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10

jun

2016

Una Selección con mística

Por  Héctor Cañón Hurtado (Fb) / @CanonHurtado

Yo no sé si cuando aparezcan Brasil y Argentina, en los cotejos definitivos, el equipo se fortalezca en su identidad para sacudirse, de una vez por todas y para siempre, a sus cocos históricos. Ya les hemos ganado, es verdad. Pero también lo es que en las dos batallas más grandes de la era Pékerman la albiceleste nos dejó con las ganas de nuestra séptima semifinal de la historia y la verdeamarelha nos arrebató el sueño de gloria mundialista. Sufrieron para ganarnos, eso sí, se mordieron las uñas, celebraron la victoria como locos, pelearon con los nuestros y con los árbitros, pero al final se salieron con la suya y nos dejaron por fuera una vez más. También es verdad que en nuestros dos grandes logros continentales, el subcampeonato de 1975 y la gloria total de 2001, no tuvimos que vernóslas con ellos.

Lo que sí puedo decir -y no me le corro a las críticas que se vendrán en cascada- es que esta una de las selecciones Colombia con más mística que he visto en mi vida. Ojo: son más de 35 años luciendo la camiseta un día antes de las victorias y un día después de las derrotas. Si este equipo, que en su mayoría batallará hombro a hombro en lo que le queda a la década, no logra por lo menos dar una vuelta olímpica, es posible que nuestro sueño de entrar a la élite del balompié viva otros cien años de soledad.

James Rodríguez es el mejor jugador de fútbol de nuestra historia, duélale a quien le duela, y tiene el corazón para llevarnos donde siempre hemos querido estar. Es fascinante verlo desahogarse con la camiseta de sus amores de la mala vida que le ha dado el Real Madrid. Sacarse con cuquitas, pasegoles, goles y gambetas la pesadez de vivir en un camerino de egolátras. Además, como suele sucederle a los cracks de su porte, está rodeado de un combro bravísimo: Carlos Bacca, el obrero del gol; Cardona, un rebelde que suda talento; su cuñado, un titán de 1,88 metros; el negro Zapata, un coroncoro Perea evolucionado; Cuadrado, que a pesar de perderse en su desesperante necesidad de jugaditas, va demoliendo muros defensivos con picardía; Pérez, el niño rudo que nos ilusiona con volver a tener un capo en la contención del mediocampo; los Moreno, Dayro y Marlos, ases bajo la manga y prodigios de esta tierra fértil en gente buena para la pelota.

Llegará un momento en esta copa, que a pesar de ser un negocio gringo enciende a los jugadores de barrio como Di María, Oribe Peralta, Banega, Cardona & compañía, en que la táctica y el talento que desbarata la táctica tengan que hacerle un espacio a la mentalidad a la hora de definir los resultados finales. Si Colombia llega a semis, tras vencer en cuartos a Ecuador, Brasil o Perú (entre esos tres estará el rival de esa ronda), su principal enemigo será la juventud de sus hombres de marca (solo Zapata y Arias tienen suficientes partidos encima como para sacar credencial de experimentados). Pékerman lo dijo y yo le creo: el  problema de esta Colombia es que no ha sabido manejar con sobriedad, precisamente por la falta de recorrido internacional de Murillo, Díaz, Torres y Pérez, los ahorros que ha logrado apenas en el arranque de sus últimos cinco partidos: Bolivia, Ecuador, Haití, Estados Unidos y Paraguay.

No sabemos si este equipo, que está empezando a memorizar un estilo, tenga la cabeza fría para remar contra un gol tempranero, para manejar las embestidas de los cracks que asustan desde antes de que empiece el partido, para tener en frente a los colosos suramericanos y no perder el libreto por pánico.

Sí, el dibujo que hagan Pékerman y sus rivales pesará cuando nos encontremos con los otros favoritos, pero también lo hará el aplomo que tengan los combos en sus cabezas para manejar los partidos. Y ahí es donde no sabemos qué pueda pasar con un equipo tan joven. Marlos, el bebé de la gallada, probó en el Metropolitano contra un Ecuador líder de las eliminatorias y frente a la débil Haití que no le come de cuento al miedo de las primeras pinceladas. Falta ver si cuando tenga en frente a los jugadores que miraba por la tele hace apenas unos meses tiene los mismos huevos para confiar en su elasticidad endemoniada. Y eso aplica para todos los nuevos con la amarilla, incluído Faryd Díaz, quien a pesar de estar por los 33 abriles no conoce mucho de hoteles en el exterior y de las interminables mañas de los sureños para sostener su desesperante hegemonía futbolística en el continente de los magos.

La hinchada no gana partidos, eso lo sé. Sin embargo, la energía de todos es un refugio para ver desde allí los partidos y mandarles la buena a los muchachos. Ya sabe uno que hablar con un brasilero o con un argentino de fútbol no es lo mismo que hacerlo con un peruano y un chileno, a pesar de la pasión compartida. Los que ganan siempre son apoyados por su gente. Ese es uno de los paisajes más hermosos del fútbol: ver a un grupo heterogéneo jalando para el mismo lado. Entonces que el grito de guerra sea ¡Vamos, carajo!, pase lo que pase en la incertidumbre previa a una posible semifinal y luego en la de una posible farra con el carro de los Bomberos en la Avenida el Dorado.

Yo soy hincha de la sele. Qué le vamos a hacer. Por eso me lleno de motivos: la racha de cinco ganados; las ganas de James, el único jugador top que ha brillado en el torneo; su regreso milagroso cuando nos aprestábamos a remar sin el crack mayor como en Brasil 2014; los goles a favor en jugadas de pelota quieta, nuestra supuesta debilidad según los gurués de la radio; la mística de unos jugadores que nos ilusionan con sacudirnos el apestoso cliché de que nos faltan siempre cinco centavitos para el peso;  las señales (parece cosa de locos, lo reconozco) de que un defensa haya anotado en el minuto siete del début como en la pasada Copa Mundo o de que el encargado de abrir la senda del gol , ese mismo defensa, Cristián Zapata, lleve en la espalda el número que lucía el  finado Andrés Escobar en el día de su fatal error.  Es más, quiero creer que hasta los líos judiciales de Messi podrían jugar a favor de la amarilla cuando llegue la hora de la verdad.

Los números, más allá de la mística, no saben mentir. Cinco jugados y cinco ganados. Trece goles a favor y cinco en contra. Una campaña meritoria que empieza a tomar visos de segundo ciclo exitoso para Pékerman y sus colaboradores. Eso lo convertiría en el capo de capos, aún por encima del triunfal legado de don Pacho Maturana. Se viene Costa Rica y la opotunidad de hacer una locura como contra Japón: alienar ocho suplentes en pleno mundial. Ojalá jueguen los que saltan desde el banco a abrazar a las estrellas de Europa cuando demuestran, contra todo pronóstico, de qué estáh hechos. Ojalá, después de cuartos, también podamos ver a Marlos, Roger y Dayro (qué chimba llamarlos por su nombre) triángulando frente a los Mascherano divos de Europa.

Luego, que se venga el que nos toque. Vale huevo, si hemos de ser campeones tenemos que ganarle a todo el que lo quiera evitar. ¡Vamos, Carajo (por no decir la otra palabra mágica)! Si no es ahora, nos quedarán otras batallas para seguir soñando con la victoria, al mejor estilo del coronel Aureliano Buendía. Sin embargo, yo la quiero ahora. ¡Vamos, Colombia!

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