoy uno de los buenos comentaristas del fútbol argentino, fue el protagonista de una entretenida entrevista de Emilse Pizarro en la revista del diario La Nación de Buenos Aires de la que quiero rescatar esta pregunta y su respuesta:

“Hace más de treinta años que estás en el mundo del fútbol, ¿cómo mantenés el gusto por el juego en sí mismo con tantas cosas turbias alrededor?

Me dejo sorprender por los jugadores, por los partidos. Vuelvo a ese estado primitivo en el que todo me causaba ilusión, porque si no, no puedo. Esta industria está tan alejada de lo que nosotros hemos vivido, de lo que piensa y siente un pibe cuando toca una pelota. Yo lo veo en mi hijo, está fresco. Si te ponés a analizar, más allá de que hay un camino, que es el de la profesionalización inevitable, el fútbol en sí sigue siendo el mismo. Lo que pasa es que uno ya no se maravilla porque sospecha de todo; la gente sospecha de los árbitros, de sus propios jugadores que quieren ir para atrás contra su técnico. Sospecha que son pechos fríos. A mí cuando un jugador controla la pelota y hace algo lleno de talento, imaginación, todavía me pasa que me gustaría hacerlo a mí. Creo que soy yo el que lo está haciendo. Vivo cuando yo hacía esas cosas. Un sombrero, una jugada, un gol… Esas cosas te quedan. Esa pasión no la voy a perder nunca”.

La verdad, hoy me gustaría tener ese entusiasmo de Latorre, hoy quisiera hablar del talento de Yimmi Chará, del gran momento de Daniel Bocanegra, de “lo bonito del fútbol”, pero es que tantas cosas turbias alrededor me hacen decir simplemente que no puedo. Hoy, en vez de pensar en la emotividad de nuestro fútbol, me acordé de Manuel Galarcio.

Tal vez usted no recuerde al recio defensa central que pasó por el Bucaramanga con su particular peinado y sus rústicas maneras, pero el tipo se hizo un nombre en las canchas por duro y fuera de ellas por su expediente judicial, que incluye porte ilegal de armas y el homicidio culposo de dos ciclistas a los que atropelló. Sin embargo, hay un capítulo oscuro y nunca explicado con el nombre de Galarcio que bien vale evocar.

En el 2004 se jugaba la última fecha de los cuadrangulares de la Primera B y Valledupar, el equipo en el que Galarcio era titular, líder y uno de los capitanes, recibía a Real Cartagena. Cúcuta necesitaba una victoria sobre Alianza Petrolera para ser finalista y los cartageneros urgían de una goleada en tierras vallenatas para ir derecho a la final. Al minuto 85 el motilón estaba clasificando gracias a un 3-1 a sus vecinos de Barranca y al 0-0 en cancha valduparense, pero de pronto todo cambió y en menos de seis minutos la defensa que comandaba Galarcio recibió cinco anotaciones y el Real pasó a la final con un histórico e inexplicable 0-5.

Por supuesto, no se puede probar que se arreglara el partido, es imposible para mi señalar que Galarcio y el Valledupar se “vendieran”, pero lo cierto es que Real Cartagena pasó a la final, ascendió, y su primer refuerzo para el 2005 fue el defensa central Manuel Galarcio. Como dice el viejo y conocido refrán, “la mujer del César no sólo debe ser casta sino parecerlo”, y nada de lo que pasó ahí se vio como casto.

Con el tiempo se descubriría que Valledupar estaba bajo la influencia del paramilitar Jorge 40, que en unas grabaciones publicadas por la Revista Semana en 2007 dijo sin pudor que “ellos (los del Real Cartagena) conmigo tienen cierta gratitud”, y señaló que iban a llegar refuerzos provenientes del América (club en el que luego jugaría Galarcío, vea usted), pero bueno, no vamos a entrar en esos detalles…

Lo más complicado de ser periodista es saber digerir la sobrecarga de información que recibes. La gente cree que porque uno trabaja en deportes se la pasa todo el día viendo fútbol y sí, es cierto, pero el fútbol no es sólo un programa de TV, es un negocio que en Colombia, y en muchos otros lugares, tiene oscuros y truculentos intereses detrás. Y eso, como dice Latorre, “está tan alejado de lo que nosotros hemos vivido, de lo que piensa y siente un pibe cuando toca una pelota”, que a veces te abruma, te golpea en donde más duele: en la dignidad.

Por eso te vuelves malpensado. Muy malpensado. En 2005, por ejemplo, me tuvieron que esconder en el baño del Diario Deportivo porque los “primos” de Aldo Leao Ramírez fueron hasta la oficina a sacarme una rectificación a las buenas o a las malas, y mientras mi entonces jefe Germán Blanco los calmaba, yo gritaba que me dejaran hablar con ellos (era joven, pendejo y alzado… salvo lo primero, sigo igual). ¿Qué había escrito yo? Una fuerte crítica al papel del entonces volante de Santa Fe en la final frente a Nacional, pues me había enterado de su preacuerdo con el club verdolaga y justo, casualmente, había bajado su nivel en el partido por el título frente a su futuro equipo.

¿Se vendió Aldo en esa final? No, no puedo demostrarlo, pero no se vio bien, como no se vio bien lo de Galarcio, o como no se vio bien lo de Germán Centurión, un desastre para el Pasto en el partido de vuelta de la final de Copa Colombia frente a Santa Fe en 2009, y en 2010 flamante refuerzo cardenal.

Por eso tengo que decirlo de frente: no se vio bien lo que pasó el domingo en Barranquilla. Recapitulemos: se juega el descenso y por el juego limpio hay simultaneidad en los partidos de Uniautónoma y Fortaleza, lo que no deja de ser irónico pues en la fecha anterior también había drama, pero Fortaleza jugó el sábado por la noche y Uniautónoma el domingo por la tarde. Claro, ahí la seguridad de Bogotá pesó más que el juego limpio pues era peligroso tener a las barras de Nacional y Millonarios a la misma hora, pero tal vez si se hubiese optado por hacer partidos diurnos y no apostarle al rating del juego nocturno la cosa habría sido mejor. En fin…

El caso es que se juega el descenso y en el segundo tiempo, cuando el empate en Barranquilla está mandando a Uniautónoma a la B, hay un apagón en las luces de oriental del estadio Metropolitano… No puedo afirmar que alguien recurrió al viejo truco de apagar el interruptor, maña que llegó a nuestro país junto a muchísimas otras desde Estudiantes de La Plata con Zubeldía en Nacional y Bilardo en el Cali; es más, bien vale la pena recordar que no es el primer apagón en el Metropolitano producto de la lluvia (el monumental aguacero de 2013 que hizo que el Colombia vs. Ecuador se suspendiera por hora y media tuvo aún más drama cuando antes de empezar el segundo tiempo las luces sufrieron un bajón). Es decir, es normal, pasa, pero no se ve bien que pase justo cuando el dueño de casa se está jugando el descenso.

Tampoco se ve bien que el gol de Uniautónoma llegue cuando el partido de Fortaleza justo termina, y queda la suspicacia de Ricardo ‘Gato’ Pérez, presidente de los descendidos, quien dejó en el ambiente un mal sabor al recordar que el arquero del Huila, (Ernesto Hernández, un gran arquero, por cierto, al que poco esfuerzo se le vio en el gol de Michael Barrios), llegó a Neiva desde Uniautónoma.

Pero ahí debo decir también que no se ve nada bien la falta de entrega y hambre de Fortaleza en sus recientes partidos. Es decir, ¿tiene en sus manos el salvarse del descenso y juega a no perder frente a Chicó y Pasto? No, no se ve bien. Menos cuando hace dos semanas te enteras de que el equipo está en venta, de que tuvo la posibilidad de irse a Itagüí (ya no va a pasar: el dueño de Águilas Doradas no da el aval para que jueguen en “su” plaza) y de que el nuevo comprador está más interesado en comprar al equipo en la B pues le sale más barato y más rentable.

Es lo jarto de esto, a veces el fútbol te da pena por todo lo que está detrás de él. Por eso es buena la sentencia de Latorre. Porque es preferible pensar en el enorme talento de Aldo y en todo el fútbol que ha dejado en Santa Fe, Nacional, Morelia, Atlas y la Selección, que malpensar en su paso del rojo al verde. Porque a veces necesitas sólo pensar en el juego para volver a enamorarte de él y dejar atrás las sombras que lo amargan.

En esas ando…

Twitter: @PinoCalad

PD. Celebro la sanción a Wilson Lamouroux, inexplicablemente árbitro FIFA, a quien decidieron suspender tras no sancionar un penal clarísimo a favor de Uniautónoma en su partido frente a Millonarios. Si el descendido hubiese sido el equipo barranquillero, el nombre del juez llanero hoy estaría en boca de todos por su pésimo comportamiento en un partido definitivo, pero no dejemos pasar la oportunidad para recordar qué mal juez es.

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30

oct

2014

Fútbol, nazis y Colombia: una historia olvidada

Simon Kuper, el mismo de esa maravillosa biblia de fútbol y antropología económica llamada Soccernomics, tiene un libro delicioso del 2003 llamado Ajax, The Dutch, the War: Football in Europe during the Second World War, en el que le recuerda a los ingleses en particular y a los europeos en general ese momento de la historia en el que todos parecían amar el Nazismo, y pone como ejemplo el fútbol de la época.

Claro, hoy Hitler es sinónimo del mal con bigotes y es fácil hablar del estereotipo del alemán racista y amante de las ideas totalitarias que nos caricaturiza cada película de Hollywood sobre la II Guerra Mundial, pero lo cierto es que en los años 30 el mundo veía a Alemania como un modelo a seguir y a Hitler como el deber ser del un líder. Suena absurdo, pero es que la historia es absurda.

Hasta los grandes enemigos de la Alemania Nazi en la guerra eran admiradores de ella antes de 1939, no nos olvidemos a Hitler como hombre del año en la revista Time de Estados Unidos en 1938 (foto); o de Eduardo VIII, cabeza del Imperio Británico, señalado como proNazi y que tuvo que abdicar en diciembre de 1936, diez meses después de subir al poder, para casarse con la divorciada Wallis Simpson, señalada por múltiples biógrafos como simpatizante de Hitler.

Entender los momentos históricos en su contexto es complejo pues nuestros ojos miran con el filtro de los los prejuicios actuales, pero lo cierto es que en la década del 30 el mundo era Nazi: Alemania había pasado de ser la gran perdedora de la I Guerra Mundial a una potencia industrial y militar en muy poco tiempo y, como suele pasar, el desarrollo económico llevaba a que muchos ignoraran las atrocidades contra las minorías (judíos, polacos, gitanos, homosexuales) y los atropellos contra todo aquel que tuviese una voz que le llevara la contraria al régimen. El discurso de orden, progreso y seguridad triunfaba pisando vidas que poco les importaban a los beneficiados (si les suena actual y cercano, no es mi culpa).

Ahí es donde Kuper recuerda cómo la selección de Inglaterra en 1938 visitó a Alemania en el Estadio Olímpico de Berlín y saludó al führer con el brazo derecho extendido, saludo imperial tomado por los Nazis del fascismo italiano de Mussolini, quien con él por esos mismos años había convencido a sus compatriotas de que el gran imperio romano, en donde así se saludaba al César, nunca había muerto.

Los amigos de la maravillosa Revista Un Caño de Argentina recuerdan la historia en este buen artículo de Pablo Cheb, y destacan que en medio de las tensiones políticas de ese 1938, cuando Alemania ya se había anexado Austria en busca de las “fronteras naturales del Tercer Imperio” y afilaba sus garras para comerse a Polonia, los jugadores fueron obligados a realizar el “heil Hitler” por la FA, pues así era la cosa: Alemania era el deber ser y era una descortesía romper los protocolos de homenaje al líder mundial.

Lo lindo es que Un Caño también nos recuerda que los seleccionados ingleses también saludaron  así a Mussolini en 1939, justo antes de la Guerra, pero claro, para nuestra mirada actual los malos eran los alemanes, no los italianos… en fin.

La pregunta es: ¿Colombia también fue Nazi? Más allá de la idiotez salida de contexto, anacrónica y sin sentido de los neonazis colombianos de hoy en día que apoyan al procurador Ordóñez y hablan de “raza superior” en una nación pluriétnica y multicultural, en los 30 las ideas del nacionalsocialismo calaron profundamente en nuestra sociedad.

No se trató solamente de migración alemana entre guerras, como relatan las novelas El jardín de las Weismann de Jorge Eliécer Pardo y Los Informantes de Juan Gabriel Vásquez, se trató de una relación política tan cercana, que incluso Colombia entró en la mirilla de la sospecha de Estados Unidos al comenzar en 1939 la II Guerra Mundial, como bien lo retrata esa tremenda investigación de Silvia Galvis y Alberto Donadio llamada Colombia Nazi.

Teníamos juventudes con camisas pardas, lineamientos políticos de clara tendencia Nazi (encabezados por Laureano Gómez), reuniones del partido llenas de esvásticas y banderas alusivas al nacionalsocialismo alemán (ver foto al lado de una reunión en Barranquilla, tomada de Colombia Nazi), pero sobre todo teníamos una idea fundamental del fascismo que se basaba en buscar la superioridad de la raza.

Insisto, hoy parece un mal chiste, pero incluso el primero Ministro de Educación (1934) y luego Canciller de la República (1938) Luis López de Mesa era un defensor de una política de mejoramiento de la raza en la que se prohibiera el mestizaje con indígenas y negros, y se estimulara la llegada de alemanes. Fue él quien cerró las fronteras del país a los judíos que huían de Alemania.

Pero la superioridad racial  era un tema vital para las diferentes naciones del mundo de los 30, no sólo para Colombia: la raza italiana tenía que demostrar que era superior y por eso no quiso disputar el Mundial del 30 en Uruguay, no fuera que ese equipo con negros los humillara como había pasado con las otras naciones europeas en los Olímpicos del 24 y el 28, y precisamente por eso se convirtió en cuestión de estado ganar los Mundiales de del 34 y 38, con amenazas a técnico y jugadores a bordo en el ya mítico “vencer o morir” de Mussolini.

Hitler siguió el ejemplo y organizó los Olímpicos de Berlín en 1936 para demostrar la superioridad de la raza alemana, hecho que quedaría para la historia en Olympia, un documental en dos partes de Leni Riefenstahl, la genio cinematográfica de la propaganda Nazi, en las que se muestra la belleza, el poder físico, el sacrificio y el heroísmo de la considerada “raza superior” por ellos, López de Mesa y Laureano.

Por supuesto, el deporte era la clave para tener una “raza superior” y Colombia lo entendió pronto. En 1928 se realizaron los primeros Juegos Deportivos Nacionales para reunir a lo más granado de la juventud y tratar de seguir el ejemplo de Uruguay, primer país sudamericano en lograr medallas de oro en los Olímpicos, codeándose así con las potencias mundiales. Bien lo escribió la entonces popular revista bogotana El Gráfico ese año, tras el bicampeonato olímpico de los uruguayos: “Colombia no ha participado aún en el torneo universal; su bandera no ha flotado con las ondulaciones del triunfo en el palenque cosmopolita como lo hicieron los pabellones del Uruguay y la Argentina. Ello se debe a que nuestro país asimila de manera tardía los sistemas implantados en los Estados de alta civilización”[1]

El tema era ese: ser “civilizados”, ser” europeos”, ser más blancos, y la clave era el deporte, como bien lo registró la ya desaparecida revista Deportivas en su primer número en 1931: “Es que el deporte está absorbiendo la gloria que correspondió exclusivamente a los ejércitos. Es una ventaja de la civilización. El deportista es en su verdadero concepto un arquetipo físico y moral de la raza”[1].

Por eso, para mejorar la raza, el presidente de la República entre 1930 y 1934, Enrique Olaya Herrera, tomó medidas como respaldar los Juegos Deportivos Nacionales de Medellín en 1932 y, sobre todo, firmar el decreto 1734 de 1933 para que se creara la Comisión Nacional de Educación Física con el fin de construir un estadio nacional en Bogotá, lograr que Colombia participara en el Mundial de fútbol de 1934 y desarrollar y divulgar los deportes en la clase obrera. Lo primero se cumplió en 1938 con la inauguración del ‘Nemesio Camacho’ El Campín, lo segundo se quedó en veremos (la primera Selección Colombia fue de 1935) y lo tercero condujo a la aparición de clubes de obreros en diferentes fábricas del país como Indulana o Unión en Medellín, que se fundirían en el Atlético Municipal, al que hoy conocemos como Atlético Nacional.

Pero la medida que nos metió de lleno en la idea de deporte como mejoramiento de la raza y refuerzo de la identidad nacional fue la creación de los Juegos Bolivarianos de 1938. Alberto Nariño Cheyne llevó a Berlín 36 la idea de unas justas regionales en Sudamérica que sirvieran para ampliar el calendario olímpico y promovieran la idea de panamericanismo que imperaba en la región tras la guerra entre Colombia y Perú de 1932 (en la que, por cierto, fue fundamental el apoyo de los inmigrantes alemanes), y entre vítores y banderas con esvásticas se anunció la primera edición de los Juegos entre las naciones bolivarianas que se disputarían en Bogotá, que ya tenía el plan del estadio El Campín y contaba con las canchas y campos de la Universidad Nacional.

Estos quedaron para la historia por el triunfo general de Perú (para malestar nacional pues las heridas de la guerra aún estaban abiertas), por la polémica que generó la conformación de la Selección Colombia de fútbol a cargo del argentino Fernando Paternoster (subcampeón mundial del 30), ya que cada región exigía a sus jugadores y al final nadie quedó contento, especialmente porque los de la franja roja nos golearon 4-2 (vale la pena recordar, ese equipo de Perú había sido cuartofinalista de Berlín 36, eliminado en una polémica histórica marcada por el racismo); por el oro colombiano en baloncesto (en la que además fue la primera transmisión radial del que luego sería el legendario Carlos Arturo Rueda), por la inauguración del estadio El Campín y, sí, por la demostración proNazi de nuestras juventudes bolivarianas.

Repito, hoy es fácil criticar, pero recordemos cómo las delegaciones de los cinco países saludaron en la inauguración el palco del presidente Alfonso López y en la clausura en de Eduardo Santos (justo coincidió el cambio de administración) con la mano derecha en alto al mejor estilo Nazi como se ve en estas fotos:

La publicidad del evento también fue una deliciosa muestra de cómo nos había influenciado la Alemania Nazi; repasemos:

Sí, Colombia también fue proNazi y se vio simbólicamente en esos Juegos Bolivarianos del 38, pero sobre todo en nuestra forma de asumir el deporte como una cuestión de mejoramiento de la raza. Parafraseando a Borges, el nazismo fue popular -muy, muy, muy popular- porque la estupidez es popular. Lo irónico es que aún pasa…

En Twitter: @PinoCalad

 


[1] El Gráfico No. 698. Bogotá. Agosto 2 de 1924

 

[1] Deportivas. No. 1 Medellín Junio 20 de 1931. Pág. 1

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08

oct

2014

La presunción de inocencia de la Dimayor

Y finalmente el 2015 tendrá 20 equipos en primera división: los 18 clasificados para disputar la liga más los ganadores de dos cuadrangulares que enfrentarán a los ocho viejos conocidos de la A que hoy están en la B: América, Quindío, Cúcuta, Pereira, Tuluá, Unión Magdalena, Real Cartagena y Bucaramanga. Si alguno de ellos llega a ascender este semestre (los cuyabros, por ejemplo), el octavo pasajero será el mejor equipo de la reclasificación de este año, Leones de Bello, aunque sean de Rionegro.

Sí, es una Dimayorada; un invento más de la dirigencia de nuestro fútbol, pero quiero jugar al abogado del diablo y analizar a profundidad lo que se nos viene.

Primero que todo, no es la primera vez que la Dimayor cambia las reglas a medio camino. En 2001 descendió Bucaramanga, pero intempestivamente Dimayor decidió que en 2002 jugarán 18 equipos, así que se inventó un triangular en Cartagena en el que jugaron los tres de la A que estarían ese año en la B: Unión Magdalena, Cúcuta y Bucaramanga.

Los samarios aprovecharon el regalo, le ganaron a los dos rivales y ascendieron sin ganar la B, y Bucaramanga, sin marcar un sólo gol pues venció en los penales al Cúcuta, evitó el descenso que se ganó tras pésimas campañas.

Vamos a ver cómo sale esto de los dos cuadrangulares de clubes de la A que no se han ganado el derecho de ascender, pero a quienes se lo están regalando. Porque eso es: un premio por tener hinchas, prender televisores y dar de qué hablar en una liga que fecha a fecha pierde más interés ante la masiva presencia de clubes sin taquilla y sin ráting.

No, no es una medida justa con lo deportivo, pero es un pedido a gritos del negocio. La triste moraleja es que de nada sirve que hagas bien las cosas como Equidad o Águilas Doradas: si un grande desciende y es incapaz de subir, el sistema se va a encargar de subirlo.

Pero hablemos del nuevo sistema: 20 equipos, un campeón semestral tras una fase de ida de todos contra todos y fecha de clásicos, liguilla final, dos descensos directos por promedio… No suena mal, pero se le apuesta de nuevo a la emoción de la liguilla, del ‘mata mata’, en vez de a la justicia de darle el título al mejor del semestre.

El descenso por promedio, sin embargo, ratifica el miedo de que se repita la historia del América; es decir, un grande puede tener un mal semestre, pero es muy raro que tenga tres años malos, así que se seguirá cuidando la integridad de los que mueven la taquilla.

Ahora bien, con 20 equipos se abre la posibilidad de que vuelvan dos viejos conocidos, pero a la vez, en un futuro muy cercano, es muy probable que volvamos a sufrir descensos dolorosos para el rating y ascensos que en nada le ayudan.

Lo que quiero decir es: ¿y si junto a la liga de 20 equipos se plantearan exigencias administrativas y deportivas para tener un campeonato con equipos serios, estructurados, con sede propia, con inferiores, con solvencia económica?

Estoy seguro, porque uno tiene que presumir siempre de la inocencia de los acusados, que la Dimayor hace esto para salvar una liga que se nos está muriendo, que la intención es buena, que los dirigentes quieren ver lo que todos esperamos: espectáculo, buenos partidos, fiesta, ¡nivel! Pero no dejo de preguntarme si no sería mejor tomarnos esto del FPC en serio y tener una liga de pocos equipos, pero bien organizados, capaces de subir el nivel, de llamar la atención, a una de 20 que sólo están ahí porque tienen hinchas.

En Twitter: @PinoCalad 

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25

ago

2014

Estamos dejando morir el fútbol profesional colombiano

Fortaleza vs. Uniautónoma en Techo. No voy a decir que fue malo. No quiero decir que fue malo. Sólo voy a decir que se escuchaban más los gritos de los visitantes al vecino Mundo Aventura. Fue un partido contra el descenso pero que suena a B… y eso, pues en la B uno tiene hoy en día a históricos como América, Unión, Bucaramanga, Pereira o Quindío, mientras en la A están hoy por hoy diez equipos que nacieron en la segunda división. Claro, algunos representan fuertes identidades locales como Pasto y Huila (especialmente Pasto, siempre rechazado por todos al ser la plaza que queda lejos y por tanto siempre perjudicado en cualquier decisión), otros se han ganado un lugar gracias a su trabajo como Envigado, Chicó y Equidad, pero otros llegaron a primera división sin hinchas y sin plaza.

Claro, una hinchada no se construye en una semana, pero es muy difícil ganarla cuando un día te llamas Itagüí Ditaires y al otro eres Águilas de Pereira. Lo mismo aplica para el campeón de 2008 que es un oxímoron en su nombre: Boyacá Chicó (y sin embargo ya tiene hinchada en Tunja), con Alianza Petrolera de Barrancabermeja que juega en Floridablanca (y ascendió jugando en Guarne), con Rionegro que juega en Bello…

No sé, me disculparán si divago, pero es que este fútbol profesional colombiano lo veo tan triste, tan apático, tan alejado  de los hinchas, que me preocupé. Lo estamos dejando morir, y no financieramente, a fin de cuentas ahí sigue existiendo plata y poder. Estamos dejando morir la pasión por el FPC y eso es el camino hacia el lado oscuro.

Por supuesto, lo primero que dirá un dirigente es que es la crisis natural que genera un Mundial, pues siempre “tras una Copa del Mundo los aficionados quedan saturados de fútbol y por eso no van a los estadios ni ven fútbol colombiano”. Por supuesto, es paja. Paja barata, además.

Tras el Mundial en Gol Caracol hemos transmitido partidos de clubes internacionales con un magnífico resultado de rating, y las cifras de tráfico que generan las actuaciones de los jugadores colombianos en el exterior no duplican, quintuplican (y a veces más) los números que deja cualquier cubrimiento sobre el fútbol profesional colombianos en Golcaracol.com.

Eso demuestra que la gente no está saturada de fútbol: al que le gusta el fútbol ama el fútbol, el buen fútbol. Y algo está pasando acá, porque la gente no solo se aleja de los estadios, sino que no ve el FPC: el rating de los partidos por RCN y el hecho de que WIN ni siquiera marque en Ibope (la empresa encargada de medir el consumo televisivo en Colombia) lo demuestran.

El ejemplo claro es el amistoso Manchester United vs. Real Madrid del sábado 2 de agosto transmitido en Caracol: marcó 4.6 en rating… ningún partido del FPC transmitido en las seis primeras fechas ha superado el 3.5.

Y ahí va el problema mayor: el bajo impacto del FPC nos está haciendo replantear los contenidos en los medios… tristemente hay que decirlo: no está vendiendo. Y esto de los medios, aunque en las universidades parece que les dijeran todo tipo de romanticismos pendejos a los estudiantes de Comunicación, es un negocio en el que debes vender.

¿Ven la dimensión del círculo vicioso? Como el FPC no vende, los medios poco lo cubren, y como poco lo cubren, vende menos… Lo peor, lo más cruel, es que hay una indiferencia generalizada, empezando por los dirigentes y continuando por nosotros los periodistas (mea culpa) que me tiene aterrado. Por eso voy a tratar de plantear ideas sueltas y puntuales sobre la situación y sus protagonistas:

- El hincha:

Tolima es el mejor equipo de esta Liga Postobón y, como ha pasado desde hace casi 30 años, cuando el maravilloso ‘Tolimita’ incluso llenaba en Bogotá, sus hinchas no lo acompañan. Es un problema endémico de Ibagué, en donde la gente se malacostumbró a no ir al Murillo Toro, un estadio decadente al que de verdad no dan ganas de ir. Pero el tema no es de estadio (aunque influye), sino de hinchada y la del Tolima no es precisamente la más fiel, así que vayamos a los ejemplos de “fidelidad”.

Nacional, Millonarios y América han sido los tres equipos más populares de Colombia en los últimos decenios. Tienen hinchadas grandes, organizadas, que acompañan en cualquier plaza… y aún así no están llenando. En el llamado “superclásico” entre verdes y azules, un partido que marcó época, una lucha que trascendió el fútbol y se planteó en lo regional con lamentables resultados, la asistencia oficial al Atanasio Girardot fue 21.428 espectadores. ¡Menos de la mitad del aforo para el partido con más estrellas de la primera división en Colombia!

La siempre fiel hinchada del verde no lo está acompañando, y eso que es el actual tricampeón. Pero lo mismo pasa con Millonarios, que en años recientes era el líder de taquillas en Colombia a pesar de tener la boletería más costosa del país: en este semestre 7.000 almas lo acompañaron frente a Envigado, Chicó y Pasto, y claro, alguien va a decir: “¡pero es que son rivales chicos!”. A ese alguien le recuerdo que por la segunda fecha del semestre pasado, frente a otro “chico” como Equidad, fueron 17.931 personas, y que luego más de 30.000 lo acompañaron frente a Nacional.

Pero no, este semestre ni los numerosos hinchas verdes ni los azules acompañan. Por el lado bogotano las excusas se encuentran fácil: un equipo sin refuerzos que dejó ir a su principal estrella (Dayro Moreno) y no la reemplazó con jugadores que vendan boletas. Y si algo enseñó don Alfonso Senior con el Millonarios grande de antaño es que el show necesita estrellas.

Lo extraño es que por el lado verde, el equipo con la mejor nómina del país, el que lleva tres estrellas al hilo, esa excusa no funciona. Claro, “los malos resultados” dirá otro, pero es que en su primer partido como local en este semestre, un clásico histórico frente al Cali, fueron 14.879 espectadores, una cifra miserable para un club que se precia de una hinchada gigante.

Ahí, justo ahí, alguien va a salir agitando los brazos como la esposa del reverendo Alegría de Los Simpsons cuando grita “¿alguien quiere pensar en los niños?”, y dirá que me estoy olvidando del factor de la violencia y las barras bravas, y sí, es cierto: los comportamientos salvajes de algunos integrantes de estas barras han alejado a mucha gente, sin duda, pero eso no explica cómo se puede caer tanto la audiencia de un semestre a otro. Es una razón del alejamiento de muchos, pero no la verdadera razón de la caída de taquillas y rating.

¿Será en serio que los hinchas colombianos no quieren más fútbol tras el Mundial? Insisto, no lo creo. La muestra está en los hinchas del América, que pacientemente han acompañado a su equipo en la B pero que esta temporada decidieron ponerle un tatequieto a lo que ellos ven como un circo.

Expliquemos esto que es bien interesante: el América se fue a la B y de inmediato recibió el respaldo de su hinchada, que lo convirtió en el club más taquillero del país a pesar de estar en segunda división. En 2012 denuncié el negocio que eso representaba y cómo se iban a aprovechar de eso (y sí, estoy cobrando), y tras perder inexplicablemente los ascensos de esa temporada y de 2013, este año los hinchas por fin se dieron cuenta de que tener al América en segunda le da visibilidad al antes invisible Torneo Postobón y que cada vez que el rojo visita a uno de sus modestos rivales es Navidad para el respectivo club, que cobra por boletas lo que se le da la gana.

Por eso Disturbio Rojo, una numerosa barra escarlata, decidió no ingresar al estadio de Techo en el partido frente a Bogotá. Fue hermoso ver una mancha de hinchas vestidos de rojo en las afueras del estadio cantando mientras en las tribunas no había casi nadie, así que vuelvo a preguntar: ¿los hinchas colombianos no quieren más fútbol tras el Mundial?

La respuesta es NO, sí quieren fútbol, aman el fútbol, pero se los estamos vendiendo mal. El mejor ejemplo es el Medellín y su excelente campaña para que lo acompañen al estadio: en un partido frente al Huila (otro “chico”) llevó 28.132 espectadores; ¡más que Nacional vs. Millonarios!

Los hinchas sí quieren ver e ir a fútbol,  pero no quieren este fútbol porque se mamaron (literalmente) de cómo lo están manejando.

- La organización

Antes de ser Itagüí Ditaires, el club se llamó Bajó Cauca y jugaba en Caucasia, una región primero asolada por la guerrilla y luego de clara influencia paramilitar bajo la égida de Carlos Mario Jiménez, alias ’Macaco’. Por esos años, los primeros de este siglo, el club de la B se dio el lujo de contratar a dos veteranos goleadores como Carlos Castro y Jhon Jairo Tréllez e incluso estuvo peleando el título de la B.

En 2008 (vea usted, justo el año que extraditaron a ‘Macaco’) el Bajo Cauca pasó a ser Itagüí Ditaires, una de las gratas revelaciones futbolísticas de las campañas recientes, y a pesar de haber hecho todo un trabajo de base para ganar hinchada y desarrollar inferiores en la ciudad del Valle del Aburrá, este semestre vuelve a cambiar de nombre y se llama Águilas de Pereira, pues jugará en esa ciudad bajo el permiso de Dimayor y el Deportivo Pereira, dueño de la plaza.

Ahora, el Pereira está en la B y en una situación financiera absolutamente insostenible. Desde que en 2006 se denunció que alias ‘Macaco’ estaba detrás del poder del club (mira tú, ¡qué casualidad!) el grande matecaña entró en una caída libre que lo llevó a la B y que mandó a sus dirigentes a la cárcel (el presidente Ramón Ríos fue vinculado con narcotráfico y paramilitarismo, ¡rarísimo!), y hoy está ad portas de desaparecer.

¿Se va a quedar Pereira, una ciudad futbolera, de gran hinchada, con uno de los mejores estadios del país, sin equipo de fútbol? No, Águilas, que ya juega con los colores matecañas en una muestra de ganas de ganarse a la afición hasta tierna, será el Pereira cuando el Pereira haya desaparecido.

Es así de simple, así de crudo, así de fácil, y con el visto bueno de la dirigencia. ¿Cómo se espera que tenga respaldo popular un fútbol profesional en el que sus dirigentes muestran tal importaculismo bajo la mirada bizca de la ley? Porque ojo, Coldeportes ha dejado hacer y deshacer en el fútbol colombiano: acá se violan las leyes laborales y no pasa nada, los castigos administrativos se cumplen en los recesos de campeonatos, los dineros oscuros entran y salen y no pasa nada… ¿Cómo va a pasar? Es decir, aunque no estén yendo los clubes tienen cientos de miles de hinchas, en algunos casos millones, y permitir que desaparezcan Millonarios (que llegó a tener deudas que en cualquier otra empresa habrían representado quiebra y desaparición) o América (que estaba bajo Ley Clinton y aún así seguía funcionando y ganando títulos) es algo que nunca se le permitiría al gobierno.

Es irónico, mientras la Federación Colombiana de Fútbol pasa por su mejor momento administrativo (y eso hay que reconocerlo, la parte gerencial que lleva años captando grandes socios y patrocinios por fin se encontró con el éxito deportivo de la mano del proyecto Pékerman), la Dimayor es un desmadre.

Y claro, cómo no va a ser un desmadre si en esa supuesta “democracia” mandan los chicos a los que sólo les importa que les paguen su porcentaje de derechos de televisión para armar equipos baratos con los cuales salir a no descender. Es una apuesta por la mediocridad respaldada en la millonada que pagaron RCN y DirecTV por los derechos exclusivos del FPC. Y si la media es la mediocridad, los grandes van a entrar en ella: ¿para qué grandes contrataciones si el jugoso cheque de los derechos de TV igual va a llegar seas primero o último?

Propuestas como las de Millonarios o América de manejar sus propios derechos de TV (como en cualquier liga importante) han sido recibidas como insultos en las asambleas de Dimayor por eso, porque perjudican a la masa de chicos, así que los grandes tienen que financiarse de otra forma para seguir siendo grandes, y eso ha llevado a que algunos hayan vuelto a caer en manos de otro tipo de delincuentes.

Ahora, muchos dirán que la gran responsable es la organización Ardila Lule que es dueña del aviso de la liga, de la transmisión y del club más poderoso de la misma. Claro, no se ve bien, no es cómodo el ‘monopolio’, pero sin el dinero del Grupo Postobón el FPC habría quebrado de verdad hace rato, así que hay que reconocerle que su inversión ha sido importante y, qué pena sonar mamón, el problema no es el patrocinador, es la organización, el sistema del fútbol colombiano.

En Alemania también hay un equipo más rico que todos los demás y que se sabe que siempre va a ganar a menos de que algo extraño pase, pero a pesar de la presencia todopoderosa y multimillonaria del Bayern Munich la Bundesliga es un campeonato en el que siempre hay estadios a reventar, en el que se potencian las divisiones inferiores (lo que se ve reflejado en la selección alemana y en el propio Bayern, el gran comprador de la liga) y en el que hay una estructura que convierte a la liga en un espectáculo capaz de cautivar audiencias a pesar de la existencia del Barcelona, el Real , la Premier, etc. Tanto así que ya tiene su propia audiencia internacional.

El problema acá es de estructura, y en eso tenemos todos que ver.

- Los medios:

Este es el punto más importante, para mi, del problema. Los clubes grandes venden periódicos, prenden televisores, dan clics… son los que mueven al fútbol como negocio y por eso la importancia estratégica de que América esté en la B o de que en las finales de la A estén Nacional, Junior, Millonarios, Santa Fe, Cali… Sin embargo, por sus propios fracasos administrativos y la permisividad de la Dimayor y Coldeportes, clubes de gran peso local en sus regiones se fueron a la B y, como ya lo dije, en la A estamos llenos de equipos sin historias y por tanto sin hinchas.

Por ejemplo, ¿cómo volver atractivo comercialmente un Boyacá Chicó vs. Equidad? No sé, es labor del departamento de mercadeo de Dimayor y del club local, pero lo que sí sé es que poner ese partido a la 1:45 pm no es la mejor forma de venderlo. Claro, lo dieron por TV en WIN (y no sé cuántos lo vieron porque repito: no marca en Ibope), pero al estadio de Tunja fueron 600 personas.

¿Cómo esperas que vaya gente al estadio si pones partidos a la hora del almuerzo familiar de los domingos, los viernes por la noche o los domingos a las 8 p.m cuando los colombianos culturalmente estamos acostumbrados a ya estar en familia?

Alguien debe salir a decir: “pero todos los partidos van por TV”, y sí, es cierto, en ese multimillonario negocio de los derechos se creó un buen canal cerrado llamado WIN, que tiene a grandes periodistas que admiro y respeto en su mayoría (varios amigos, además), pero que tiene el problema enorme de no tener penetración.

Esta es la parte en la que de DirecTv y WIN llaman a mi jefe para que me regañe o me eche (si lo han hecho de clubes, ¿por qué no de los que ponen plata?), pero es que es inevitable decirlo: el sistema de difusión de WIN no tiene la suficiente clientela como para que el FPC sea un producto televisivo popular.

Además, no se trata sólo de eso. Antes no teníamos transmisiones de TV de todos los partidos y el FPC era muchísimo más popular que ahora. Una razón que quiero plantear es que la exclusividad ha afectado la difusión. ¿Recuerdan cómo eran las secciones de deportes de los noticieros de los domingos en la noche? Estaban llenas de crónicas, de notas de color, de historias que acompañaban a los goles. Ahora sólo se pueden dar los goles, por derechos, y no todos (ejemplo: los goles del partido de los domingos a las 8 pm sólo se vienen a ver en los medios que no son dueños de derechos hasta el lunes al medio día). Como no se pueden meter cámaras a los estadios que no sean las de los dueños de los derechos, el color desapareció, y toca agarrarse a lo que pasa afuera del estadio, donde sí se puede grabar.

No nos digamos mentiras, mientras cada vez es más fácil ver y saber todo sobre el fútbol internacional (y acá el crecimiento de la penetración de canales internacionales por cable y el mayor acceso a los dispositivos móviles han sido definitivos), al mismo tiempo es más difícil y anacrónico enterarse de cualquier cosa del fútbol local. ¿Cómo no va a tener más hinchas colombianos el Barcelona que el Huila si es más fácil ver un partido de los catalanes que uno de los opitas, si en internet hay un bombardeo de información permanente al que accede sin problemas un joven de Neiva que seguramente no escucha radio ni lee el periódico local, que son en las únicas partes en donde le hablan del Atlético?

Porque eso es lo otro: la cultura futbolera necesita medios de difusión. En México no sólo hay dinero y clubes con grandes figuras (muchísimas de ellas colombianas), hay una estructura de medios sólidos que te hacen vivir el fútbol mexicano: múltiples emisoras especializadas (acá hay una), decenas de diarios deportivos (acá hay uno, es español y el 70% de la información es sobre liga española), programas de análisis y debate en todos los canales nacionales (acá tenemos La Telepolémica en Canal Uno y Cancheros en RCN) y medios digitales poderosos y de gran alcance (el portal de fútbol más grande de Colombia es Golcaracol.com y sigo en la lucha para que pueda compararse en tráfico y desarrollo de producto con un gigante como mediotiempo.com, por ejemplo).

Y claro, sumemos el nivel. Si usted es un joven colombiano que ve un partido del Bayern Munich frente al Borussia Dortmund en ESPN y luego compara todo, el fútbol, la producción y demás, con un Fortaleza vs. Uniautónoma, seguramente se va a quedar viendo la Bundesliga.

Y métale la falta de estrellas al paquete. Esto -ya lo dije- es un show, y en ese show se necesita brillo como el que viene con nombres como los de Messi, Cristiano, Balotelli, Pirlo, Bale… ¿dónde encuentra un colombiano un referente similar? Afortunadamente en las estrellas de la Selección. Por eso la tendencia marcada en este semestre es que la información de fútbol le da prelación a los colombianos en el exterior por encima al tema del FPC que incluso ya puede estar en un tercer nivel.

¿Qué estrella tiene el Junior para mostrar este semestre, por ejemplo? Ninguna que llame tanto la atención de las audiencias de la Costa como lo que pase con Teófilo Gutiérrez en River Plate o Carlos Bacca en Sevilla.

Perdón si me extendí, sé que lo hice, pero necesitaba sacar este miedo que tengo entre pecho y espalda con el FPC. Se nos está muriendo la pasión por él, estamos dejando entre todos que se muera y, sin pasión, el fútbol es sólo otro programa de TV.

Y en este caso uno que no da rating…

Discutámoslo en Twitter: @PinoCalad

 

 

 

 

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General, Gol Caracol

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